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Aznar: las cosas en su sitio

domingo 23 de enero de 2011, 02:21h
El Presidente Aznar ha sido un político mucho mejor tratado por sus colegas extranjeros –entre quienes produce un respeto generalizado, a no confundir con el acuerdo- y la prensa internacional que por la de su propio país, donde despierta, en medios de gran difusión e influencia, verdadera inquina y es objeto de una persecución sistemática que, con frecuencia, prescinde del análisis objetivo en beneficio del improperio.

Sin embargo, el señor Aznar no es un político-actor al uso, en busca de un titular, una fotografía o una toma de televisión. Como antaño Maura o Azaña, ha sido uno de esos políticos que no ha buscado imagen, simpatía o popularidad. Cuando ha sido popular –y lo ha sido en grado sumo- lo ha sido con muy pocas concesiones a la galería. Tenía –y tiene- una idea formada del destino de España y de su papel en el mundo, cree saber las políticas que deben implementarse al respecto y no ha aparecido nunca muy inclinado a sacrificarlas en un escenario mediático. Otro problema, claro, es lo que unos u otros puedan pensar –y discrepar, si ese es el caso- de sus ideas y métodos.

Pero una persona seria y coherente como el señor Aznar merece el respeto del análisis, en lugar de la descalificación y deformación de su discurso. Sin necesidad de coincidir con sus contenidos, el de ayer en Sevilla puso las cosas en su sitio. El Presidente Aznar no es en modo alguno –como se ha afirmado estos días- contrario al estado de las autonomías. Piensa que no hay política territorial posible sin acuerdo entre los dos grandes partidos que agrupan a más de tres cuartas partes de la opinión española y, por ende, los Estatutos no pueden ser manipulados como ganzúa para expulsar al partido rival del sistema, ni como palanca para trasformar la Constitución. Cree que no hay autonomía posible sin un Estado viable que discipline el gasto, elimine duplicidades, coordine competencias, garantice la igualdad de derechos y preserve la unidad de mercado.

Además, en su intervención de Sevilla, Aznar ha hecho una llamada regeneracionista a propios y extraños. Considera –y no es el único- que la situación de España es muy preocupante. Piensa que hay que retomar la senda de coordinación y acuerdos fundamentales de la Transición. Cree –y esta comunicación a su partido y sucesor parece contener un mensaje subliminal de firmeza- que las profundas y enérgicas reformas que, según su criterio, necesita el país exigen una mayoría electoral sólida y la formulación de un programa valeroso y claro, contundente y coherente.

Se podrá o no estar de acuerdo con la formulación del dirigente Popular pero no se le podrá reprochar falta de arrojo y claridad y tampoco parece que oscurecer su mensaje por vía de la deformación y la difamación hagan buen servicio a los intereses generales del país.
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