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Decir lo que se piensa, ¡qué peligro!

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Hay un pelotón de aficionados a hacer “suyo” lo que es de todos. Campeones de las exclusividades y de las exclusiones se apropian de los conceptos, de las leyes y hasta de los hechos como si fueran sus dueños. Los maquinadores temerarios han hecho de la ingeniería jurídica su profesión, con la seguridad de que otros juristas persas harán de la inconstitucionalidad virtud, y si es pertinente incluso aplastarán a los disidentes tachándoles de enemigos de la razón. No hay mejor refugio que el calorcito del poder en el que refugiarse a la espera de nuevas recompensas. Decir lo que se piensa o pensar lo que se dice constituyen deportes de alto riesgo y la vida no está para jugársela.

Los ejércitos jurídicos del poder avasallan con sus multicanales de expresión. De ellos es este reino. Acoquinan a los que levantan la voz crítica recordando que el Derecho no puede retorcerse al albur de las necesidades momentáneas del Príncipe. Las voces minoritarias ni siquiera se atreven a hablar demasiado alto porque son vertiginosamente apagadas por la orquesta de trompetas de Jericó capaces de derruir muros milenarios a las puertas del mismo Jerusalén.

Nada ni casi nadie se les resiste a los oficialistas que deambulan orgullosos por las páginas del BOE. Seguros de ellos mismos y de que vencerán convenciendo a los débiles de espíritu siempre apocados y temerosos de ser sometidos a una implacable tortura mediática para desacreditarlos a los ojos incautos de los aún más silenciosos y miedosos a todo lo que se mueva.

Dar la cara es un oficio para héroes y no están los tiempos para Aquíleses o Cides. Es muchísimo mejor pasar desapercibido e incluso vegetar. Nadie critica nunca a los mediopensionistas cuya vida puede ser anodina y hasta aburrida, pero resulta muy tranquila y sin sobresaltos.

Puede, sólo puede, que generemos una sociedad aferrada a la cobardía, a bajar la mirada o a trasladarla hacia otro lado; una sociedad decorada al estilo zen; una sociedad minimalista y amoral. Quizás éste no es un país para viejos aspirantes a vivir en la isla Utopía.

No sé, pero me resisto al indiferentismo mediocre. Es cierto que hay muy pocas cosas que vayan con nosotros o que sean vitales para cada uno, pero si no gritamos con John F. Kennedy que todos somos berlineses, tal vez muramos poco a poco. Que no se confirme la fatal predicción.

Ya lo dijo y mucho mejor de lo que yo sería capaz de hacerlo el Dante Alighieri a primeros del siglo XIV que pone en manos del Maestro estas palabras: “Abandona aquí todo recelo, conviene desprenderse de toda cobardía. Hemos llegado al lugar que yo te dije, donde verás a las gentes dolorosas, que han perdido el don del intelecto”.
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