Un Proyecto para Galicia (IV)
viernes 14 de enero de 2011, 17:10h
Emigración, diáspora y silencio interno. Tales serían, son, los sustantivos que definen el desgranamiento de Galicia por países europeos, americanos, fundamentalmente, y del resto del mundo. Con presencia en los cuatro continentes. La égira de la emigración es de sobra conocida. La de la diáspora, no tanto. Entre uno y otro sustantivo, implicados semánticamente en la acepción de cambio o traslado de lugar, hay matices diferenciados. El emigrante se dispersa, evidentemente. Su razón es la subsistencia o la mejora de condiciones vitales. Quien se esparce por el mundo forzado por razones de asilo, expulsión o deportación, pertenece a la diáspora. El concepto de emigrante aún alude a individuo. Aquel otro mantiene un significado de grupo humano o pueblo. No desarrolla un término singular agentivo. Su raíz, griega, es la de espora. Fecunda allí donde se asienta.
Quien parte hacia el mundo saliendo del ámbito de nacencia, crecimiento y desarrollo, pero sin necesidad física primaria, sino por motivos de aventura, conocimiento o ahogo de existencia, emigra, sin duda, pero su acto bien es el de viajero, explorador, o se aproxima más al de exilio o destierro que al de emigración. El ejemplo histórico por antonomasia es el del pueblo judío. Su esparcimiento mundial sirve de prototipo al concepto de diáspora.
En el caso de gallegos diseminados por los cuatro continentes de la tierra, más de un tercio de la población natural de Galicia, hay motivaciones de todo tipo. Casi nunca se habla, sin embargo, de diáspora.
Quien sí lo hacía era Fernando Pérez-Barreiro Nolla, ferrolano hoy ilustre que falleció en 2010 al borde de los ochenta años y en la ciudad inglesa de Lancaster. El Instituto Galego de Información (IGADI) le acaba de rendir homenaje en la bella villa marinera de Baiona, próxima a Vigo. Había trabajado en los servicios exteriores de la BBC para España y, como traductor, en la Organización Internacional de Café (OIC). Su conocimiento de lenguas, sobre quince, le permitió además impartir clases de traducción en universidades inglesas, como Westminster, Thames Walley, e ibéricas: Lisboa y Granada.
Además de emigrante, Fernando Pérez-Barreiro Nolla, licenciado en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela, se sentía integrado en la diáspora gallega. Tal vez por eso aprendió también hebreo y sorprendió en esta lengua a los invitados judíos de una boda con participación familiar suya. Era un “gentleman” galaico. Distinguido, elegante, atento a la razón del otro, abierto siempre al diálogo y sonriente. Las lenguas, decía, son ventanas que abren al mundo. Por ellas vemos y nos adentramos en la cultura de los pueblos. Son las esporas fecundas del hombre. Lo asientan en la tierra. Todo idioma guarda una entraña de traslado, un principio de metáfora.
Estas y otras reflexiones nos asistían en los debates del Seminario Internacional de Traducción y Poética que la asociación AULIGA celebró en la también villa marinera de Rianxo los años 2005 y 2006. Fue el primer traductor teatral de Shakespeare al gallego con Macbeth. Y la versión a esta lengua de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, le supuso en 1985 el Premio Nacional de Traducción de Libros Infantiles y Juveniles. Le siguieron otros homenajes por traducciones del chino al gallego, como el Plácido Castro y el Pedrón de Honra. Su compromiso con Galicia queda además plasmado en la colaboración que él y su mujer Teresa Barro mantuvieron con el Grupo de Trabajo Gallego de Londres. En 2009 la XUNTA de Galicia reconoció esta labor otorgándole la distinción máxima, la Medalla Castelao.
El conocimiento de lenguas y la experiencia siempre singular y compartida de la emigración, así como su amor por la poesía -tradujo y prologó en 2006 una parte importante de la poesía actual china para la revista SERTA de la UNED-, lo dotaron de un sentido profundo de independencia y desde el compromiso con su lengua nativa. Una independencia asentada, por ello, en un sentimiento originario de nación integrada en el entendimiento común de convivencia lingüística, como corresponde a un políglota de raíz acendrada.
Cuando conoció el proyecto cultural, científico, universitario y mediático de AULIGA (Asociación Internacional de la Universidad Libre Iberoamericana en Galicia, con sede en la Biblioteca América de Santiago), me confesaba que ideas semejantes como ésta y la realidad cultural del IGADI podían darle un giro trascendente a la imagen de Galicia dentro y fuera de España, tanto en Europa como en América e incluso África y Asia. Reconocía, no obstante, la difícil encrucijada de nuestra realidad política, cultural y económica, carente, en muchos aspectos, de altura de miras y sobrada de recovecos o “corredoiras” mentales.
Efectivamente, Galicia no acaba de encontrar en el concierto español y europeo una razón comunitaria específica que asiente y simbolice su entraña idiomática y nativa. Y esto a pesar del relieve mediático de la Catedral, la única referencia que retumba con sus torres y campanas allende montes y mares, y de las peregrinaciones incesantes a Santiago de Compostela. Las divisiones ideológicas; la dispersión de grupos; asociaciones, innúmeras, muchas de ellas con nombre americano; efemérides y celebraciones, continuas, en ésta y aquélla otra orilla del Atlántico; el interés siempre intelectualmente corto del voto político orientado a un poder diminuto, subsidiario, etc., merman el impulso no obstante continuamente evocado de un horizonte común y a la vez diferente. Un alza de mira que, bien orientada, sorprendería en el marco nacional español, en la comunidad europea, y despertaría el ingenio fundador de muchos emigrantes españoles de América, sobre todo el de los hacendados. Hay más de una docena de gallegos multimillonarios en Brasil que sobrepasan, triplican el presupuesto nacional de la Comunidad Autónoma de Galicia.
La diáspora gallega resulta, por ello, distinta de la judía. Santiago no es Jerusalén. Y Buenos Aires, San Pablo, Río de Janeiro, Bahía, Méjico, Asunción, no son Nueva York, donde, por cierto, hay también bastantes gallegos y españoles de otras comunidades autónomas. Sin embargo, también existe un camino de peregrinación que enlaza la capital judía, Jerusalén, con Galicia, desde Allariz, en Ourense. El lingüista, filósofo y teólogo Ángel Amor Ruibal ya resaltaba a principios del siglo XX, y suelo recordarlo cuando la ocasión asoma propicia, la confluencia de raíces orientales en el idioma galaico, anterior incluso a la derivación románica que conocemos como idioma gallego. Razones, hitos históricos no faltan. Sueños, ideales, tampoco. Escasean, sin embargo, gente, personas adecuadas. Pero éste es un problema de España entera y, una vez más, de una Historia siempre a la zaga de sí misma, de sus posibilidades.
Decíamos en un artículo precedente que hay atisbos de esperanza. La Ciudad de la Cultura de Santiago es uno de ellos. El proyectado Instituto Rosalía de Castro podría ser otro. Aún así, sin personas decididas, emprendedoras, capaces de ver más allá de sus propios intereses, sin horizonte común de miras, sin puentes o túneles sobre o debajo, respectivamente, de las “corredoiras” cerebrales, sólo tendremos disimulos, pretextos comunitarios o de Estado para nuevas instituciones administrativas. La política que se ejerce en Galicia y gran parte de España es sólo administración, papeleo de despachos y sedes delegadas de partidos o sindicatos. De ello hablaremos otro día.
Hoy nos cumple recordar la labor emigrante de un gallego y español ilustre, Fernando Pérez-Barreiro Nolla, quien consideraba a Galicia entraña de Europa y sueño de América. Gente así es la que nos hace falta. Y evidentemente, un proyecto de estas dimensiones no puede apartar de Galicia a la mitad de su población dispersa por el mundo, incluido el resto de España. La denominación de “españolistas” que ciertos sectores de la intelectualidad y política gallega introducen para diferenciar una realidad autóctona de la diáspora aludida, sobre todo la concerniente a Madrid, donde estamos más de trescientos mil gallegos, toda una provincia, es absurda, displicente y, por lo menos, bisoña respecto de aquel horizonte de miras. Bien es cierto, no obstante, que resulta aún más sectario quien pretende excluir con el nombre de español todo el resto de la variedad lingüística de España. Con planteamientos semejantes no nos encontramos ni en la raíz común del idioma latino, dando la espalda, de nuevo, al fermento de nuestra Historia. Y así, aunque de frente, sonriendo sin peso alguno, planos, carecemos de futuro.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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