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Códices de la Capilla Sixtina en la Biblioteca Nacional

David Felipe Arranz
miércoles 29 de diciembre de 2010, 21:28h
La conversión digital de los libros ilustrados en libros electrónicos se está produciendo ya: los soportes, como el iPad y el Nook Color, están preparados para recibir contenidos en color infantiles, de cocina y de fotografía, que aumentan los dividendos de los editores, en especial por estas fechas. El mercado internacional del e-book ya supone el 10% de las ventas del sector librero mundial y viñetas, cuadros, fotografías, grabados, dibujos, ilustraciones y estampas comienzan a fluir de las plataformas digitales a la pantalla manual y, antes, del libro original al escáner. Sin embargo, la pregunta sigue en el aire: ¿es comparable a la experiencia de tener en las manos un libro impreso y pasar sus páginas a la de deslizar los dedos por un dispositivo que guarda siempre la misma forma?

En principio, obviamente no; no es lo mismo un continente que otro, aunque el contenido sea idéntico, pero sin duda el libro electrónico resulta imprescindible para que la cadena de valor continúe. Hasta el 9 de enero puede contemplarse en la Biblioteca Nacional la cuidada exposición “Códices de la Capilla Sixtina. Manuscritos miniados en colecciones españolas”, organizada por el Centro de Estudios de Europa Hispánica (CEEH), la Catedral Primada de Toledo y la propia Biblioteca. Las comisarias, Elena De Laurentiis y Emilia Anna Talamo, han reunido los extraordinarios manuscritos sixtinos provenientes de la Sacristía, coleccionados y conservados por el cardenal y asesor del papa Pío VII, el bibliófilo Francisco Antonio Lorenzana, quien los preservó de la barbarie durante la ocupación francesa de Roma en 1798.

Estos valiosísimos códices miniados pontificios, algunos restaurados para esta ocasión única en el laboratorio de la BNE, fueron destinados a la liturgia de la Capilla Sixtina: cuarenta y un códices, realizados entre los siglos XV y XVIII, con profusión de magníficas ilustraciones, fueron enviados a Toledo para salvarlos de la máxima “in Urbis direptione”, acción bárbara que daba licencia a los soldados arrasar y saquear el patrimonio cultural de las naciones invadidas durante el comienzo de las Guerras revolucionarias francesas y, por desgracia, después –como ocurrió en España–. De Laurentiis los encontró en la Biblioteca Capitular de la Catedral de Toledo, la Biblioteca Pública del Estado de Toledo, la Biblioteca de Castilla-La Mancha y la Biblioteca Nacional.

El arzobispo Lorenzana fue mecenas de las artes y las letras y entendió que una de las labores de la Iglesia era la de preservar el legado cultural anterior de la fiereza, la incultura y la irracionalidad de los hombres. En ese sentido, recuperó el antiguo rito hispánico en las parroquias mozárabes de Toledo –la vieja liturgia visigótica–, decisión no exenta de audacia, al igual que la de su empeño en la creación de la Biblioteca Pública Arzobispal. Aficionado a los códices miniados, Lorenzana era consciente del incalculable valor de los códices que habían pertenecido a personajes trascendentales para la historia cultural de Europa, como los papas Clemente VII o Julio II, protector de Rafael y Miguel Ángel Buonarroti. El proceso de transmisión del saber e iluminarlo –del latín illuminare, alumbrar– en preciosos códices era muy laborioso. Los libros, escritos y decorados a mano –miniados–, estaban constituidos por fascículos de pergamino obtenidos de la piel de oveja, cabra o ternera, que eran después cosidos o encuadernados. Después de que el copista incorporara el texto, era el miniaturista quien completaba el manuscrito decorándolo con apasionantes frisos, miniaturas y caprichosas letras capitulares. El amor por los libros bellos era cuestión no sólo estética, sino ética e incluso, muchas veces, de vida o muerte. La escena que Umberto Eco nos describe en El nombre de la rosa, con Guillermo de Baskerville exponiéndose al fuego por salvar de las llamas unos cuantos libros ocurrió en realidad; sucedió en 1237, en el monasterio de Vorau (Estiria): la biblioteca se incendió y el prior lanzó los libros por la ventana, uno tras otro, hasta que pereció devorado por el incendio: consideró que su sacrificio no era pagar un precio demasiado alto para que las generaciones venideras disfrutaran de ese saber, aprendieran y conocieran a través de hermosos libros manuscritos.

Maestros iluminadores como Simone Martini, Jean le Tavernier, Hans Holbein el Joven, Simon Bening y un sinfín de miniaturistas se encargaron de sintetizar en imágenes los contenidos más destacados de esos códices; era la otra gramática, la de la imagen, la que grababa en la memoria del lector de forma imperecedera la narración que la letra transmitía. Breviarios, epistolarios, evangeliarios y evangelistarios contenían además miniaturas rescatadas de otros códices anteriores deteriorados y compilados en el Medievo que, de otra forma, se hubiesen perdido.

Si el libro electrónico a través de la llegada del color a sus soportes consigue emular aquel milagro de conservación, transmisión y difusión cultural que hombres como Lorenzana lograron con un esfuerzo ímprobo, ante el vertiginoso bombardeo de estímulos electrónicos audiovisuales habrá demostrado una vez más que la lectura sigue siendo la vía principal e inexpugnable de acceso al conocimiento. Sí, es la lectura continuada la que forma, mal que les pese a los iconoclastas y “expertos” en pedagogía y diseñadores de las unidades didácticas y otras zarandajas del currículo, a los gestores y burócratas de las consejerías de Educación de este país refractarios a toda modestia, quienes deberían aprender de hombres más sabios que existió no hace mucho tiempo el mejor método didáctico: una pintura de libros en las que el paganismo de la Antigüedad clásica y el cristianismo podían influirse mutuamente sin conflicto.
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