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Los desafíos de Dilma

martes 04 de enero de 2011, 17:20h
Dilma Rousseff ha asumido la Presidencia de Brasil y su discurso de investidura ha dejado muy claro cuáles son los principales objetivos de su gobierno. Merecen destacarse los cinco que consideramos más relevantes: reforma fiscal; reforma política; crecimiento económico sostenido con activa participación del Estado, a través de una política industrial promotora de la competitividad del tejido productivo brasileño; reducción de la pobreza e inclusión social de los grupos de población más desfavorecidas. Todo ello, manteniendo la estabilidad macroeconómica e institucional del país.

En estos días en los que todos los analistas políticos y las redacciones de los diferentes periódicos españoles se están preguntando si el gobierno de Dilma va a ser una mera continuación del de Lula da Silva, una lectura atenta de su discurso ayuda a responder a esta pregunta. Desde Fernando Henrique Cardoso hay consenso en la política brasileña de que los principales problemas a solventar en el escenario político-económico-social del país son los cinco destacados anteriormente.

Fernando Henrique logró estabilizar los precios, empezó con el programa de distribución de renta y consolidó la democracia. Cardoso también realizó un conjunto de reformas estructurales afines al Consenso de Washington, aunque en unas dimensiones muy inferiores a las de los demás países sudamericanos, puesto que, por ejemplo, no logró privatizar el sistema eléctrico y tampoco algunos bancos públicos. A pesar de las reformas aperturistas, el Estado brasileño mantuvo alguna capacidad de intervención directa en la economía. Aunque, en este sentido, el mayor logro de aquel gobierno ha sido el de eliminar las empresas publicas más ineficiente, lo que hoy los analistas llaman el colesterol malo.

A su vez, Lula da Silva, después de vencer la presión de los mercados financieros internacionales en sus dos primeros años de gobierno, aseguró la estabilidad macroeconómica; introdujo el país en una senda de crecimiento económico estable hasta la crisis financiera internacional; amplió el programa de distribución de renta y reducción de la pobreza; y fortaleció el liderazgo internacional del país a partir del contexto sudamericano y de una mayor presencia en los organismos multilaterales internacionales, como uno de los líderes de los países menos desarrollados a partir de una estrategia de fortalecimiento del las relaciones Sur-Sur.

Cardoso y Lula da Silva tienen en común que han fracasado en la tentativa de reformar el sistema fiscal y el sistema político brasileño. A ello ha contribuido la Constitución brasileña que exige una mayoría de 2/3 del Congreso de los Diputados y del Senado para aprobarlas. Está claro, por lo tanto, que la tarea de Dilma, aunque no difiere fundamentalmente de la de sus dos antecesores inmediatos, es ardua, muy complicada y, sobre todo, importantísima para el futuro del país. El sistema político es nefasto, pues impide la formación de coaliciones estables de gobierno, favorece la fragmentación partidista, el clientelismo y el juego de favores en la negociación política brasileña. Por otro lado, el sistema fiscal es ineficiente, injusto y favorece la informalidad en la actividad productiva. Si Dilma logra construir una mayoría parlamentaria suficiente para lograr aprobar estas dos reformas transformará la estructura productiva, regional y social del país.
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