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La Historia en ebullición (una estampa romana)

José Enrique Rodríguez Ibáñez
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jerodríguezelimparciales/12/2/12/24
domingo 26 de diciembre de 2010, 13:01h
Pocos lugares como Roma –donde he residido recientemente en estancia profesional- experimentan el cruce entre vitalidad deslumbrante y fastuoso patrimonio que caracteriza a la capital italiana. Roma es escenario imponente y tramoya, con los vestigios del Imperio reducidos las más de las veces a humildes esqueletos de ladrillo. Sacra y profana sin solución de continuidad, funde el rito con el espectáculo ante la mirada neutra de los propios y el ajetreo agónico de los visitantes ajenos. Salta del barrio elegante al canalla, del palacio y la basílica a la rancia pensión y la modesta tavola calda o casa de comidas. Es hermética en sus innumerables rincones, tiendas y talleres e impúdica en la exaltación descarada de sí misma. En ella van legítimamente de la mano la majestuosidad de Bernini y Borromini y los guiños paródicos de Fellini y Alberto Sordi. Teatral y parsimoniosa, espejo del tiempo y avance del porvenir, resulta imposible que deje a nadie indiferente. Roma te prende en sus redes y te convierte en cómplice de una historia que coincide nada menos que con la historia universal.

De todo ello puedo dar fe, al haber sido partícipe de una escena que no me resisto a contar.

La acción transcurre en el Trionfale, barrio de clase media a espaldas de San Pedro, con el sello arquitectónico del primer cuarto del siglo XX. Estamos a mediodía, ya de sobremesa. Luce el sol y se aguanta perfectamente en las terrazas. A una de ellas, en la que me encuentro, acuden estudiantes de último curso de bachillerato, a la salida de la jornada en un instituto cercano. Su indumentaria es la clásica de la adolescencia tardía occidental: vaqueros, piercings, mochilas. Teclean los móviles, piden cigarrillos a los adultos (que se los dan amigablemente). Ocupan varias mesas sin molestarse apenas en hacer consumiciones, con la anuencia de unas simpáticas camareras que bailotean al ritmo de clásicos de la canción. Hay una muchacha consciente de su atractivo que recuerda a la adorable Natalie Wood de Rebelde sin causa. A simple vista, pues, diríase que todo es despreocupación y joie-de-vivre.

Pero las cosas cambian enseguida de tono. El conjunto de jóvenes comienza a agruparse en torno a dos de ellos, que se erigen en líderes. Dirigen una conversación que gana en acaloramiento a no mucho tardar y divide claramente las preferencias. A un lado está un chico, seguramente de inclinación autogestionaria y asamblearia, partidario de convertir una anunciada jornada de movilización estudiantil en ejercicio de democracia directa y sentido de la responsabilidad, acudiendo a las aulas y creando un espacio alternativo a la escuela institucional. Frente a él, una chica galvaniza a los simpatizantes de la izquierda de inspiración partidista, preconizando la huelga y la asistencia a la gran manifestación nacional por entonces convocada y que acabó realizándose con éxito poco después. Dos tradiciones revolucionarias –por resumir, la anarcosindicalista y la socialista- en trance de renovación, a cargo de unos espontáneos componentes de un movimiento social de nuevo cuño –el de los estudiantes de secundaria, que arraiga en toda Europa y no sólo en Italia. La gran y la pequeña historia. Lo macro y lo micro. El pasado, el presente y el futuro, inmersos en la dinámica vida cotidiana. Pocas veces, la verdad, tiene uno oportunidad de participar, a la manera de los clásicos de la Escuela de Chicago, en tan estimulante laboratorio del cambio social.

Cuando el sol comienza a declinar, todos vamos abandonando el café. Los jóvenes, supongo, prendados de su saludable controversia y sus esperanzadas ilusiones. Mi mujer y yo decidimos rematar la jornada en los muy próximos museos vaticanos, entregándonos al intenso abrazo estético de Melozzo da Forli, Rafael, Caravaggio, Guido Reni y Miguel Angel, por citar solamente a los más grandes. La quietud e intemporalidad de los Palacios Apostólicos pudiera entenderse como un contraste en relación con la bulliciosa escena recién vivida. Nada más lejos de la realidad. Lo que fomenta la sensación de ‘ayer, hoy y mañana’ en Roma es justamente la tensión creadora que emana de tan bello receptáculo urbano y se proyecta hacia la sociedad. Roma, ya lo sabemos, es tanto cuna como partera de la Historia, de Julio César a la Unión Europea, de la alianza entre el trono y el altar a los convulsos tiempos de multiculturalismo y globalización.

Por lo que respecta al nuevo movimiento estudiantil de secundaria, parece llamado a suceder en protagonismo al movimiento universitario que floreció a partir de los sesenta. La precarización y las drásticas políticas de ajuste presupuestario preocupan a los jóvenes que se encuentran en la antesala de la Universidad o el ingreso en el mercado de trabajo, y reaccionan a ello con prontitud. El fenómeno se extiende, con diversa virulencia, por todo el continente europeo, confluyendo en él factores explicativos variados. Pero lo que le confiere unidad es la común respuesta de unas novísimas generaciones que desean conciliar el estilo de vida y la estética de la sociedad digital con las reivindicaciones propias de quienes, paradójicamente, se sienten más excluidos cuanto mejor informados.

Mientras lo anterior cobra cuerpo, el Tíber sigue y seguirá bañando Roma. Y cuando nuestra época de crisis que nos parece tan única y determinante a los que la sufrimos haya dado paso a otros momentos históricos, un nonato viajero en la ciudad de los Papas unirá el recuerdo de lo que para entonces ya será pasado con las señales de futuro que quién sabe qué tipo de germinales actores le brindará, a la sombra de las cúpulas y los arcos de triunfo.

José Enrique Rodríguez Ibáñez

Catedrático de la UCM

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