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Reculando para poder ver con más claridad

Víctor Morales Lezcano
viernes 07 de enero de 2011, 13:58h
En la última columna anual de “Al sur de Tarifa, al norte de Espartel”, no he pretendido sino hacer sonar un aldabón, reclamando desde ella interés público por la efeméride que para la Península Ibérica supone la fecha de 711; y en consecuencia, la celebración de los mil trescientos años transcurridos desde entonces. Puesto a pensar, he decidido refrescar la cultura histórica del lector con un boceto elemental del destino que el Islam conoció desde la muerte del Profeta (632) hasta los siglos XV-XIX, de auge y decadencia del imperio turco-otomano. Me ha parecido ello necesario, aunque exponiéndome de paso al riesgo de resultar excesivamente didáctico.

En la próxima entrega, cuando todo lo que a continuación se recuerde aparezca como materia prima del pasado, le trazaré al lector el estado de la “situación de desafío” que significa el Islam para la Europa de nuestro tiempo: su orígenes recientes, los dilemas que plantea y el interrogante que se abre ante la perspectiva de un entendimiento islamo-cristiano por el que apuesta esperanzado el autor de estas cuartillas. Sin alharacas aliancistas ni proclamaciones pretenciosas. Veamos, en principio, el recordatorio histórico que prometí delinear.

Nadie podía haber profetizado a los califas de la dinastía árabe de los Omeyas (661-750) que el Islam transformaría la intra-historia de millones de habitantes que pueblan lo que hoy reconocemos como Magreb, Oriente Próximo y Medio, Asia indo-iraní e Indonesia misma.

La velocidad que al Islam imprimieron los pueblos árabes hasta el siglo X, los mongoles del Asia central hacia el siglo XI y los turcos selyúcidas y osmanlíes a partir de los siglos XIII-XIV, ha sido reconocido como un hecho insólito en los anales de la Historia.

No obstante ello, todo fenómeno de estas características comienza a recorrer con vigor inusitado el primer tramo de su trayectoria. En la segunda edición del fenómeno de marras, la presencia de pueblos extranjeros (mongoles, turcos), que haciendo suya la tradición de los fundadores (árabes, en este caso) toma el relevo en la carrera para terminar imponiendo su predominio, no deja de ser una experiencia civilizatoria de calado.

Por todo ello, el núcleo germinal del Islam (árabe-musulmán), no ha podido hacer menos que reflexionar sabiamente sobre el destino de los imperios, como lo hizo el filósofo tunecino Ibn Jaldún en su “Muqqadima”, o filosofía de la Historia.

Cuando los desafíos de los pueblos integrantes de la Cristiandad europea, hacia la centurias del Renacimiento, fueron a más, el Islam inició, por el contrario, una de las más severas experiencias históricas jamás sufrida anteriormente; no sufrida incluso cuando los kanatos de la Horda de Oro y de Chagatay pasaron a protagonizar un imperio universal de inspiración muslímica.

El prodigio inventivo, la expansión colonial imparable y el afán de superación dominadora del Occidente cristiano, redujeron el orbe islámico a jugar un papel secundario en los tiempos modernos. El impacto del acontecimiento ha dejado en “dar al-islam” (o “tierra de los fieles”) una huella que se ha probado indeleble hasta ahora.

Tanto la Península Ibérica como Sicilia, en el suroeste de Europa, escaparon a la dura prueba del Islam en su fase relegada, como escaparían más tarde algunos países balcánicos al control de la “Sublime Puerta” de los Otomanos.

Todo ello, empero, pertenece al ayer. Que pasado y presente constituyen con frecuencia una amalgama compleja que maniata el subconsciente de los pueblos, impidiéndoles vislumbrar -siquiera a grandes rasgos- el futuro que les puede sobrevenir, es deducción que no me parece gratuita.

El Islam volvió realmente a constituirse en un desafío para la Europa comunitaria de la segunda mitad del siglo XX. Afortunadamente, no volverán a deambular los temibles Gengis Khan ni los excesivos caballeros cruzados de antaño, por los corredores de nuestro tiempo.

Los tiempos que corren exigen, al respecto, claridad de visión y apuesta por un entendimiento islamo-cristiano factible. Sobran ya elucubraciones de cepa ideológica endeble: “cantos del mañana”, “alianzas espúreas, etc., etc.”. Veremos en la siguiente entrega lo que opina el autor de estas líneas sobre una propuesta de diálogo cultural que a todos nos afecta tanto.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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