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Gran Bretaña y la Guerra Civil de 1936

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 17 de enero de 2011, 12:07h
El éxito alcanzado en sectores ilustrados e influyentes de nuestro país por una película reciente sobre Jorge VI de Inglaterra (1937-1952) y sus tribulaciones expresivas propiciará a buen seguro algunas reflexiones de interés acerca del controvertido extremo de la auténtica actitud del Reino Unido ante el drama español de 1936. Los atraídos por tan importante tema conocen bien que la polémica sobre el remecido asunto está todavía hoy, a la altura de 2011 y pese a una bibliografía sin orillas, sometido a debates que no siempre transcurren por sosegados cauces académicos, ni aun siquiera en los seminarios de Oxford y Cambridge…

El film antedicho proporciona retazos de información valiosa y a menudo al desgaire en punto a la cuestión señalada. Con un rey como el segundo hijo de Jorge V (1910-1936) y hermano del discutido y efímero Eduardo VIII (enero-diciembre de 1936), así como con el plantel formado por las principales figuras del gabinete conservador constituido tras la dimisión de la jefatura del Gobierno Nacional de 1931-35, rayaba en lo utópico imaginar un respaldo granítico de Londres a la causa de los republicanos españoles, indispensable para su triunfo, según el sentir de sus principales responsables y de la opinión democrática europea y americana. Desde luego, ni el avezado y popular Premier Stanley Baldwin al final de su sorprendente carrera, ni su continuador en Downing Street 11 y gran amigo Neville Chamberlain constituían las personalidades más idóneas o aptas para una empatía profunda con la gestión de los prohombres republicanos, sumida en luchas intestinas y, sobre todo, a las veces, en la impotencia frente a desórdenes y desmanes en la retaguardia, inadmisible desde cualquier ángulo a los ojos de los dirigentes y opinión tories. Con todo, y pese a todo lo afirmado por plumas cuyo ardimiento banderizo les impide en ocasiones situarse en la correcta –por objetiva y real- perspectiva, los británicos cumplieron pulcramente con sus deberes en el seno del famoso Comité de no Intervención, sin traspasar nunca las fronteras de la estricta neutralidad ni menos aún inclinarse por la España republicana en ninguna fase decisiva de la contienda civil.

A un monarca educado en las tradiciones más recias y rancias de la Royal Navy, nada o muy poco solícito de cuestiones ideológicas y políticas y que nunca logró ocultar por entero la frustración que le supusiera suceder a su admirado hermano, y asimismo a unos gobernantes dispuestos a toda suerte de concesiones frente a Hitler, la suerte de un régimen, descrito por la mayor parte de su civil service como una marioneta del comunismo, en forma alguna le movería a iniciativas o alianzas que arriesgaran el statu quo de la turbada Europa de finales de los años treinta. Y sin la fianza británica un eventual y firme apoyo del lado de Francia era, en verdad, quantité négligeable a la hora de abrir un horizonte de salvación para la Segunda República española.

Como en sus mejores tiempos de plenitud estética y poder evocador, el séptimo arte continúa vivificando la reflexión histórica y el oficio intelectual.
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