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De los historiadores y su mundo

lunes 24 de enero de 2011, 15:17h
El reciente y muy merecido homenaje a un reputado hispanista anglosajón se muestra ocasionado a la divagación acerca de la variada fortuna de autores y libros en el campo de Clío.

Dada la obsesión contemporánea por la “productividad” en cualquier campo, comúnmente se tiende a identificar notabilidad o excelencia con el número y la cantidad, incluso en terrenos como los culturales presididos antaño, por lo general, por el criterio de lo minoritario y la depurada calidad. En los trabajos de erudición y crítica y aún de la misma creación literaria hodierno se tiende a asociar número y cualificación o notoriedad. La espectacular prolongación de la edad media sobrevenida de un corto tiempo acá en las sociedades postindustriales ha determinado, a los efectos aquí indicados, que la amplitud del paralaje vital acreciente la vida activa de intelectuales y artistas, con el crecimiento consiguiente del censo de sus trabajos y obras.

En la historiografía, sin embargo, al menos por el momento, semejan guardar gran consistencia los viejos patrones y medidas. En conjunto, la revolución de la materia acontecida en torno a los decenios centrales del siglo pasado se llevó a cabo por un haz de estudiosos de escaso pero muy valioso catálogo. Ernest Labrousse, por ejemplo, apenas si dio a la estampa –aparte de su voluminosa tarea periodística- los dos volúmenes de su admirable tesis de doctorado. De su lado, F. Braudel, junto a su no menos deslumbrante tesis doctoral, el resto de su producción no alcanzó los dos dígitos, que, por su parte, estuvieron lejos de rebasarse en la igualmente envidiable bibliografía de Pierre Vilar. En Gran Bretaña, el gran renovador de la historia del proletariado, Eric Thomson, se descubrió muy parco en su comercio con las imprentas, como igual lo fuera otro investigador de singular acuidad: P. Anderson. Admirador y, en buena medida, discípulo y seguidor de ambos, el alemán britanizado E. Hobsbawm, poseería, por el contrario, una pluma casi torrencial, sin merma alguno por ello de la acribia y la penetración. Idéntica trayectoria recorrió en Francia, entre otros, Pierre Chaunu, de cálamo no ya torrencial sino oceánico o selvático…

Parecido panorama es agible contemplar en nuestro país. D. Claudio Sánchez Albornoz o D. Ramón. Menéndez Pidal rubricaron una labor ciclópea en cuanto a la cifra de sus libros. D. Ramón Carande, por el contrario, se situó al respecto en los antípodas. Pero D. Antonio Domínguez Ortiz o D. Julio Caro Baroja, discípulos del autor de Carlos V y sus banqueros dieron a luz sendas obras gigantescas en la extensión y la calidad. Entre los modernistas y contemporaneístas –área a la que se circunscribe, arbitraria pero forzadamente, estos chafarrinescos renglones- hodiernos existe también la misma variedad, tanto en su versión indígena como foránea. En esta última dimensión, el horizonte de sus aportaciones no varía. Así, en el territorio estricto del hispanismo británico, los múltiples títulos de Hugh Thomas o del menos cincelado y riguroso Paul Preston, hallan su contrafigura cuantitativa que no, por supuesto, cualitativa, en John Elliot y, sobre todo, en un Sir Raymond Carr, de labor tan corta en páginas como fecunda en el análisis y capacidad de magisterio.

Reino de la diversidad y el contraste, el dominio de la adusta y sabia Clío ofrece ilimitado espacio al talento y la creación, ya sea ésta dionisíaca o restrictiva. El único marbete exigido en las puertas de la fama es y será siempre el de la inteligencia y la sensibilidad.
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