Violencia en México
miércoles 12 de enero de 2011, 00:41h
Tristemente, la violencia pocas veces es noticia en México. Sólo vuelve a las portadas de los medios cuando alcanza niveles de crueldad y horror tales como los del pasado fin de semana en Acapulco, donde han sido encontrados 28 cadáveres en diferentes escenarios. La juventud y el nivel extremo de violencia sufrida –la mayor parte de los cadáveres estaban decapitados y muchos de ellos presentaban indicios de haber sido torturados- son dos puntos en común entre los asesinados, 15 de los cuales aparecieron juntos frente a un centro comercial. El resto fue localizando en diferentes lugares de la ciudad. En todos ellos queda patente la huella de la narcoviolencia.
Ante este horror, el Gobierno de Calderón se ha visto obligado a lanzar un mensaje de fortaleza y mano dura, militarizando la turística ciudad. La decisión ha sido absolutamente correcta ya que un Estado no puede permitirse el lujo de mostrar el más mínimo signo de debilidad frente al terrorismo –y los límites a los que ha llegado la violencia del narcotráfico son de terrorismo puro y duro-, sea cual sea su origen u objetivo. Sin embargo, a largo plazo han de tomarse medidas más eficaces, enfocadas a solucionar el problema de raíz.
No se puede obviar el hecho de que la extrema violencia que sufre México tiene origen en muchos de los déficits de los que adolece el país desde su base. La debilidad de su Estado de Derecho para garantizar unas condiciones básicas de convivencia social tiene una enorme incidencia en el origen y, sobre todo, la reproducción de la violencia. Con unas instituciones policiales profundamente deslegitimadas y contaminadas por el crimen organizado, junto con unos niveles de pobreza y desigualdad enormes, resulta difícil transmitir a la población el mensaje de que el narcotráfico y la violencia que conlleva son opciones indeseables. La lucha contra la criminalidad en México está lastrada de origen desde el momento en el que el Estado es incapaz de generar oportunidades para el desarrollo de la población. Sólo hay que ver la gran tasa de desempleo juvenil, que se ha triplicado hasta alcanzar el 10% en la primera década del siglo XXI.
Una estrategia realmente eficaz para acabar de forma efectiva con un problema que cada día alcanza proporciones insoportables, no puede basarse únicamente en medidas policiales –aunque estas, obviamente, sean indispensables y deben ser firmes y contundentes-. Hasta que el Estado mexicano no logre superar sus problemas de infraestructura –desde alcantarillado hasta escuelas- y sea capaz de ofrecer a sus ciudadanos un horizonte de oportunidades real y tangible, la droga y la violencia seguirán siendo la opción más fácil –y, a la vez, la espada de Damocles- para miles de mexicanos.