Normalidad
viernes 28 de enero de 2011, 16:52h
Hay personas que miradas a través de una cámara de rayos equis presentan sus dos tibias y sus dos húmeros, los huesos craneales normales, idénticas rótulas, sendas clavículas, muñecas parejas y dedos similares a los de cualquiera. Si les practicaran ecografías, endoscopias, colonoscopias, hallarían un hígado típico, un estómago con su píloro y su cardias, un duodeno, un yeyuno y un íleon sin más vellosidades de las habituales. Tal vez algún divertículo de sobra o un pulmón un poco más oscuro, alguna piedra en el riñón o una helicobácter perseverante. Nada demasiado raro.
Incluso a simple vista parecen personas normales. Tienen dos ojos que unas veces son marrones y otras azules o bien verdes, negros, grisáceos. Hablan desde gargantas normales con voces chillonas o profundas. Son incipientemente calvos o caudalosamente velludos. Gesticulan como gesticulan tantos otros. Podrían ser fontaneros o futbolistas, intelectuales o chatarreros. Beben la Coca-Cola a morro y seguramente, al hacerlo, el dedo meñique luce enhiesto, formando un ángulo recto con la botella, mientras índice, corazón, anular y pulgar permanecen bien asidos al envase. Todo muy normal.
Sin embargo, un buen día descubres que nada es lo que parece. Yo supe que George Harrison no era normal el día que una canción dedicada a dios consiguió ponerme la piel de gallina. Supe que Javier Marías no era normal porque solo él es capaz de contar en más de mil páginas lo que a priori no daría para más de 200, sin permitir que la lectura se haga pesada, sino necesaria. A veces descubres que algo no es normal al colocarlo junto a otro elemento de mediocridad contrastada. Fue así, escuchando hablar a Aznar, como descubrí que Felipe González no era normal. También supe que Espronceda no era normal cuando hallé palabras de este siglo en unos versos de 1840 y encontré la anomalía de Machado en el vuelo de una mosca, que solo él podía convertir en poesía.
Nada hacía presagiar que bajo el flequillo de George Harrison pudiera emerger My sweet lord. Nada que la lengua de Marías fuera a repartir lecciones y placeres a cada párrafo. Que el Felipe de Suresnes pudiera cambiar este país. Nada que Espronceda fuera un anarquista exquisito o que Machado, tras su torpe aliño indumentario, escondiera los versos más hermosos jamás escritos en nuestro idioma. Nada. Ni una pista en una radiografía, ni un brillo especial en la mirada. Parecían como usted y como yo, con su pelo más o menos largo, sus orejas más o menos grandes, sus dientes más o menos blancos.
Y es esta capacidad de mímesis la que me obsesiona desde entonces y me lleva a preguntarme en el metro o en un bar, de esta ciudad o de otra, a cualquier hora, cuántas de las personas que me cruzo y que no me miran o que sí lo hacen, que me rozan el hombro al pasar o me esquivan con éxito. Cuántas no serán, sin que yo lo sepa, acaso sin que nunca lo descubra, todo lo normales que parecen.