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Fins Als Collons

Álvaro Ballesteros
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cronicasdelmundogmailcom/16/16/22
martes 25 de enero de 2011, 21:20h
«Senyors, ja no aguanto més. Vaig a ser-los franc: estic fins als collons de tots nosaltres!»

En su versión en castellano, la frase viene a decir: “Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros”. La frase, gloriosa, no es mía, aunque me pese. La pronunció Don Estanislao Figueras, el primer Jefe de Estado y Gobierno de la Primera República española, allá por junio de 1873, en pleno Consejo de Ministros, harto de las discusiones eternas, estériles y fratricidas que conducían al país a una parálisis total y a una crisis desintegradora sin parangón.

La situación a la que tuvo que enfrentarse el primer Jefe de Estado republicano español era absolutamente esperpéntica. Diputados monárquicos votando por la república; republicanos centralistas votando por el Estado federal; republicanos federalistas exigiendo el sistema confederal; sublevaciones de cantones soberanistas por todo el país; el estallido de la Tercera Guerra Carlista; la Guerra de los Diez Años en Cuba; una crisis económica de dimensiones mundiales; una deuda exterior apabullante; y una corrupción e inoperancia parlamentaria suicida, con diputados y senadores cuyos usos eran incluso peores que los actuales, con pinganillo y todo incluido.

En aquel tiempo de locura generalizada (en el que, por poner unos ejemplos, Sevilla se erigió en República Social, Jumilla en cantón independiente preparado para combatir contra la “nación murciana”, y Cartagena envió su propia flota cantonal de dos fragatas a saquear “potencias extranjeras” como Almería y Alicante), el insigne catalán federalista que presidía la Primera República española, tras anunciar que estaba ya hasta los cojones de la película, dejó su nota de dimisión en su despacho, se dio un buen paseo por Madrid, y sin decir ni pío a nadie, se subió en el primer tren que salía de la capital y no se apeó hasta llegar a París.

Tela marinera, señoras y señores. Frente a un paisaje de ese tipo, con los españoles dispuestos a eliminarse los unos a los otros, y con el país haciendo más agua que el Titanic tras toparse con el iceberg, no es de extrañar que al primer Presidente de la Primera República española le diera por mandarlo todo a hacer puñetas y salir pitando. Don Benito Pérez Galdós definió en ese momento la actuación vergonzosa de los diputados en el parlamento como “un juego pueril, que causaría risa si no nos moviese a grandísima pena”.

Cerca de siglo y medio después, seguimos reproduciendo algunos de estos parámetros suicidas, fratricidas, e idióticos a más no poder.

Olvidando e ignorando que la España democrática de la Constitución de 1978 supone el mayor desarrollo, progreso y estabilidad que nuestro país ha conocido nunca en su dilatada historia, que está llena de momentos brillantes, pero también de bajezas, despropósitos y barbaridades. Las instituciones democráticas han vuelto a reproducir el mismo juego pueril, que causaría risa si no nos moviese a grandísima pena, mientras se dilapida nuestra herencia común y los logros alcanzados sobre el sufrimiento anterior de tantas generaciones de españoles. Con un gobierno autista-hedonista, y con unos políticos nacionalistas radicalizados, profundamente anti-democráticos, que basan su legitimidad no ya en las urnas sino en pretendidas reivindicaciones nacionalistas de más de “7.000 años de antigüedad”, o en planteamientos estilo Al Capone, como lo de “si mostramos más firmeza, ganamos la batalla”.

Y eso es lo que hay, en este maravilloso país en el que muchos acaban por sentirse hasta los “mismísimos” debido a una pesadilla política cansina de exigencias interminables, donde se busca imponer banderas y lenguas, postulados y dogmas, y donde se acusa de fascistas a los que enarbolan la bandera constitucional del Estado democrático: una bandera elegante y preciosa que existe como tal desde 1981 y que no tiene ningún vínculo con la bandera del régimen franquista. Arturo Pérez Reverte escribía recientemente que “el problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda”.

Y ¿Quién sabe? Tal vez tenga razón el maestro Pérez-Reverte. Sea como sea, por si sirve de algo, yo aun me permito el gustazo de anunciar a los cuatro vientos que a todos los que (fuese desde el puesto, trinchera o posicionamiento ideológico que fuese) trabajaron y aportaron su esfuerzo para mejorar y fortalecer democráticamente nuestro país, les profeso el más sentido respeto y agradecimiento. A los que pretendieron y pretenden cuartear, debilitar, difuminar y deshacer España para construir sus reinos de taifas identitarios, alegando políticas pseudo-democráticas, mi más sentido pésame. Entiendo y comparto en cierto modo el sentimiento de Arturo Pérez Reverte cuando dice lo que dice, pero aun así yo no llegaría a escribir lo de “país de mierda”. Me quedo mejor con la expresión de repulsa de Don Estanislao Figueras, con la sonrisa cargada de ilusión y ganas de seguir trabajando por el futuro de esos jóvenes que hace poco celebraban la victoria en el Mundial de Sudáfrica, envueltos en sus banderas de España, orgullosos de su país por un momento, sin tener que disculparse por ello.

Me quedo con un montón de cosas: el sabio consejo de mi buen amigo Francisco García, la fortaleza vital del científico que ha de emigrar como José Ramón Fernandez Navarro, la fina ironía de la pluma de José María Herrera en El Imparcial, el análisis clarividente de las columnas de José María Pérez Zúñiga en el diario IDEAL, el grandioso ejemplo moral de Elena Cuberos, la capacidad de renacer de sus cenizas de Irene Ballesteros, las ganas de avanzar y de no doblegarse de Agustín Rodríguez, y los sueños de tantos españoles de bien que quieren salir pronto de este torbellino de crisis existencial en el que nos han metido los que hoy ocupan esos escaños en los que se sentaban en su momento aquellos que llevaron a Don Estanislao a autoexiliarse. Me quedo con la sonrisa mágica de mi hija Elena y de mi hijo Hugo. Es por ellos que encontraré siempre la fuerza interior para seguir trabajando por un futuro mejor. Seamos fuertes una vez más, y a pesar de estar “fins als collons”, hagamos que la historia se vuelva a sentir orgullosa de esos españoles que supieron hacer frente a la adversidad y que conquistaron de nuevo un futuro mejor para todos.

Álvaro Ballesteros

Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior

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