'Orisón'
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 17 de diciembre de 2010, 22:02h
En la época en la que las Bellas Artes todavía tenían como finalidad la búsqueda indesmayable de la gracia de la belleza, la terminación de un cuadro o de una escultura motivaba una gran fiesta popular, y el traslado en procesión jubilosa a su lugar de destino. Todas las ciudades estaban al corriente de las vidas y anécdotas de sus artistas. También en aquella época, en la que el pueblo aún entendía el Arte, porque éste colmaba sus aspiraciones de belleza y los instintos con los que los hombres nacen a la vida, los literatos en general presentaban, antes de ser publicados, sus poemas, su teatro, su Historia o sus novelas en lecturas públicas que los romanos llamaban “praelecturae”. Así se presentaron todas las grandes obras de la Antigüedad Clásica. Fueron escuchadas antes que leídas. Lo mismo que las Artes Plásticas estaban injertadas en la vida urbana, siendo motivo de exaltación o reprobación apasionadas, con el mismo calor e interés que la política. Y ello era así porque entonces las Bellas Artes y la literatura eran parte integrantes de una vida civilizada. Yo quisiera entonces que este acto sirviese para eso, para festejar el pueblo de Valdepeñas otra hermosa producción literaria que ha salido del magín de uno de sus hijos, Héctor Huertas.
Hay una atmósfera añorante sobre la ya gruesa pátina inveterada de un tiempo ya milenario en esta nueva novela que recuerda los versos melancólicos y patrióticos de Rodrigo Caro sobre las ruinas de su Itálica. Héctor Huertas, buen hijo de Valdepeñas, valdepeñero con firme gentilicio de amor, sufre esta misma saudade intrahistórica, morriña ancestral, respecto a las piedras, siempre enigmáticas e interrogadoras, del soberbio e imponente “Cerro de las Cabezas”, sin duda alguna, como ya he probado, en distintas publicaciones y foros, un asentamiento celitibero.
Toda novela histórica de tema clásico o preclásico es tributaria a Flaubert, y puede tener las mismas grandezas y hallazgos ( si es buena ) que la Salambó, pero también las mismas trampas y la misma convención mentirosa: dotar a los personajes de la misma psicología social que la nuestra; hacerlos inteligibles y cercanos para la psicología del lector coevo del autor, dotándolos de un impossibile: tener la misma estructura psicológica que los hombres de la época que leen la novela. Y esto efectivamente es imposible. Estamos más preparados para entender a los más estrafalarios marcianos, creación nuestra, que a Orisón. El mismo Burckhardt, que bautizó en 1860, a una determinada época de la creación artística como Renacimiento, sostuvo que más allá de Dante era imposible entender la psicología del artista en cuanto representante del género humano del momento. Y si nosotros no contamos con suficiente información antropológica para entender a aquellos ancestros, ya no digo nada sobre lo que pensarían ellos de nosotros. Desde luego no nos reconocerían como integrantes del género humano. Ahora bien, si nos es imposible soslayar el anacronismo psicológico, al menos lo que le debemos pedir al novelador de tiempos antiguos es una buena preparación histórica, arqueológica, artística, religiosa y literaria sobre la época en la que enmarca su ficción noveladora. Y este estudio lo ha hecho primorosamente nuestro admirado escritor y amigo Héctor Huertas. La bibliografía que coloca como anexo a la novela deja constancia de sus concienzudos estudios sobre la época histórica en donde transcurre su ficción. Ha estudiado especialmente los textos clásicos que tratan de los iberos y los cartagineses: Avieno, Diodoro de Sicilia, Estrabón, Apiano y Polibio, tan profundamente interpretado por el gran Flaubert. Quizás hubiera sido interesante la lectura de aquellos cuatro libros de Livio que tratan de la guerras entre cartagineses y romanos en España, como frente fundamental en la Segunda Guerra Púnica y posición cartaginesa establecida tras la primera, en cuanto que son los que mejor sugieren hipótesis de trabajo para explicar la desaparición de la ciudad crípticamente misteriosa del “Cerro de las Cabezas”. Incluso elementos arqueológicos del Museo Municipal de Valdepeñas, sacados básicamente gracias a la pasión y celo de los dos grandes arqueólogos Javier Pérez Avilés y Julián Vélez, y vueltos a la vida a través del primoroso oficio de Miguel Carmona, cuyas manos ya han entrado millares de veces en comunión transtemporal con las yemas de los dedos aún latientes en el barro de los alfareros griegos y celtiberos que elaboraron la cerámica del Cerro, los utiliza Héctor Huertas como utensilios vivos y pujantes en su narración, como ese precioso tonelito de cerámica lleno de agua que cargaba una caballería por el Desfiladero del Despeñadero. Del mismo modo, Héctor Huertas hace siempre un estudio sistemático de todo el vocabulario concerniente al tema que toca; es así, que el campo semántico del caballo se extiende en una amplia gama de palabras que responden a su jerigonza propia, con todos sus atalajes, anatomía y atavíos; lo mismo ocurre cuando se habla de barcos, de armas, o de cualquier otro universo con su léxico propio. Tenemos a un novelista concienzudo y nunca perezoso.
Las descripciones paisajísticas, como en su novela anterior, están magníficamente conseguidas. Quizás no sea ajena a esta capacidad su afición por la plástica del autor. Desde luego es un buen exponente Héctor Huertas de eso que la narratología llama ékphrasis. Sus descripciones de la noche y del cielo nocturno, tanto estrellado como encapotado, son de un enorme rigor astronómico y belleza lírica, como corresponde a la época que novela, en la que el hombre miraba el cielo persuadido de que el fuego que latía en las estrellas era el mismo que latía en sus corazones.
El alma liberal y digna de Héctor Huertas proyecta con frecuencia su propia mundivisión en sus ancestros, en nuestros ancestros en general, y así, por ejemplo, hace decir a Baitesir, padre de Orisón, lo siguiente: “Levántate de ahí, muchacho, ningún oretano libre se inclina ante otro hombre por santo o poderosa que sea su condición”. La cultura clásica nos enseña que en algunas cortas épocas de la Democracia Ateniense y de la República Romana se dijeron sentencias parecidas, pero la “Proskýnesis” ante el poder ha sido siempre una práctica muy española, querido Héctor, y mucho me temo que entonces también se diese. Se dio de hecho además, tal como apunta Livio. La lengua que utiliza Héctor en la novela es clara, transparente, a menudo castiza, algo de galdosiana y algunas veces hasta tabernaria y soez, cosa que corresponde perfectamente a una época en que Plauto hacía hablar a sus personajes con el mismo gracejo desenfadado, tan propio del Mediterráneo. Pero perfectamente cribada, llena de luz, denotativamente exacta, elegante, nítida y propia. Es decir, con esos rasgos que los rhétores clásicos llamaban: “perspicuitas”, y que se fundaba en una prosa con las siguientes “virtutes” o cualidades: “accurata”, “limata”, “aperta”, “sonora”, “iucunda”, y, finalmente, “coturnata”.
Con absoluta lógica Héctor Huertas hace adorar a sus personajes un panteón híbrido compuesto por dioses de distinta procedencia; iberos, celtas e incluso germanos. Y hace bien. Los españoles del siglo III a. C. ya no eran étnicamente puros, y sobre el sustrato ibérico se habían superpuesto los pueblos de las Oleadas de Halstat y la lateniana, y, posteriormente, la de La Tène, que nos trajo, además de celtas, varias tribus germánicas, una de las cuales se instaló en Ciudad Real, tal como nos cuenta Plinio en su Historia Naturalis. Es así que los elementos arqueológicos del Cerro de las Cabezas, de la cultura de La Tène, como las fíbulas, no son menos numerosos que los elementos púnicos o grecoibéricos. Es un error buscar una identidad étnica a los pobladores del Cerro de Las Cabezas a través de algunas piezas arqueológicas. Es como si dentro de dos mil doscientos años un arqueólogo sostuviese que Valdepeñas era un asentamiento del Imperio USA, porque se habían encontrado numerosas latas de Coca-Cola. En general, en los distintos oppida de la España del siglo III a. C. se podían encontrar ya elementos culturales de todos los pueblos que entonces configuraban España. Nos lo dice la historiografía romana y, sobre todo, los poetas ya del Imperio de origen hispano, como Marcial. Los celtas y sus dioses, como Lug y Endevélico que adoran los personajes de la novela de Héctor Huertas, ya estaban presentes en la Cuenca del Guadalquivir desde los años 1600 a. C. Los iberos incorporaron con toda tranquilidad a los dioses celtas a su Panteón, identificándose nuevos dioses con viejos dioses, lo mismo que algunos siglos más tarde los Hispanos verán al dios romano Mercurio como un sobrenombre del dios celta Lug.
Los caracteres psicológicos que crea Huertas están muy bien logrados. Nuestro amigo es un consumado creador del perfiles psicológicos. Así, respecto al adolescente Orisón, cuando experimenta su rito iniciático, se vincula su autodominio ante el lobo, con el que logra vencer el miedo, con su primera experiencia sexual. Se afronta el binomio miedo-atracción a la muerte y al amor desde el mismo mecanismo psicológico, que se mantendrá siempre fiel a sí mismo hasta el final de su vida, en el marco de un paisaje tan espléndido de La Mancha, que sólo un buen pintor puede describir.
Respecto al tofet cartaginés que sale tanto en el Prólogo como en el cuerpo de la novela, en páginas de enorme belleza patética, quisiera hacer sólo algunas consideraciones: Cada día que pasa se va haciendo más inverosímil en función de las pruebas arqueológicas y las interpretaciones textuales de la historiografía clásica que los cartagineses sacrificasen a sus hijos más pequeños ante un dios que nunca existió, Moloch. Es así que el eminente semitista Moscati ha recordado que ya en los años treinta Eissfeldt ya había demostrado brillantemente que el famoso dios Moloch – mal que pese a Flaubert – no era más que el producto de un error cometido respecto al sentido del término molk que, en realidad, denota un ritual de ofrenda. Es así que la palabra molk significaría “don” u “ofrenda”. Y el tofet bien podría ser sólo un área sagrada donde se habría quemado y luego enterrado en urnas no a niños en general, sino a niños nacidos muertos, o muertos poco después de nacer. Nos sorprende que los principales autores del Mundo Antiguo, de Heródoto a Tucídides, y de Polibio a Tito Livio, no dijeran ni una sola palabra sobre una práctica que, de conocerla, les habría horrorizado y no habrían dejado de comentar, sobre todo en el contexto polémico de su habitual referencia crítica a los fenicios y, más tarde, a los cartagineses, enemigos acérrimos de Roma. Además este silencio es altamente significativo en el concierto de acusaciones de impiedad y de perfidia cartaginesas tan habituales en los autores clásicos, fundamentalmente en Livio. Toda la historia macabra del tofet se funda en siete líneas que Diodoro de Sicilia cogió de Clitarco, y que luego los historiadores cristianos, particularmente Orosio, al que en su Historia Universal le interesaba establecer el progreso moral de la Humanidad tras la venida al mundo de Jesús , se encargaron de difundir con contundencia excesiva y fines propagandísticos o evangelizadores. El recuerdo inconsciente, como un remanente arcaico, de los Santos Padres del sacrificio de Isaac, pudo influirles. Si bien Abraham no hizo un molk con su hijo, sino un molkomor, o sacrificio de sustitución. Hay que señalar además que el propio Diodoro de Sicilia, en su Bibliotheka, presenta esta práctica de los sacrificios colectivos de los niños de la aristocracia como un hecho excepcional, el que los cartagineses, asediados en el 310 a. C. por los soldados de Agatocles, habrían practicado para conciliar el favor divino. Algo parecido a lo que hicieron los numantinos o los propios saguntinos asediados por Aníbal, mientras los oretanos se sublevaban contra la Cartago conquistadora. Hoy sabemos que en las ciudades del mundo antiguo la mortalidad infantil era muy elevada, sobre todo en la fase prenatal y neonatal. Los datos revelados en una necrópolis de época imperial romana en Setif ( la antigua “Sitifis” ), en Argelia, son al respecto elocuentes: cerca del 17% de bebés mueren antes de nacer o al nacer, y cerca del 40% no llega al año. Esta mortalidad no sería menor, unos siglos antes, en la Cartago púnica. Y un estudio reciente de las necrópolis púnicas de Cartago ha puesto de relieve que prácticamente no hay tumbas infantiles en las mismas. Así pues, según esta última tesis, el santuario o tofet habría albergado los restos de los recién nacidos muertos a las puertas mismas de la vida, y protegidos así, en su inocencia, de las malas artes de las almas adultas. Algo parecido a los restos del niño encontrado en una casa familiar del Cerro de Las Cabezas, de suerte que los Manes de la casa protegieran siempre el alma del pequeño celtibero. Los niños muertos habrían sido consagrados u ofrendados a la suprema divinidad de Baal-Hammón, con la esperanza de que les protegiera, y les diera acceso a una reencarnación. Tal vez un día los análisis osteológicos más sofisticados nos permitan conocer de forma objetiva cuándo y cómo sobrevino la muerte de estos niños. No suelen los padres matar a sus hijos si no es para salvarlos de una muerte peor, como el caso del plebeyo Virginio, que mató a su hija en la República Romana, como forma de salvarla de la sevicia lujuriosa de un decenviro.
Es perfecto el antagonista nauseabundo que construye Héctor Huertas para enfatizar y realzar la grandeza humana de su héroe Orisón. Sin la existencia de Cerdubelo percibiríamos peor el alma diáfana y moralmente bellísima de Orisón. Es una forma estructuralista de llenar de particularidades psíquicas y morales el carácter de un personaje, definirlo por su opuesto.
En resumen, nos encontramos en la presentación de una gran novela, que encantará no sólo a los amantes de la historia cartaginesa y al agitadísimo período que va desde el final de la primera guerra púnica hasta la segunda guerra púnica, unidos por la vida de Orisón y etapa última y más heroica del Cerro de Las Cabezas, sino que deberá encandilar también a los lectores amigos de la buena prosa y el estilo elegante, como elegante es el alma de su autor.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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