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El misterio de los Reyes Magos

jueves 06 de enero de 2011, 16:58h
Termina la Navidad y ya es noche de Reyes o duodécima noche, que dio incluso nombre a una inmortal comedia de Shakespeare. «Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”», recoge el Evangelio de Mateo. En un mundo cínico y de descreimiento, que pensemos que hay tres hombres sabios provenientes del Lejano Oriente repartiendo regalos por todos los hogares no deja de resultar una presunción fuera de lugar. Tan sólo a los niños, todos juntos formando una red de ilusión, se les debería permitir creer en los Reyes Magos, paseando sus sueños un enero más sobre el silencio de la nieve, sólo roto por los pasos de una regia comitiva que tintinea…

La historia, por todos conocida, comienza en Belén de Judea. El citado evangelio de Mateo, escrito cuarenta años después de la muerte de Jesús, es la primera y más fiable fuente que tenemos y que nos sirve para buscar la verdadera identidad de estos misteriosos y generosos personajes. En principio, nada apunta a que fueran tres, aunque sí fuera ése el número de los presentes que refiere el texto evangélico: oro, incienso y mirra, que el Evangelio armenio de la infancia amplía a aloe, muselina, púrpura, piezas de lino, nardo, canela, cinamomo, plata, zafiros, perlas y otras ofrendas. En las catacumbas de Roma encontramos de dos hasta cuatro reyes representados, pero… ¿cuántos fueron en realidad? Algunos evangelios apócrifos citan incluso una decena de magos acompañados por una comitiva de dos mil sirvientes, en una extraordinaria peregrinación –la primera del cristianismo– que atravesó el desierto para adorar al esperado Mesías.

En el sur de Arabia, en el Yemen, el imperio comercial de Saba era la fuente principal de mirra e incienso, sustancia escasa que servía para acercar a los fieles a su Dios. La palabra original del testamento que se refería a los viajeros que llegan hasta el Palacio del rey Herodes I el Grande es ?????. ¿Eran, pues, los magos miembros de los esotéricos sacerdotes de Babilonia, en la antigua Persia? Babilonia, ciertamente, era la ciudad de los magos, donde se encontraban los Jardines colgantes, una de las Siete maravillas de la Antigüedad. Los magos babilónicos eran nigromantes y leían los sueños (que eran interpretados por estos hechiceros como avisos), además de maestros en conjuros y profecías. Eran también los consejeros principales del rey y antiguos sacerdotes del zoroastrismo –religión y filosofía que existe hoy en día– fundada por Zaratustra y que adora al dios Ajura Mazda y cree en el triunfo del Bien sobre el Mal.

Hoy sabemos que en la Antigüedad existió una concurrida ruta de judíos liberados –tras la esclavitud a las que los sometió el Imperio persa– que se dirigían de Persia a Jerusalén. En otro texto apócrifo, el Evangelio árabe de la infancia, se cuenta que Zoroastro predijo el nacimiento de Jesús y el viaje de los Reyes. Si los magos de Babilonia eran grandes astrónomos, fueron los primeros en avistar la anunciada estrella de Belén, que simbolizaría un nacimiento del Rey de reyes, y en ponerse en camino hacia un lugar tan remoto como desconocido, con la mirada en dirección de un porvenir. El viaje, desde el anuncio por la estrella hasta la salida de Babilonia, pudo tardar en realizarse dos años –de ahí la orden de Herodes de asesinar a los niños menores de dos años al conocer la noticia de boca de los Reyes Magos, por cuanto el profeta Miqueas ya había anunciado el nacimiento de un Rey de reyes y al ambicioso Herodes, presto a pasar a cuchillo a cualquier candidato a llevar la corona, este asunto de la sucesión le quitaba el sueño.

Este desajuste de fechas pudo deberse a que Dionisio el Exiguo, el primero en calcular el calendario actual, incurrió en algunos errores, que ya le fueron reprochados por sus contemporáneos. Los magos emprenden una aventura desde Babilonia hacia tierra extraña al ver la estrella. Hablamos de una expedición que requiere cuidadosos meses de preparación para un viaje lleno de peligros, al final del cual se encontraba el rey déspota Herodes, títere de Roma en Judea que había obtenido su reinado a través del soborno, la intriga y el asesinato. Los regalos destinados al Rey: el oro, símbolo de realeza; el incienso, de la divinidad, y la mirra, de la muerte. Aquél fue un símbolo de que todas las religiones paganas se postrarían a adorar a Jesús.

Los magos, según las últimas investigaciones, visitaron a Jesús en una humilde casa de Belén y no a los doce días de su nacimiento. Tras la adoración, uno de los magos zoroastristas recibió en sueños un oráculo, en el que se le avisaba de las intenciones de Herodes, de modo que «se marcharon a su tierra por otro camino». Los magos salieron, pues, furtivamente de Judea. A su vez, los valiosos presentes de los magos les valieron a María y a José para comprarse un pasaje a Egipto y escapar así de la matanza de los inocentes programada por el pérfido monarca.

En la Alta Edad Media, los zoroastristas pasaron de ser magos a reyes por mediación del arte y de un escrito sirio titulado Libro de la Caverna de los tesoros, escrito en Mesopotamia en el siglo V d.C. Marco Polo se encontró en el siglo XIII, en Saveh, al sur de Teherán, la tumba de los magos del evangelio –“los cuerpos se encuentran aún enteros y mantienen los cabellos y la barbas”–, escribe el veneciano en 1270 y la tradición quiere que sus restos, tras múltiples avatares, se encuentren en la catedral de Colonia. Lo más asombroso es que las pruebas realizadas recientemente con carbono 14 a los restos los sitúan en el tiempo y en el lugar en los que transcurren los hechos narrados.

La estela de los Magos continúa cubriendo la noche de magia. Por una noche, los hombres, tan fieros y con la vista sobre el asfalto y carceleros de sus propias cárceles, sueñan que son niños de nuevo y olvidan que hace mucho tiempo perdieron la capacidad de sorprenderse con la magia y el misterio. Recuerdan cuando, cada cinco de enero, se zambullían bajo las sábanas vencidos por los nervios y el sueño y con qué nobleza y candor se revolvían atentos a los ruidos en la quietud del hogar, mientras esperaban la silente y maravillosa llegada de Sus Majestades los Reyes del Lejano Oriente. Y podrían jurar aún hoy, hechos crueles y tiranos, más cerca ya de Herodes que de los desprendidos astrónomos persas… que realmente los vieron.
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