crítica
Límites, riesgos y excesos
domingo 26 de diciembre de 2010, 14:56h
Ken Follett: La caída de los gigantes. Traducción de Anuvela. Plaza & Janés. Barcelona, 2010. 1.024 páginas. 24,90 € E-Book: Formato: ePub con ADOBE DRM. Lectura: Sí. Impresión/Copia: No. 16,99 €
A pesar de mis trece años en la crítica literaria, leer, digerir y sentarme a valorar La caída de los gigantes constituye un ejercicio reflexivo cuyo cometido pongo en la más estricta de las cuarentenas desde el comienzo de mi disertación. ¿Hasta qué punto vale la pena mostrar los límites, y hasta los excesos, de un texto cuando su repercusión planetaria –que se cifra en millones de ejemplares vendidos (y leídos, pues no hace falta más que echar un vistazo a lo que lee la gente –por ejemplo– en el Metro de Madrid, con una proporción –y me he preocupado de hacer la cuenta– de 3 a 10, aproximadamente) lo avala por sí mismo? ¿No volveremos a caer los críticos y profesores en esa especie de obsesión no buscada de caminar a contracorriente? ¿No será lo mejor del “fenómeno Follett” que centenares de lectores devoren, sin mostrar la más mínima pereza, más de mil páginas del tirón? Y, lo más importante, ¿desde dónde formular un juicio crítico mínimamente coherente?: ¿desde lo conseguido a partir de las pretensiones iniciales del autor? –cosa que Follett alcanza de forma sobrada– o, ¿desde la inclusión de La caída de los gigantes en una tradición literaria a la que aporta bien poco?
La novela –de dimensiones más propias de centurias pasadas–, constituye la parte primera de una trilogía –centrada en la gestación y desarrollo de la Primera Guerra Mundial– mediante la cual el autor británico quiere dar cuenta de la historia europea del siglo XX (la segunda parte fabulará acontecimientos en torno a la Segunda Guerra Mundial y la tercera hará referencia a la Guerra Fría), y pretende, según sus propias declaraciones, recoger “la historia de mis abuelos y de los vuestros, de nuestros padres y de nuestras propias vidas. De alguna forma es la historia de todos nosotros”. Y es en proyecto tan descomunal donde hallamos uno de los principales excesos de la propuesta: la desmesura y la falta de contención en el discurso narrativo. Follett escribe al modo de Zola y Galdós, sin llegar en ningún caso a la riqueza de voces y de perfiles de uno u otro, como si sintiera necesidades renovadas de colocar, nuevamente, un espejo en el camino, para que la novela fuera precisamente eso: la reproducción detallada, y no en pocos casos cansina, de cada uno de los detalles, pormenores, colores, olores y sabores de su particular mundo, incluso cuando la cultura de la imagen –real y virtual– ha hecho de la literatura algo mucho más complejo que la descripción sucesiva de cuadros, ambientes y personajes.
¿Tiene sentido escribir al modo de hace ciento cincuenta años después de haber asistido al derrumbe del modelo naturalista, al triunfo de las vanguardias históricas, al neorrealismo de los cincuenta, al experimentalismo de los sesenta y hasta a la recuperación, no total pero sí matizada, del gusto por contar historias tan propia de los años ochenta? Y, como si el homenaje rendido a los novelistas decimonónicos tuviera que ser total –eso sí, sin contar con el discurso indirecto libre de un Clarín–, Follett elige un narrador omnisciente que todo lo sabe y que todo lo ve, con independencia de que esté fabulando con la peripecia vital de Billy Williams, el minero galés con quien se principia el texto, su hermana Ehtel, el ruso Grigori Peshkov, obrero metalúrgico que sueña con emigrar a los Estados Unidos, o, ya en la tierra de las oportunidades, la bellísima Olga.
Pero no se trata tan sólo de una determinada estética o de una forma de contar, sino también de la superficialidad de los personajes, mucho de los cuales desarrollan un comportamiento y unas actitudes presentidas tan pronto como son descritos por vez primera –Billy Williams es manifestación palmaria–, amén de un comportamiento anacrónico –Ethel a la cabeza de todos– cuyo punto de referencia es siempre el “aquí” y el “ahora”, manifestación evidente de que, más allá de la verosimilitud histórica y la adecuación rigurosa a la época desde la que se narra, el objetivo final buscado por Follett es la empatía con un lector muy determinado, ajeno a convenciones tradicionales y dispuesto, ante todo, a deleitarse sin mayores pretensiones.
No es asunto menor, tampoco, la técnica folletinesca que soporta buena parte de la narración, perceptible, como queda dicho, en el dibujo de trazo grueso de los personajes, pero también en la insistencia redundante sobre ciertos asuntos y situaciones, a fin de que el lector poco avezado no pierda el hilo de una narración letárgica en cuanto al ritmo.
Insisto en que las líneas precedentes son, tan sólo, el juicio de un humilde profesor universitario, consciente de que su parecer no obsta ni en lo más mínimo –tampoco lo pretende– el éxito de una novela que tiene la virtud de entretener –aunque sea a ratos– y cuyo autor –a diferencia de otros “fenómenos” editoriales patrios o foráneos– se presenta como lo que es, un autor de best-sellers dedicados –alterando el sentido de la máxima juanramoniana– a una inmensa mayoría. El pasado mes de junio presenté uno de mis últimos libros –una monografía de crítica filológica– en la Feria del Libro de Madrid, el mismo día en que Ken Follett firmaba ejemplares en una caseta dispuesta para tan solemne ocasión. Las escasas treinta personas que escucharon, pacientes, mis palabras, no podían compararse con las miles que hacían cola para ver estampada, en la portada de Los pilares de la tierra, la firma de quien ya es un referente mundial. Hoy, también, mis palabras, válidas o inútiles, buscan un auditorio menudo que, a buen seguro, disfrutará también de las páginas de La caída de los gigantes, aun cuando sea en la evidencia de haberse entregado a un asueto limitado y sin estridencias.
Por Emilio Peral Vega