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De tránsfugas, jetas y mamporreros

José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 31 de diciembre de 2010, 14:55h
Winston Churchill, llegado a un punto de ebullición tal como para írsele la pinza y pasar del estado líquido al gaseoso, aprovechando un receso en la sesión del Parlamento británico, dejó turulato al hemiciclo al abandonar la bancada conservadora para tomar asiento en un escaño de la liberal. A los “bandoleros” Tories se les quedó la cara de Sylvester Stallone en la última secuela de Rocky Balboa, el Potro Italiano, reinona del bótox, divina de la muerte.

Hoy, 106 años después de aquel memorable episodio de transfuguismo político, la mamá pródiga de La Pajín, The Queen of Benidorm -¡qué nivel, Maribel!-, acompañada por el resto de la troupée, se ha propuesto reeditar la memoria del primer ministro, pero en plan chusquero y casposo, muy en la línea del Día del Orgullo Friki.

Imagino a Eduardo Zaplana contemplando el “belén” desde el columpio de su jaula de oro telefónica, y rememorando el grato recuerdo del día en el que, con la inestimable ayuda de una tránsfuga socialista (que para mayor descogorcio semántico respondía al nombre connotativo de Maruja), aterrizó en la alcaldía de Benidorm, primer escalón de su exitoso itínere político, coitus interruptus hasta nueva ocasión, que nunca digas de este agua no volveré a beber.

En la Antigüedad se decía que “Roma no paga a traidores”. En esta España nuestra fotovoltaica con tan larga tradición caciquil, lo inquietante no es contemplar cómo prosperan quienes acostumbran a cambiar de chaqueta, sino corroborar la impunidad con la que muchos de los mendas en cuestión se lo montan en las concejalías de Urbanismo o en cualesquiera ventanillas municipales o autonómicas especialmente proclives al choriceo, al tráfico de influencias y a la comisión del tres por ciento con la que don Pasqual Maragall consiguió acojonar en su día, en sede parlamentaria, al hoy presidente independentista del “oasis”, el mismo que si no se besa a sí mismo es porque no puede de lo estirado que lleva el mentón. A su lado, Aznar es un simpatías.

Doy por hecho que PSOE y PP alcanzarían un acuerdo a no más tardar (antes de que dejemos de hablar de tránsfugas para elucubrar acerca del comunicado etarra que está al caer con las campanadas), si designaran como interlocutores, los unos a Rafael Simancas, que ese sí que sabe lo que es un Tamayazo, y los otros a Gerardo Fernández Albor, que aún debe estar el pobre (aun siendo como es un hombre pacífico) conteniéndose las ganas de arrearle un guantazo en semejante sitio a quien fuera su vicepresidente, José Luis Barreiro, por la “inocentada” -¡maldita sea la gracia!- que le gastó.

Pero debe ser que los del puño y la rosa y los de la gaviota no tienen ningún interés por sacar adelante el pacto anti transfuguismo. Prueba de ello es que han encomendado el paripé del desencuentro por adelantado a un tal Chaves (que cada día que pasa mira a la gente más al bies, del fruncimiento horizontal de entrecejo que se le ha puesto), siempre secundado por su escudero de viñeta, el Rey Mago Gaspar, cuyo único mérito que se le conoce es su vocación de pulpo votante.

Este cronista piensa que el peor tránsfuga no es el traidor que brinca de carroza en carroza, sino el que es desleal para con sus propias convicciones, renunciando a sus principios personalísimos por miedo a romper eso que se conoce con el rimbombante eufemismo de “disciplina de partido/secta”. ¿Acaso no es un tránsfuga Ferrán Mascarell (el nuevo consejero de Cultura de Mas, ministro de Deportes como Zapatero), que se ha pasado a CiU porque el PSC no estaba por la labor de que fuera el próximo candidato a la alcaldía de Barcelona? ¿Acaso hay mayor indignidad que la de cambiar de barco por razones de estricta conveniencia?

Desde Judas Iscariote y aun antes, la literatura está llena de traidores capaces de abominar hasta de la madre que los parió; conversos que se revuelven contra los dioses que adoraron; renegados que abjuran de sus ideas o cometen el imperdonable pecado de la apostasía; desertores que se baten en retirada del campo de batalla con los pantalones cagados, a la altura de los tobillos; y prófugos que huyen de sí mismos.
Qué ilusos fueron Montesquieu, Voltaire y Rousseau cuando sostuvieron con ingenuo conocimiento de causa que el disenso fomenta el avance de las artes, de las ciencias y de la participación política.

El hieratismo de terracota de los guerreros que velan armas en el Mausoleo del Primer Emperador Qin nada tiene que envidiar a la actitud reverenciadora y ditirámbica que muestran hacia su líder los cortesanos tragasables que le siguen en el escalafón de los diferentes partidos políticos-cortijo. ¡Joder qué tropa! –exclamó Rajoy.

Ni se imaginaba Alfonso Guerra hasta qué extremo iba a mantener su vigencia en el tiempo su célebre frase según la cual «el que se mueve no sale en la foto», pues ya se sabe lo que le aguarda al disidente que se atreva a discrepar o simplemente a opinar de manera diferente al jefe de la manada, crisol de la infalibilidad: la condena por felonía, el garrote y la expulsión a las tinieblas exteriores. Por fortuna para la integridad física de los susodichos, las más de las veces es tal el grado de identificación de la borregada con el pastor del rebaño, que más apropiado que hablar de simple militancia habría que hablar de ósmosis del escarabajo pelotero.

El macho cabrío adorado en Le sabbat des sorcières de Goya bien pudiera ser la imagen metafórica de las reuniones de tupperware que acostumbran a celebrar Sociatas y Peperos, aquelarres barojianos donde los comparecientes, sentados todos de perfil, rivalizan a la hora de aventar el incienso del botafumeiro, al grito pagano de Gloria in Excelsis Pepe-Luis o Mariano, laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te.

¿El mundo del siglo veintiuno? Más bien me atrevería a dar por hecho que hemos involucionado a la Edad Media, la misma en la que los vasallos solían arrodillarse y realizar la inmixtio manum durante el homenaje a su señor.

En esta Era de pensamiento único inequívoco, pocos políticos (y en no menor medida periodistas) se atreven a salirse del guión oficial, siendo como son mayoría quienes renuncian voluntariamente a la libertad de pensamiento, estadio previo a la libertad de expresión, conscientes de que es conditio sine qua non para labrarse una carrera.

Claro que en este país nuestro tan esperpénticamente valleinclanesco, somos tan tremendistas, que lo mismo todos callamos por no pecar, que acabamos tirándonos de los pelos del moño o de la cola de caballo. No hay punto medio. En la Génova de Rajoy, pongamos por caso (que Martín Ferrán compara con la Casa de Tócame Roque), o se quedan cortos, o se pasan de frenada. Rara vez se limitan a debatir hasta el extremo civilizado del acaloramiento dialéctico sin recurrir a los exabruptos desaforados y a las peleas descarnadas que derivan en luchas impúdicas y obscenas por el poder. Tan contraproducente es hacer por sistema la colada en casa, según la doméstica recomendación de Cospedal, como sacar la ropa de la lavadora antes del centrifugado. Ni ¡Sí, Bwana! Ni ¡Tu madre más!

No digo yo -¡Dios me libre!- que los partidos políticos necesitan una terapia al estilo One Flew Over the Cuckoo’s Nest, el manicomio de Jack Nicholson donde a los cuerdos que se salían del orden establecido e infringían las normas de disciplina se les castigaba con sesiones de electro-shock o incluso se les practicaba una lobotomía (…) Pero casi, pues escasearían las camisas de fuerza ante la falta de costumbre a decir lo primero que a cualquier discrepante se le pasa por la cabeza.

El Premier The United Kingdom of Great Britain and Northern Ireland ha pasado a los anales por pasajes inolvidables como aquel brillante discurso en el que confesó que no tenía «nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». (…) Los tránsfugas advenedizos de ahora, ni tienen talento, ni clase, ni lo que es peor, vergüenza.

José Antonio Ruiz

Periodista

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