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La culpa no es solo de Zapatero

jueves 23 de diciembre de 2010, 14:18h
Este no es un artículo en defensa parcial del todavía presidente del gobierno español. Sí quiere ser una reflexión sobre todo el cúmulo de instituciones, dirigentes políticos y sindicales, empresas de medios de comunicación, periodistas, creadores de opinión social y sobre todo escritores, artistas del cine y del teatro, que durante casi ocho años-que se están haciendo eternos- han sustentado con su criterio y opinión al nefasto presidente.

Tiene este país la peculiaridad- y la desgracia - de que la parte más poderosa e influyente de la sociedad se guía por unos parámetros en parte superficiales y de los cuales se beneficia una izquierda que llega al poder apoyado en ellos y como gran esperanza blanca. Son algunos de ellos, la identificación con causas débiles y justas, su modernidad, tolerancia, honestidad y solidaridad. Por muy artificiales que sea el sustento de esas señas de identidad y muy poco que se correspondan con la realidad, su candidatura siempre aparece inmaculada de pasado. El problema para los españoles es que cuando el socialismo sale del poder-como ocurrirá en breve del ámbito autonómico y municipal y en el futuro del estatal- lo hace con la imagen demolida, derrotada, rodeada de escándalos, corrupción, ineficacia, inutilidad y de la evidencia de que es incapaz de gobernar un país.

Lástima que relevantes personalidades de la vida española hayan tardado ocho años en darse cuenta de que detrás del talante inicial no había otra cosa que ese buenísmo infantil y seductor, en favor de las minorías, pero que a la vez era tremendamente agresivo con las mayorías sociales, con la iglesia, con la oposición y con las víctimas del terrorismo, entre otros colectivos a los que tildaron - y siguen queriendo presentar - machaconamente como de extrema derecha, de intolerantes, antipatriotas, mezquinos.

Al final del recorrido, el crédito y el prestigio (¿)del presidente es mínimo, pese a la ridícula defensa que de ZP y de sus ingeniosas ocurrencias han hecho los más mercenarios receptores de dossieres ajenos, los más sesudos columnistas de El País, los más agresivos locutores de la SER, los más bellos rostros femeninos de las dos nuevas televisiones por él concedidas (Cuatro y la Sexta) y por el favor de tanto cómico a sueldo con el humor siempre en la misma dirección.

Pero no es ZP el único culpable de que vivamos una crisis profunda-no solo económica- sino de valores, en la que se ha primado lo “moderno” sin más, lo superficial, lo anticlerical, la venganza de la guerra civil, el apoyo a otros fundamentalismos religiosos presentados como más liberales y el obsesivo empeño en presentar al hombre como un depredador y usurpador de derechos femeninos. Se ha abusado de la negación de la evidencia y se ha utilizado hasta la naúsea la negociación con ETA hasta el extremo de que la colectiva victoria sobre el terrorismo se va a querer presentar como logro exclusivo de esta etapa final. ¡ cómo se pude permitir que los españoles hayan permitido que a su país le represente en el mundo un presidente que calificó al atentado de la T4 como “accidente” y que no fue capaz de levantarse al paso de la bandera de un país amigo.

Este es el problema real del socialismo en el poder: no gobierna para primar la eficacia, el buen orden general o la primacia del buen sentido. Gobierna para imponer, para descalificar a quienes considera sus enemigos de siempre, para favorecer causas excluyentes, colectivos radicales, sindicalistas de pacotilla y para agradar a quienes se escudan en los más superficiales y estéticos argumentos para encubrir su mediocridad o para aducirlos como síntoma inapelable de supuesta modernidad. Y porque gobierna desde la maldad y el abuso y asi proliferan en su mandato conspiraciones de alto standing, policías que espían, ministros que cazan ciervos o jabalíes como vetustos personajes del franquismo, espías que pescan marlings, banqueros que compran periódicos, y ministros del interior que organizan o toleran la ceración de bandas paralelas de justicia y que se lucran con su atribuida prima de riesgo y que mediatizan jueces y abortan operaciones antiterroristas para favorecer un falsamente llamado proceso de paz.

Afortunadamente, y gracias a sus potentes empresas financieras, de telefonía y comunicaciones, de servicios aeroportuarios, a su eficaz gestión de asuntos públicos en muchas autonomías y ayuntamientos y a los brillantes resultados deportivos tanto colectivos como individuales, España es un país querido y respetado, pero políticamente es hoy -en los ámbitos internacionales más influyentes-una nación desacreditada por estar gobernada por políticos sin preparación, que no entienden los ingredientes del mundo moderno, ni los entresijos del liberalismo económico, ni el rigor y la exigencia debidas a la pertenencia a un sistema de moneda única, en el que la inacción, o lo que es peor la negación de una crisis puede arrastrar a otras economías. La acusación de que la culpa de la crisis era y es de los especuladores y de los genes del capitalismo financiero es de un ridículo notable y acredita que le combustible del socialismo español es el antiamericanismo, el anticapitalismo, el antiliberalismo, y la siempre eficaz película superficial de modernidad y solidaridad, ¡eso que no falte!-

Pero insisto, la culpa no es solo de Zapatero. Otros muchos son los que han propiciado que de nuevo España se gobierne por quien nos trata como sospechosos, nos vigila como a delincuentes y nos trata siempre de engañar con su fácil verbo, su fluida argumentación, su enérgica demanda de verdad, al servicio de la gran mentira.

Carlos Abella

Licenciado en Ciencias Económicas y escritor

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