PNV: EL PÉNDULO CAMBIA DE RUMBO
viernes 21 de marzo de 2008, 22:09h
ETA no se resigna a desparecer de la vida de los vascos en concreto y de los españoles en general. Ayer volvió a alzar su "voz", de la única manera que sabe hacerlo, con la voz de las bombas, las pistolas y los atentados. Con un coche bomba colocado en el cuartel de la Guardia Civil de Calahorra, la banda he querido dejar claro que sigue aquí, "defendiendo" los intereses de un pueblo al que ni escucha ni respeta. Precisamente esos vascos por los que la banda dice luchar, tuvieron la oportunidad de expresarse democráticamente -un lenguaje incomprensible para el grupo de mafiosos terroristas- el pasado 9 de marzo. Y los resultados fueron claros. El PNV, que mañana celebra su Aberri Eguna (Día de la Patria Vasca), no consiguió mayoría en ninguna de las tres capitales vascas y el varapalo electoral ha hecho que algo se mueva en el seno jeltzale. A lo largo de esta semana hemos visto cómo Iñigo Urkullu se distanciaba del referéndum del lehendakari Ibarretxe, aduciendo que los posibles pactos de su partido con el Gobierno de Zapatero poco tenían que ver con los planes del Ejecutivo vasco. Por su parte, Joseba Egibar, delfín de Xabier Arzalluz y representante del ala más radical del partido, ya se ha expresado contrario a "reorientar" el plan de ruta del plan Ibarretxe, tal y como defiende Urkullu. Los enfrentamientos entre las dos posturas del PNV vuelven a ponerse sobre tapete, pero no son algo nuevo.
Los virajes de este partido siempre se han caracterizado por un movimiento pendular. Desde la 2ª República, los diferentes dirigentes jelkides han ido alternando etapas de trabajo conjunto y la buena relación con el Gobierno español, -que se han saldado con suculentos aumentos de competencias o réditos políticos- con periodos de enfrentamiento abierto. Tras la época de Ajuria Enea, en la que el lehendakari Ardanza era el mayor artífice de un pacto exclusivamente entre "partidos democráticos" en el que, por encima de cualquier otro objetivo político, primaba el fin de ETA, el sector más proclive al independentismo, volvió a tomar las riendas. Con él vino el pacto de Lizarra –firmado por todas las fuerzas independentistas, incluida Batasuna, y Ezker Batua (IU en el País Vasco)- y una época de enfrentamiento directo con el Gobierno de Aznar -su antiguo socio de Gobierno- y, por ende, con el Estado español. La llegada de Zapatero a la Moncloa supuso una cierta tregua en las formas, pero, en ningún modo, un acercamiento. Es decir, el péndulo aún se mantuvo en zonas más bien independentistas, representadas de cara al público por el lehendakari Ibarretxe y su famoso plan.
Sin embargo, es un hecho objetivo que desde que Ibarretxe anunció, allá por 2003, la intención de poner en marcha su plan homónimo, el PNV ha visto como iba perdiendo apoyos en las urnas. El lehendakari ha defendido su proyecto de "libre asociación" contra viento y marea, pero lo cierto es que los vascos no han respondido como a él le hubiera gustado. Por el camino se ha caído hasta Josu Jon Imaz, que representaba el ala más moderada del PNV. Ahora, sin embargo, no corren tiempos felices para los radicalismos. No parece que los vascos consideren extremadamente necesario un referéndum intempestivo para expresar su voluntad. Y el sentido práctico que siempre ha caracterizado al PNV sabe que con buenas formas y pactos se acaba logrando muchas más que cosas que con plantes y órdagos. Y es por ello que el péndulo recula. Vuelve a situarse del lado de quienes consideran que la paciencia es el mejor aliado de quien quiere conseguir algo importante, en este caso, la independencia del País Vasco. Parece que el péndulo cambia de lado, pero que nadie piense que para.
ARTE ITINERANTE
En estos días de vacaciones, las grandes urbes suelen despoblarse, ocasión que aprovechan los que se quedan en ellas para hacer aquello que durante el resto del año no pueden, bien por trabajo, bien por las aglomeraciones propias de riadas de gente haciendo lo mismo. Nos referimos a pasear, aparcar en la puerta de casa, ir a espectáculos y exposiciones sin las tediosas colas; en suma, disfrutar de la ciudad. De hecho, cada vez más se aprecia una tendencia según la cual disminuye el turismo de playa y montaña, y aumenta el llamado "cultural" y "urbano". Por citar un evento, puede verse estos días en Madrid la exposición "Tesoros sumergidos de Egipto", después del éxito cosechado en otras ciudades europeas como Berlín y París. Más de 500 piezas que durante siglos custodiaron las aguas del Nilo, y que hoy pueden admirarse en diferentes ciudades.
París, por su parte, acoge una retrospectiva sobre Babilonia y todo su esplendor; buena muestra de que el actual Irak es algo más que un mero campo de batalla, sin trasfondo histórico alguno. Esta y otras reseñas alimentan de nuevo un debate que no es nuevo en mentideros científicos, cual es el de la propiedad del arte, y la conveniencia o no de su ubicación. Si alguien quiere conocer tesoros de Turquía, puede visitar el museo de Pérgamo en Berlín. Para conocer lo mejor del arte egipcio, aparte del museo de El Cairo, nada mejor que el British Museum, en Londres; de aquí reclama Grecia que le sean devueltos los frisos del Partenón. Mesopotamia, Persia y Babilonia (Irán e Irak modernos) tienen su lugar de preferencia en el Louvre parisino. Hay quien defiende que lo que es patrimonio de toda la humanidad tiene que ser asequible, y qué mejor que una gran ciudad para darlo a conocer. Por el contrario, están los que piensan que lo que perteneció a un país, a él debe seguir ligado. Lo razonable, en todo caso, es que la cultura sea accesible erga omnes, sea donde sea.
MERKEL EN ISRAEL
La visita de Angela Merkel a Israel esta semana ha sentado precedente por varios motivos. El primero y más importante es obvio. Es la primera vez en 70 años de historia de Israel que un canciller alemán visita al país que alberga a ese pueblo al que la locura nazi pretendió exterminar. Pero el gesto de Merkel va mucho más allá que una mera visita protocolaria. Durante su discurso ante el Parlamento israelí del pasado martes, Merkel, tras pedir perdón por las atrocidades cometidas por los nazis, reconoció que el pueblo alemán también ha sido víctima de las mismas. La muerte de seis millones de judíos en aras de un absurdo proyecto megalomaniaco aún pesa como una losa sobre la memoria colectiva de los alemanes. Este vergonzoso episodio de su historia no sólo acabó con las tres cuartas partes de los judíos de Europa sino que ha condenado a las generaciones alemanas de posguerra a llevar tras de sí el estigma del genocida.
Merkel con su visita y sus palabras ha dado un enorme paso al acercar entre sí a Israel y Alemania. Con él ha intentado suturar las heridas del pasado que, aunque nos duelen a todos, no deben gangrenarse. El gesto de Merkel merece todo nuestro aplauso porque representa la mejor vía para cicatrizar la herida sanamente. Y es que sus palabras van más allá de un innecesario autoflagelamiento. Su gran valor reside, precisamente, en ir en pos la búsqueda de la razón, del porqué. En ellas subyace el deseo de indagar en las razones últimas que llevaron a millones de personas de bien, normales, como cualquiera de nosotros, a convertirse en cómplices, por acción u omisión, de aquella tragedia. Con su discurso, Angela Merkel ha dado voz a todos esos millones de alemanes que condenan su pasado pero aún así, quieren enfrentarse a él para buscar los porqués. Hay que saber perdonar, porque el peso del pasado no puede ni debe hipotecar el futuro, pero no olvidar, porque quien olvida corre el riesgo de repetir el mismo error.