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Buenos propósitos

José María Herrera
sábado 01 de enero de 2011, 14:04h
Para mucha gente el sobrepeso, la afición al tabaco o el desconocimiento del inglés, la lengua de los anuncios, constituyen una dolorosa humillación, prueba de su pertenencia a una generación trasnochada o a un entorno periclitado. No es extraño, por eso, que en ocasiones, particularmente a final de año, un arrebato de dignidad cronológica les impulse a tomar ciertas medidas para huir de la obsolescencia. Nuestra sociedad ve con muy buenos ojos estos nobles propósitos de cambio e incluso los favorece mercantilmente suministrando métodos infalibles para alcanzarlos. La necesidad de actualizarse cada vez que acaba un año y comienza otro es, sin embargo, una costumbre reciente. En las épocas en que los hombres tenían ocupadas sus mentes a ninguno se le pasaba por la cabeza semejante ocurrencia. Ha sido últimamente cuando ha empezado a darse este fenómeno curioso que es comerse las uvas y verlo ya todo excepcionalmente claro.

El hecho no tendría nada de particular si no fuera porque para retomar las riendas de su vida al hombre de hoy, hombre de pelotón, apenas se le ocurre otra cosa salvo ser como quiere la sociedad. El gregarismo, característico de la empaquetada vida actual, llega hasta lo más profundo. Claro que: ¿imaginan el desconcierto que se produciría si la gente se propusiera vivir con sencillez, o pensar un poco a fin de tener algo que oponer a los caprichos de la moda, o aprender a desaprender?

Un amigo me ha dicho que soy un iluso y que la gente no cree en el discurso del alma que se hace a sí misma. Lo que ahora se lleva, en consonancia con la evolución y la pedagogía, es adaptarse a los tiempos. Sus palabras han sido: debemos ser realistas. Yo sé que tiene toda la razón, aunque no puedo evitar pensar que ese realismo es tan ilusorio como creer que en el Universo puedan existir seres como nosotros. Si algo nubla nuestra mente y nos intoxica no es, desde luego, el tabaco, las grasas o la confusión de las lenguas, sino la misma época que nos arrastra por su surco. Por eso no basta con tener proyectos, hay que saber además por qué se tienen, cosa que nunca le ocurre al realista. El realismo es una suerte de ceguera, muy eficaz desde el punto de vista práctico, como cualquier acto reflejo, pero poco convincente cuando no se ve por qué debería uno adaptarse a un mundo lleno de cabos sueltos.

Sugiero, en fin, olvidarse este año del tabaco, los kilos y el inglés, y apostar por una vez a lo grande. La luz de la verdad alcanza a todo el mundo, basta con buscarla. Naturalmente, en un país donde la frase más repetida es “se vende” hablar de verdad o de autenticidad parecerá una recaída en los excesos de la época del pelotazo, cuando la felicidad cotizaba muy alto y no había forma de lograrla sin endeudarse, pero les aseguro que no estoy en contra de las parcas virtudes actuales, la vida saludable, el cosmopolitismo o la delgadez, sino de la virtud triste, que decía Unamuno. Sé que tenemos metida el alma en el cuerpo y que para éste constituye un problema trasegar con los excedentes, grasas o humos, y que vivimos en una sociedad en la que la última palabra acerca de todas las cosas la tiene el mercado, que habla inglés, pero sigo creyendo que puestos a planear una metamorfosis el fin prioritario debería ser uno mismo. Está muy bien cerrar un año deprimente diciéndose: “el mundo no puede ser tan despiadado que no me permita alcanzar mis objetivos, confío en mis fuerzas, jamás volveré a exponer a los chicos al oprobio de esta monstruosa barriga, nunca más atosigaré mis pulmones con el humo de un cigarrillo y, además, my tailor is rich”, pero: ¿no sería mejor aún seguir por una vez los hilos del alma y elevarse hasta ese punto en el que la existencia no linda sólo con la ineluctable caducidad, sino también con la plenitud que brilla aunque sea un instante?
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