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Fin de año en Times Square

Hidehito Higashitani
lunes 03 de enero de 2011, 15:33h
Ya me quedan pocos días de mi estancia en Nueva York después de unas cuatro semanas llenas de agradables sorpresas. Aparte de la intensa nevada que azotó la zona del este de EEUU desde la tarde del 26 de diciembre y que al día siguiente paralizó un día entero todas las redes de tráfico de la zona, parece que la vida ciudadana transcurre con relativa normalidad disfrutando de estos días festivos.

En la primera semana de mi estancia en Nueva York a mediados del pasado mes de diciembre, recibí de un amigo mío que trabaja y reside en esta ciudad la invitación a una fiesta de despedida de año que iba a tener lugar en la Nochevieja en una planta alta del edificio que está ubicado justo en frente del conocido cruce de Times Square.

Como es bien sabido, Times Square es una importante intersección de la Avenida de Broadway con la Séptima Avenida en la zona comercial de Manhattan, llamada popularmente ¨The crossroads of the World¨ (¨encrucijada del mundo¨) caracterizada por su animación durante todo el año y por la luminosidad publicitaria, por donde pasan los visitantes de múltiples nacionalidades y razas venidos de todas las regiones del mundo.
Y uno de los mayores acontecimientos que se repiten todos los años en este punto más emblemático de la ciudad es la masiva concentración en este mismo lugar con motivo de la fiesta de Fin de Año, a la que acuden cientos de miles de personas para festejar la llegada del nuevo año con el ¨countdown¨ (la cuenta atrás) habitual al ver bajar la conocida bola que la anuncia.

Aunque mi mujer y yo no somos muy amigos de fiestas bulliciosas al aire libre con sus inevitables apretones y griteríos, decidimos aceptar con mucho gusto la invitación de mi amigo por tratarse de una fiesta privada en una planta alta del edificio que nos permite presenciar el panorama completo del desarrollo de la fiesta de ¨countdown¨ desde arriba estando lejos de la euforia bulliciosa de abajo.

De manera que, llegada la última noche del año 2010, nos acercamos a pie desde la Gran Central Terminal al lugar de encuentro para juntarnos a la fiesta de mi amigo hacia las ocho de la noche. El recinto estrictamente acordonado por la policía ya estaba apiñado de gente y mi mujer y yo tuvimos que avanzar casi a empujones. Consegimos entrar a duras penas en el recinto de la fiesta por uno de los accesos instalados en el cruce entre la Octava Avenida y 43rd street enseñando a los guardias de seguridad nuestro carnet de identidad junto con la carta de invitación a la fiesta de mi amigo. Luego siguimos avanzando hasta la puerta de atrás del edificio y subimos a la planta donde se iba a desarrollar nuestra reunión.

Nuestra fiesta privada de fin de año empezó hacia las nueve como estaba programada por mi amigo y terminó ya pasada la una de la madrugada del primer día del 2011. Mientras tanto la fiesta de abajo, bien organizada y hábilmente controlada por los forzudos agentes de la policía de NYPD, también había ya terminado sin incidentes de importancia.

Bien pues, teminada ya felizmente nuestra fiesta de arriba, bajamos a la plaza para tomar nuestro camino de vuelta y dirigirnos andando hacia la Grand Central Terminal. Quedaba todavía alrededor mucha gente, algunos con borrachera ensuciando las calles con vómitos. Y entre los montones de desperdicios tirados por el suelo, vimos unas botellas de plástico abandonadas sin tapones que emitían un olor pestilente. Entonces es cuando me acordé de uno de los avisos previos de la policía para el público que yo había leído en la prensa: ¨There are no portable restrooms in Times Square¨ (No se instalarán retretes potátiles en Times Square).

Aunque mientras duraba la fiesta de abajo estaban abiertos los restaurantes y bares de alrededor, era natural que en una fiesta masiva de esta magnitud no pudiesen dar abasto para el público que llegaba casi al número de un millón y que las botellas de plástico hubiesen servido a muchos de ellos de improvisado urinario portátil personal. Pero, ¿quién puede aguantar durante horas a la intemperie el frío neoyorquino que te congela sin necesidad de hacer sus necesidades fisiológicas? Y ¿a dónde ir a orinar en un lugar herméticamente cerrado y estrictamente acordonado por los cuatro costados por la policía?


Lo más sensato para el público habría sido acudir a la fiesta con los pañales puestos por si acaso. Es una sabia lección que aprendí en esta ocasión. Y al mismo tiempo me di cuenta de la necesidad de poner alguna medida inteligente por la sanidad pública de la ciudad por parte de los responsables del orden público e higiénico neoyorquino. El otro día mi mujer, al ver desde el andén de una estación del metro unos ratoncitos correr a sus anchas por las vías del metro, estuvo casi a punto de desmayar.

Si el ex alcalde, el Sr. Giuliani, consiguió convertir esta metrópoli en una comunidad con seguridad ciudadana sin actos de violencia, lo que tendrá que hacer el actual alcalde, el Sr. Bloomberg, sería convertir la ciudad en una comunidad decentemente higiénica para que, por poner un ejemplo, nosotros los visitantes podamos sentarnos en un banco de la estación con tranquilidad sin temor a que se nos metan unos molestos chinches en la ropa.

H.H.

Hidehito Higashitani

Catedrático de la Dokkyo University

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