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La reconversión de Zapatero

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 19 de enero de 2011, 20:57h
Las dos Legislaturas del Gobierno de Zapatero pasarán a ser recordadas, con toda probabilidad, por el fracaso, el olvido (o ambas cosas) de sus grandes propuestas. Aunque también recogerá la pequeña historia el tránsito a su rectificación, tan radical éste como radicales fueron aquéllas. Y la que toca ahora, después del arrepentimiento en la política económica y en la negociación con Eta, es sobre la estrategia territorial.

El diseño de Zapatero, desde antes incluso de ganar el poder en 2004, fue la reorganización del mapa de poder en España, a partir del reforzamiento de la periferia autonómica, con objetivos claros. El primero, aislar al Partido Popular (Tinell). Y, el segundo, convertir al PSOE en el único elemento de unión nacional, en una España con el poder fragmentado de forma confederalista.
El PSOE de Zapatero podía ser así el único partido con capacidad de interlocución y de pacto, incluso de gobierno, en las autonomías más nacionalistas, aunque fuese a costa de desdibujar el diseño constitucional de la España unitaria. Era un dibujo de segunda Transición que iba mucho más allá de la que previó la España de las Autonomías.

Y así, el PSOE pactó con cuantos grupos nacionalistas o de izquierda, especialmente los que eran ambas cosas, se tropezó en su camino, ya fuese para conseguir el Gobierno autonómico que correspondiese, como para tener apoyos a su Gobierno en Madrid desde esos nacionalistas.

Por eso, el PSOE no tuvo empacho en gobernar con el Bloque gallego, tan próximo al separatismo, o con un grupo de similares características en Cataluña, Esquerra Republicana; o con un pentapartito en Baleares.

Al margen de los pactos, más sustancial fue el interés de Zapatero de llevar al papel de la ley este nuevo mapa político español. Y se empeñó en la desquiciada carrera de reformas estatutarias en las que, como no podía ser de otro modo, empezaron a destaparse todos los elementos de confrontación regional latentes en un Estado compuesto como el Autonómico.
Batallas por el control educativo y la lengua, o por el control de los recursos como el agua atizaron las formas más chabacanas de confrontación interna y de crispación nacional. Pero todo valía para una España que debía terminar entendiendo que, tras la fragmentación, sólo podía tener un referente: el propio Zapatero, capaz de ser el único interlocutor de los desafectos, a modo de un Jefe de Estado en una República Federal.

Ahora, el fracaso de Zapatero en ese asunto se ha visto de forma clamorosa. En primer término, porque sus cálculos políticos fallaron elección tras elección. ¿O no pensó que le podía pasar factura al PSOE ir de la mano del BNG (por lo que perdió Galicia) o de ERC (ídem en Cataluña)? Y, más aún, ¿no pensó que los resultados electorales vascos no le iban a permitir calcar el diseño catalán y alcanzar un gobierno con la izquierda abertzale no batasuna, tal como pretendía, y tener que aceptar el apoyo del antes estigmatizado PP?

El Estado Autonómico tenía dificultades de viabilidad, pero el pseudo confederalismo en proceso se vislumbra ya de forma generalizada como un desastre sin paliativos. El derroche, la duplicidad en la gestión, el autodeterminismo creciente, la insolidaridad progresiva, el clientelismo, alcanzan para muchos niveles de escándalo. Un escándalo que quizá hubiera sido camuflado en una etapa de prosperidad, pero es ostentoso en tiempo de crisis. Justo lo que no contaba Zapatero.

Es cierto que los rescoldos de la política territorial de Zapatero son difíciles de apagar. Lo andado por la reforma estatutaria no es fácil de desandar, igual que los errores en la política económica tienen consecuencias prolongadas en el tiempo. Pero también lo es que una parte muy importante de la opinión pública, y un sector relevante de la política y la economía, son conscientes de que se ha ido demasiado lejos y hay que embridar este proceso de dispersión territorial si no queremos el fracaso de España como Nación.

¿Viene esto a cuento de la estupidez del Senado de costear generosas traducciones al español a españoles que lo hablan perfectamente? En parte, pues es uno de los mencionados daños colaterales de la estrategia de Zapatero, de la que quizá se arrepienta ahora, porque es otro clavo en su ataúd ante la opinión pública.

Lo más importante es que hasta él mismo se ha debido dar cuenta de su fracaso, y por eso anuncia en Londres o Madrid que hay que controlar a las Autonomías. Y está dispuesto ahora, después de consentir todos los caprichos a los gobernantes de algunas de ellas, como a los de Cataluña, a emplear la vara del Estado contra ellas. Y así, de paso, despista al personal sobre sus propias culpas en la gestión del Estado, porque no sólo las Comunidades son responsables de la actual postración.

Zapatero quiso inventar una España nueva, y la dejó temblando. Ahora no sabe como recomponer los destrozos y vuelve al antiguo papel de guardián del centro contra la periferia, que no hubiera hecho falta si se hubiera aclarado desde el principio que es la corresponsabilidad de las Autonomías la que compone la Nación, y no la sumisión de éstas ni que éstas perdonen la vida a España, como si aceptarla fuera un sacrificio propio de mártires.

La herencia de Zapatero a este día ha sido la descomposición de España en lo político, en lo institucional y en lo económico (y dejemos lo moral para otro momento). Por eso, Zapatero está rectificando a marchas forzadas y no quiere despedirse con esta imagen. Ahora, hasta el Financial Times dice que va a hacer todas las reformas que sean necesarias; ahora no teme a los sindicatos, porque no le pueden perjudicar más de lo que está; ahora no duda en amenazar al Gobierno de Cataluña. Ni parece importarle una higa el llamado “proceso de paz”, ni la Alianza de las Civilizaciones ni sus otras genialidades. Ahora parece que solo quiere despedirse como el tipo ese tan oscuro de la Guerra de las Galaxias, que lo hace todo mal hasta que en el último minuto se arrepiente y salva a los buenos.

Hasta quiere salvarnos de Sálvame, lo que no me negarán que ya es sobreactuar.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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