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El Maestro Ignorante

Antonio Domínguez Rey
viernes 31 de diciembre de 2010, 13:49h
Con este título propone Jacques Rancière en 1987 una “poética del saber” basada en la figura decimonónica de Jean-Joseph Jacotot, un pedagogo singular que critica el programa revolucionario de instrucción pública de la Francia de 1830. Frente a una docencia fundada en la igualdad de los individuos a través de la escuela, propone una educación libertaria que resalte la diferencia y denuncie la falsa homogeneidad que la famosa instrucción escolar pretendía.

Jacotot se hizo famoso en media Europa por instruir a escolares con escasos o nulos conocimientos de la disciplina que enseñaba. Incluso instruía en materias de las que él mismo era aprendiz, y con éxito. Su método consistía en la emancipación intelectual de lo previamente recibido confiado en la premisa de que todos partimos de un mismo nivel de inteligencia. El ejercicio de la voluntad lo perfecciona y determina siguiendo ciertas pautas que un guía docente establece. Este guía fue después, y es hoy, el tutor de los pedagogos actuales, un compañero de estudio, alguien que comprende el estado mental del alumno y procura ofrecerle modos de aprendizaje que favorezcan la adquisición de conocimientos.

Jacotot expuso su técnica de instrucción en un libro entonces notorio publicado en 1829 con el título de “Enseñanza Universal. Lengua Extranjera”. El estudiante puede darse la norma a sí mismo -antiguo ideal de la paideia clásica- y aprender por su cuenta bajo la instrucción de alguien que lo “emancipe” y despierte en él, se entiende, un sentido de libertad que le permita descubrir los conocimientos como brotando de su propia capacidad intelectiva.

La figura de Jacotot se convierte con la poética instructiva de Rancière en modelo pedagógico para el plan europeo de docencia conocido como Bolonia. El argumento de base es sencillo.

El “ordenamiento” social derivado de la instrucción francesa del siglo XIX fracasó por partir precisamente de un objetivo igualitario que, pretendiendo reducir las diferencias de capacidades, conocimientos y habilidades producidas por la desigualdad social y una educación selectiva, ahogaba la espontaneidad del individuo. Con ello sólo se consiguió un formalismo legal contrario a lo que se proponía. La igualdad de origen era ordenamiento de un dirigismo embozado y de una imposición de conciencia que en realidad embrutecía al hombre subordinando su inteligencia a otra inteligencia.
Frente a este “embrutecimiento” se impone la emancipación de Jacotot y el horizonte de una “igualdad” nativa o inteligencia natural común otorgada por Dios a los humanos, de quien recibimos la autonomía o don da darnos instrucciones a nosotros mismos.

El argumento se repite de varios modos en la novela “Ferdydurke” (1937) de Witold Gombrowicz, en el ensayo de Adorno “Personalidad Autoritaria”, de 1950, y en diferentes propuestas psicopedagógicas que colean actualmente al amparo de los ordenadores y nuevas tecnologías.
Sumidos como estamos en un proceso de banalización suprema de valores, la técnica digital ofrece a los nuevos maestros ignorantes un corolario justificativo del argumento citado. Se lo he oído a más de un colega. Los conocimientos ya no están aquí, dicen señalando con el dedo índice -famoso puntero escolar- la frente, sino ahí, y apuntan con el mismo gesto indicativo al ordenador.

Los conocimientos antes estancados en el cerebro -no puede entenderse de otro modo semejante barbaridad- dormitan ahora en la máquina algorítmica de imágenes. Basta entonces con un simple guía o instructor que nos conduzca con mano sabia al cliqueteo ordenado de las teclas. Un mundo ingente de conocimientos se abre en pantalla antes nuestros ojos maravillados. El Tutor adquiere categoría de maestro mágico del conocimiento. Cuanto más hábil sea su técnica, mejores resultados. Y cuanto más rápido, más promoción académica y social obtiene, pues sus dedos atesoran la nueva enseñanza del universo.

Nadie duda que el ordenador y las nuevas tecnologías son un instrumento revolucionario de consecuencias aún imprevisibles. Confundir, sin embargo, el almacenamiento de imágenes, incluidas las letras de todas las lenguas del mundo, con el depósito de conocimientos en el cerebro, es una simpleza mayúscula.

Indudable también el hecho de que el hombre ha alcanzado con su técnica un grado de perfeccionamiento antes increíble. La mano prensil se ha independizado de las ramas de los árboles. Transformó la materia en medio de descubrimiento y revelación de ideas antes ocultas. Transmitió su movimiento a la inteligencia o recibió instrucciones suyas hasta convertir el producto en metonimia y sinécdoque, pura metáfora de sí misma. La parte manipula el todo; el continente es contenido, y viceversa. Hemos producido el Ordenador Universal. Cuanto no conste o se derive de él, no existe prácticamente.

Seguimos, no obstante, en el retablo de las maravillas. La comunicación se acelera, pero lo comunicado aún depende de la intención del informante y de su capacidad tanto cognoscitiva cuanto hábil para transmitir el conocimiento. Simulamos y algunos, entre ellos el nuevo maestro ignorante, disimulan mejor que nunca. Buscan, seleccionan, cortan y pegan con gran destreza. Y creen además que lo así seccionado es producto propio, la consecuencia inmediata de su capacidad cognitiva. Se creen, nos creemos sabios. Tal es el efecto de autoestimulación simulada.

La simpleza cunde y se multiplica. Proliferan centros de educación ficticia basada en esta técnica. Se crean hasta universidades virtuales cuya misión es el esquematismo intelectual de collage adobado con estructuras informativas de apariencia sugerente. Un camelo puro. Mosaicos.

El nuevo método pedagógico, tan antiguo en sus raíces como la humanidad misma, pero dotado del cúmulo técnico adquirido, promueve en el conocimiento aquello que precisamente lo hace posible. Activa la capacidad del individuo, es decir, su aptitud natural cognoscitiva, mediante habilidades de procedimiento que le procuran una destreza efectiva en el medio de aplicaciones en que se mueve. Puede guiar a otro por el mismo o semejante camino, pero, si no conoce el proceso de lo que comunica, no necesariamente del medio comunicante, aunque sería también deseable, no transmite conocimiento. Traslada esquemas, procesos cuajados, reglas, normas, pautas informativas, apuntes. Y este conjunto produce una sensación mágica, pero ficticia, de sabiduría.

Con tal método conseguimos la uniformidad de un ordenamiento social que Rancière critica en el falso igualitarismo de la escuela pública que pretende reducir las diferencias a un mimema, memema o matema, de conocimiento. Incrementamos la autorreproducción de fórmulas en que se ha convertido el lenguaje. Tópicos, clichés, estampas, cromos intelectivos. Se nota en el colegio, en los institutos, en la universidad. El uniformismo de conocimientos, aptitudes, habilidades y destrezas, Bolonia así entendida, conforma la conducta clonando las mentes bajo un nuevo dirigismo taimado de bancos, empresas, industrias, grupos políticos. Incluso se pretende la vuelta al uniforme de colegiales. Un nuevo totalitarismo encubierto con imágenes dinámicas que distorsionan un modo de atención y procuran otro con objetivos de rendimiento premeditado. Una nueva técnica publicitaria de venta en sordina o mercado subliminal. El producto ofrecido ahora al estudiante es el moldeamiento de su voluntad para convertirlo en consumidor dócil, presto al estímulo camuflado en la instrucción recibida. Un refinamiento de las técnicas psicológicas de Iván P. Pavlov aplicadas a los nuevos animales del mercado globalizante.

Caemos, una vez más, en aquello que se pretende evitar, la alienación, y queremos conseguir: la igualdad nativa. El nacimiento de la idea. No basta el pretendido conocimiento. Precisamos descubrir el manantial de la inteligencia y de la imaginación, la fuente de imágenes o la forma del nido en proceso. Y esto es asunto muy diferente al del Ordenador Universal, por importante e imprescindible que este instrumento nos resulte. Aún no es categoría, afortunadamente.

Junto a la poética del saber, o antes incluso que ella, la del decir pensante. Una dicción autorreveladora, opuesta a este modo de totalización larvada e ignorante. La gramática pura, el Poema.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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