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reseña

David Finkel: Los buenos soldados. Muerte, miseria y decepción en la guerra de Irak

sábado 08 de enero de 2011, 01:28h
David Finkel: Los buenos soldados. Muerte, miseria y decepción en la guerra de Irak. Traducción de Enrique Herrando Pérez. Crítica. Barcelona, 2010. 304 páginas. 22 €
La guerra en primera persona. Los buenos soldados nos muestra la atrocidad de los enfrentamientos militares que se libran en nuestro mundo. Lo hace dando la palabra a quienes protagonizan el día a día de la guerra de Irak. Jóvenes de alrededor de 20 años que fueron enviados al golfo Pérsico a luchar por la libertad de su país a miles de kilómetros de sus hogares, y que no tardaron en darse cuenta de que todavía en el siglo XXI la única guerra deseable es la que se puede evitar y que incluso los vencedores de las batallas pagan duras consecuencias personales y materiales.

David Finkel, periodista del Washington Post y ganador del Premio Pulitzer en 2006, relata su propia experiencia y los testimonios de los soldados con los que convivió durante varios meses en 2007, empotrado en el 2º batallón del 16º Regimiento de Infantería del ejército de Estados Unidos destinado en Irak. Más allá de las causas y consecuencias, de la macropolítica y de las grandes estrategias, Finkel se propone mostrarnos el coste humano de una experiencia que acabó destrozando a todos sus integrantes. Cada uno de los trece capítulos se centra en los sucesos de un día y se abre con una frase de Bush. Las circunstancias de cada una de las 14 muertes sufridas por el batallón durante los 14 meses del despliegue, minuciosamente descritas, desmienten siempre, de forma dramática, la versión oficial.

Aunque con un enfoque original, Los buenos soldados es uno más de una serie numerosa de libros editados en los últimos años sobre las guerras de Irak y Afganistán. La década que acabamos de cerrar, al menos en el plano internacional, ha estado protagonizada por el enfrentamiento entre Occidente y el fundamentalismo islámico. Los atentados del 11-S recordaron al mundo libre la necesidad de reaccionar frente a la amenaza que contra nuestro sistema de valores suponía el avance del radicalismo islámico: primero en Afganistán, derrocando al régimen de los Talibán, y luego en Irak, luchando contra la insurgencia que emergió tras la caída del régimen de Saddam Hussein.

Finkel se hace invisible, renuncia a cualquier juicio moral sobre el conflicto y deja que hablen los soldados, sin depurar su áspero lenguaje ni los detalles más escabrosos, para reconstruir la memoria fidedigna, sin distorsionar, de lo que en Oriente Medio sucedió. Desde Occidente, sin embargo, no deberíamos olvidar los dos ejes fundamentales en que ha de basarse nuestra resistencia frente a la amenaza radical: primero, que debemos defendernos sin complejos y que no hemos de tener reparos en luchar por nuestra libertad, bien en nuestros países o en los de origen de las amenazas; y segundo, que la guerra no es un medio deseable y que se hace necesario, más aún, obligatorio, explorar todas las vías alternativas de prevención de las situaciones violentas mediante el diálogo entre culturas, la cooperación al desarrollo en su sentido más amplio y la actividad diplomática para evitar la escalada de conflictos a la que hemos asistido en los últimos años. Sólo así, podremos seguir pensando con orgullo que la civilización occidental alumbra al mundo con el foco de la razón.

Por José Luis García de Cal
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