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Controladores y alarma. una visión pesimista

jueves 16 de diciembre de 2010, 17:07h
No hay fisuras en la sociedad española en la percepción de los controladores aéreos. Hacía tiempo que no asistíamos a una lapidación pública fruto de una sentencia unánime de los españoles, de la totalidad de los españoles, no sólo de los prisioneros en los mostradores de los aeropuertos en un fin de semana lleno de sueños. Desconfío de las unanimidades, que siempre he identificado con los totalitarismos, pero en este caso, excepto los protagonistas y sus parientes consanguíneos, el grito de rabia es universal.

Llueve sobre mojado. Mas bien diluvia. Por eso me resulta poco explicable que los elatos controladores aéreos, henchidos de orgullo y ensoberbecidos de superioridad sobre el resto de los mortales, pudieran caer en el garrafal error en el que incurrieron. No era momento para retos, para hacer sentir su fuerza bruta. Cayeron en la trampa y se ratificaron en su podio de enemigos públicos. Brindaron en bandeja al Gobierno la ocasión para demostrar su firmeza y su capacidad de reacción inmediata. Se convirtieron en la diana en la que colocar todos los dardos, flechas y demás armas punzantes.

El ciudadano medio piensa que el stress al que están sometidos está estupendamente pagado en comparación con el de los albañiles que hacen cien kilómetros diarios en autobuses sin DVD para trabajar a la intemperie diez horas o con los pescadores de altura que pasan tres o cuatro meses en mares perdidos, a veces con la amenaza de piratas. El ciudadano medio abomina de los privilegios y prerrogativas de los políticos pero sitúa en el mismo saco a los hiperprotegidos gremios encerrados en su conformación elitista. Su innegable responsabilidad y competencia profesional no justifica mostrarse por encima del bien y del mal.

Como el Coronel de Gabriel García Márquez, los controladores aéreos no tienen quien les escriba... a su favor. Sí, por supuesto, quien les defienda ante los Tribunales ante un Real Decreto de declaración de estado de alarma que no pasa el tamiz de la constitucionalidad, y que fue fruto del efectismo inmediato más que de la meditación sosegada. En el Real Decreto se parte del presupuesto del estado de excepción pero se declara el menos comprometido de la alarma, y se somete a movilización al tristemente famoso gremio, sin cobertura legal, toda vez que la Ley de Movilización fue derogada por la Ley de Carrera Militar de 2007.

El Gobierno ganó la batalla por goleada (¡odio esta palabras y ustedes sabrán por qué!) y la oposición no pudo más que sumarse dejando de lado matices jurídicos escritos con línea gruesa. Una vez más hemos asistido al baile del Derecho flexible, contingente, estirable, en el que cabe todo; del Derecho maquiavélico en el que el fin justifica los medios. Cada vez nos van quedando menos palabras de la Constitución, pero, en fin, siempre nos queda la esperanza de que resucite de sus cenizas.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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