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De ayer a hoy

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 10 de enero de 2011, 15:09h
Cuando la dictadura franquista conseguía el denominado “milagro” español –un crecimiento sostenido del PIB en torno al 10%- y en la antigua Tierra de En Medio se iniciaba la “revolución cultural”, los sectores comunistas más radicales de nuestro país comenzaron a ser conocidos en los medios universitarios y obreros como los “prochinos”. En Rusia, el régimen brenevzniano no llevaba trazas de alejarse demasiado de la deriva kruchevniana, con su abandono de parte de los postulados esenciales del stalinismo, y los círculos más ardidos del marxismo hispano buscarían, a partir de entonces en la China del Gran Timonel las fórmulas y recetas más adecuadas para la subversión del franquismo y su cambio por un sistema de corte maosetugniano. En pos de admirar in situ las conquistas de la mayor hecatombe cultural registrada quizá por la historia, muchos licenciados y estudiantes de los últimos cursos de la enseñanza superior marcharon en sus vacaciones estivales a incursionar por el inmenso territorio que, por vez en los anales del Viejo Continente –pequeña y privilegiada península, no se olvide, del asiático-, diera a conocer y “pusiera en valor” para los habitantes de aquél el inquieto y andariego veneciano Marco Polo.

A su retorno al solar ibérico, el mesianismo que guiara el viaje de los intelectuales y políticos en ciernes se descubría, si cabe, más roborante; sin que, al contrario de lo que acaeciera unas décadas atrás con algunos de los escritores y pensadores occidentales que visitaran la Unión Soviética del triunfo de los planes quinquenales y las “purgas” de los desviacionistas y traidores a la fe leninista codificada por Stalin, ninguno de dichos turistas ideológicos por el país de, sintiese debilitadas o perdidas su esperanza y simpatía por el cósmico experimento del más famoso líder del momento.

Hoy, con ocasión de la gira triunfal del viceprimer ministro Li Keqiang, desde sus despachos bruselenses, madrileños o barceloneses, no pocos entre los más descollantes de los antiguos “prochinos” contemplarán con mezcla de nostalgia y anhelo sus antiguas correrías por la patria del ilustre visitante y por las creencias de su remecida mocedad. Sentimiento, desde luego, comprensible y legítimo. Existencias como las suyas se componen se paisajes muy contrastados, y es lógico, por ende, que sus compases anímicos compendien diversas vibraciones. En la actualidad, dadas, en general, sus altas responsabilidades, con aparcamiento de vivencias adolescentes, su espíritu estará conturbado al observar que, de la “apuesta” china por la economía española, depende en ancha proporción el porvenir inmediato de la situación material y social de una nación cuyas palancas decisivas se encuentran, en buen número, en sus manos. En tal trance, vendrá sin duda a su mente el dato, biográficamente reconfortador, de que la coyuntura es internacional, dependiendo, en términos objetivos, del vigor del capitalismo pekinés la suerte al menos inmediata de la supervivencia del sistema antaño maldecido.

Admisible, por supuesto, como se decía más arriba, dicha posición; su aceptación, empero, no logra hacer olvidar los incontables cadáveres de las víctimas –algunos, no metafóricos por causa de depresiones y obsesiones no siempre fantasiosas- que, criminalizadas por su reaccionarismo, imaginado o real, escoltaron la marcha y ascenso hacia el poder de una alta cifra de los dirigentes españoles de hodierno. Como, afortunadamente, va camino ya de imponerse en otros escenarios del dolor, acaso no sería baladí consagrar algún monolito o exvoto de entidad a las mujeres y hombres que, por atenerse a su deber y lealtad con sus propias convicciones, sufrieron, durante largo tiempo, la proscripción y la cólera de los viejos roqueros del “salto hacia delante” y la revolución cultural.
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