El mendigo de la voz de oro
domingo 23 de enero de 2011, 18:09h
Me repito mucho, lo sé. Pero cada cierto tiempo, viendo las noticias, me viene a la cabeza la misma frase. Vivimos en un mundo absurdo. Una sociedad infantiloide que se asombra de que los feos, sí esa gente de rasgos irregulares y rostros caricaturescos, sean capaces de albergar en su seno alguna de esas cualidades que, sin duda, sólo pertenecen a los bellos. Menudo circo vergonzoso y absurdo se montó en su día alrededor de aquella pobre mujer inglesa, Susan Boyle, que se hizo famosa en todo el mundo por el milagro de combinar una voz espectacular con un físico indeseable. No sé en qué manual médico está escrito que una cosa es incompatible con la otra, pero la gente alucinaba con aquella mujeruca bigotuda de la que, por cierto, pronto se olvidó todo el mundo. La mujer cantaba muy bien, sí, pero eso sólo no habría bastado para convertirla en un monstruo más de la particular parada de frikis en la que hemos convertido la sección de noticias más leídas de los medios digitales. Lo que hizo que a todos los tontos del mundo se les cayera la baba de gusto fue sentirse mejor consigo mismos porque el karma había querido congraciarse con la pobre Susan, después de ensañarse con ella, regalándole una voz digna de una bella princesa. Era como un cuento, con la diferencia de que la ogresa Boyle nunca se convertiría en la princesa cuya voz revelaba. De la misma forma, la fama pasó de ser un príncipe encantador a un horroroso sapo en cuanto terminó el beso traicionero al que Susan se entregó con fruición.
Algo parecido ha ocurrido ahora con el conocido como “vagabundo de la voz de oro”. Hace unas semanas, este mendigo estadounidense dio su particular salto a la fama después de que un periodista colgara un video suyo haciendo gala de una aterciopelada voz de locutor de radio en youtube. Una vez más, este mundo absurdo que hemos creado se extasiaba ante el contraste entre lo miserable y feo y lo que consideramos propiedad exclusiva del guapo. Del bueno de la película. Cómo asumir que el mismo portador de esos pelos sucios y despeinados, enmarcando una cara macilenta y arrugada, adornada por una sonrisa de dientes amarillentos, que huelen a tristeza y aliento etílico con solo mirarlos, pueda ser el dueño de esa voz destinada a engatusar a las masas cual flautista de Hamelín. En menos de una semana y tras millones de visitas al vídeo, Ted Williams estaba firmando un contrato para trabajar en una emisora de radio y apareciendo en programas de televisión como si de un héroe o ejemplo de superación se tratara. El mundo miraba con arrobo a ese diamante en bruto cuya voz era señal de una magia al alcance de pocos. Era la voz de los guapos. Del bueno de la película. Y tanto nos hemos creído la historia que la gente se ha asombrado y casi hasta indignado cuando tras su fugaz momento de gloria, Williams, después de ser detenido por protagonizar una pelea por dinero con su hija –un héroe rebajándose por la pasta-, ha anunciado que va a ingresar en una clínica para superar sus adicciones. ¿Adicciones? Sí, señores, ¿por qué creían que estaba en la calle? ¿Creían que había sido por amor al arte? ¿Qué el dueño de una voz de héroe de película, de locutor por encima del bien y del mal, no puede caer en bajezas tales como una triste y miserable adicción al alcohol? Los cuentos de hadas del siglo XXI son cada día más perversos.
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Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
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