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Mirada Escolástica

El jefe del Estado en la Nochebuena

lunes 27 de diciembre de 2010, 08:36h
El 5 de abril de 1960, el Presidente de la V República, Charles De Gaulle, en una visita oficial a Gran Bretaña, dijo en un discurso a la entonces joven y atractiva Reina Elisabeth II: “En Su Majestad vuestro pueblo ve la patria”. De Gaulle definía así a los Jefes de Estado, bien fueran las cumbres de una Monarquía o de una República: La imagen humana que cuando el pueblo la ve está viendo a la patria, y ponemos la preposición “a” para personificarla. ¿Veremos nosotros esta noche, die septimo ante Kalendas Ianuarias Anni Incarnationis MMXI, a nuestra patria empobrecida en el rostro del Rey de España? No lo creo. El no es pobre, la patria sí. Y de ser España un “Estado natural” hace seis años ha pasado a ser un Estado perpetuamente incómodo, ambiguo y artificial, inmerso en un marasmo deprimente y sobre una España en que la crisis nos ha traído el inmovilismo social. Y gracias al actual gobierno todos los europeos han sentido ya ridículas las grandes palabras pronunciadas por De Gaulle sobre España en 1961, en la visita que le hiciera el Ministro de Asuntos Exteriores Fernando Castiella al Elíseo de la Pompadour: “Europa sólo puede decir que está unida si engloba a los iberos, ese pueblo grande en tantos aspectos y que de tan cerca afecta a Francia”. Y no podemos olvidar que las instituciones políticas sólo tienen sentido cuando los valores nacionales encuentran en ellas expresión y protección. Igual que un ave de gran envergadura aletea ante la llamada de las cumbres, el Jefe de Estado debe volar por su pueblo a las cumbres más decorosas y dignas al servicio de la libertad, la justicia y el progreso. Por derecho hereditario, y sin plebiscito, y sin elección, nuestro Jefe de Estado, como cualquier otro Jefe de Estado, ha sido llevado a encargarse de la defensa, de la unidad y del destino de España. De él esperamos la solución de nuestros problemas. En él depositamos nuestra confianza, o a él dirigimos nuestros reproches. Para comprobar que hacia su persona convergen tanto las esperanzas como las decepciones y el desaliento, basta con oír las conversaciones en el marco de esta horrible crisis económica, social y nacional, las canciones, escuchar los gritos y los rumores que salen de la radio y otros medios, y leer lo que se imprime en los periódicos – cada vez con menos miedo y desesperación – o se llega a pegar en las paredes. En el Jefe de Estado se dice que descansa la continuidad del Estado.

Si en las situaciones normales la acción del Jefe de Estado debe consistir ante todo en indicar orientaciones, señalar objetivos, sugerir directivas, y encaminar el progreso, en situaciones dramáticas, como en esta crisis brutal, se le debe exigir actitudes decisivas, aunque su autoridad se constipe al salir de la cálida torre de marfil de la Zarzuela. Un Jefe de Estado es una institución muy cara, y la patria le debe exigir que sea rentable. Y no está precisamente para lo que hace su sucesor, para decir perogrulladas ya muy manidas sobre Europa. Al contrario. En vez de que España renuncie a sí misma, abandonando su defensa, su política y su destino a la hegemonía germánica, dejando a otros los campos de influencia, de cooperación y de amistad que le eran familiares por su Historia, la Jefatura del Estado debe hacer valer entre sus vecinos su personalidad, sin renegar jamás a la Unión Europea, pero impidiendo siempre que seamos un protectorado de ella.

El Jefe de Estado debe principalmente en esta ceremonia ritual de la Navidad, a la que los recuerdos del pasado, las necesidades del presente y las esperanzas del futuro deben conferir una honda envergadura nacional, dedicarse a reunir los corazones y las mentes en torno a lo que nos es común, a hacernos sentir a todos que pertenecemos al mismo conjunto, a suscitar el esfuerzo nacional. Para ello debe ser fiel a su cargo y dirigirse hoy a las profundidades nacionales igual que si les hablase a los ojos, sin papeles, sin afeites ni técnicas cinematográficas por medio. Está obligado a ser espontáneo, sin dejarse llevar a gestos excesivos ni mímicas desplazadas. La verdad es tan terrible que no puede caer en la aberración de una interpretación teatral.

Y sería de mucho interés que nuestro Jefe de Estado iniciase una gira en el Año 2011 por todos los territorios empobrecidos de España, a través del relieve inmutable de España y el fondo permanente de sus habitantes, remozando así la unidad y el orgullo de España. Y cuando regrese a la Zarzuela, tras haber reflexionado sobre sus observaciones, es seguro que habrá sacado acertadas conclusiones que contribuirán a orientar la acción del Gobierno.

La Jefatura del Estado debe representar una autoridad efectiva, legitimada por los acontecimientos y fundida con la fe y la esperanza del pueblo español. Su única y constante misión es guiar la patria hacia lo alto, y enseñarla que para llegar a la cumbre el único camino es el esfuerzo común, alimentado por la alegría común de ser españoles.
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