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España, tierra de banderías

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 07 de enero de 2011, 13:52h
Llega al cronista información fidedigna de que en la próxima primavera –ojalá que sea radiante tanto climatológica como económicamente- se tributará, en su tierra natal, un merecido homenaje al que fuese uno de los contemporaneístas más descollantes en el periodo intersecular. De actitudes con frecuencia ideológicamente radicales –sobre todo, en la última etapa de su fecunda existencia-, su trayectoria profesional se acomodó, no obstante, a la pauta seguida por no pocos de sus correligionarios doctrinales. Educado y formado historiográficamente en el vivero más acendrado de las corrientes peraltadas y dictatorialmente triunfantes –muy en especial, en los meridianos peninsulares-, tras los acontecimientos de mayo del 68 su inserción burocrática en los organismos docentes oficiales –buscada con natural ahínco en un antiguo Estado-nación de recias estructuras administrativas- se vio favorecida por el apoyo ilimitado de un colega situado en los antípodas filosóficos y metodológicos, pero de generosidad desbordante y sensible al mérito. En el todopoderoso microcosmos académico de la Universidad Nacional a Distancia –criatura dilecta y mimada del tardofranquismo-, aquél lo estimuló y alentó sin desmayo hasta protocolizar su estatuto de funcionario permanente del ministerio, entonces, de Educación y Ciencia.

Días adelante, una vez que el homenajeado referido hubiera alcanzado, merced a su inteligencia y titánico trabajo, un lugar sobresaliente en el competitivo y arriscado gremio de los servidores de Clío en su dimensión temporal más reciente, su incomparable amigo siguió con estrecha atención y solicitud las oposiciones que le llevarían a ocupar la cátedra de Historia Contemporánea de la estéticamente inigualable capital de su provincia. Lance reñido entre aspirantes telúricos de reconocido prestigio, en cuyo resultado final representó un papel quizá decisivo un miembro del correspondiente tribunal, de insobornable liberalismo y muy unido afectivamente al gran valedor del susomentado candidato.

Muertos ambos, el primero, claro, no podría intervenir –en el caso de haber sido invitado- en la sesión conmemorativa de la vida y obra del gran estudioso de los pleitos dinásticos y de muchos otros de la contemporaneidad española que tendrá lugar en abril del 2011. La velada o veladas serán endogámicas en todos los planos, con meticulosa exclusión de cualesquiera elementos o personas no vinculadas al universo mental y político del gran investigador no ha mucho fallecido. Nada novedoso, desde luego, en el sectario panorama en el que se desenvuelve, ha casi doscientos años, la vida cultural española. Pero aún en un país quizá genéticamente banderizo, poblado a partir de un tiempo inmemorial de clanes y fratrías a cuáles más encarnizadas en la negación del “otro”, un mínimo proyecto de convivencia cara al futuro inmediato semeja exigir –muy en primer término, de sus élites intelectuales y académicas- posiciones más permeables a la realidad y a la justicia, por encima de marbetes y militancias.

Pero así lo soñaron sin ningún fruto ni traducción práctica muchos –o todos...- de los mejores espíritus de épocas lejanas y próximas. ¿Podría optimista e ingenuamente presumirse que, en vísperas de la Constitución de Cádiz, de sueños e ideales tan incitantes, conmemoraciones como la antedicha clausuren los talantes banderizos, tonificando la vida pública y los hábitos culturales con el destierro definitivo de extremismos e intolerancias?
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