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Moral republicana

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 28 de enero de 2011, 20:00h
En la mitad de la Segunda Guerra Púnica, después de la toma de la punicófila y traidora Cumas por Roma, el tesoro de la República estaba exhausto y ya no se podía pedir ni un solo as a los ciudadanos. La guerra había esquilmado con sus impuestos a toda Roma, y sólo quedaba a la República una tierra desnuda y devastada. Pero había que equipar una nueva flota que llevase al ejército de Escipión a Hispania. ¿De dónde saldrían los fondos para este nuevo esfuerzo bélico en un Estado hipotecado por completo por los pequeños estados aliados y oportunistas de Italia? Los cónsules no podían obligar a los ciudadanos a dar lo que no tenían, y los aliados ya no prestaban una onza. Los cónsules, aterrorizados por el destino de la patria, reunieron al Senado. ¿Con qué se iban a procurar tripulaciones si en el tesoro público no había dinero? Ahora bien, sin flota ¿cómo se podía conservar Sicilia, o tener a Filipo alejado de Italia, o mantener seguridad en las costas de Italia o transportar la parte del ejército que quedaba del joven Publio Cornelio a Hispania? Entonces el cónsul Levino, descendiente de una familia patricia, tomó la palabra, y dijo:
“Si pretendes imponer un gran sacrificio a un inferior, los tendrás a todos más dispuestos a obedecer si primero tú te impones doblemente ese sacrificio obligado, a ti y a los tuyos. Un impuesto resulta menos gravoso si los ciudadanos del común ven que los gobernantes cargan con una parte del mismo mucho mayor que lo que les corresponde por sus riquezas. Por consiguiente, si queremos que el pueblo romano tenga flotas y las equipe con nuevas aportaciones que los ciudadanos tienen que dar quedándose con ello ya sin nada, impongámonos primero nosotros esa obligación. Llevemos mañana los senadores al tesoro público todo nuestro oro, toda nuestra plata, todo nuestro bronce, dejando sólo cada uno un anillo para su mujer y la bulla para su pequeño; y los que tengan hijas una libra de oro por cada una. Todo lo demás, todo, llevémoslo a los triunviros de finanzas antes de aprobar ningún senadoconsulto, a fin de que esta contribución voluntaria y esta porfía por prestar un servicio a la República suscite la emulación del orden ecuestre en primer lugar y del resto de las clases después. Éste es el único camino que tenemos; seguidlo, y que los dioses nos ayuden. Un Estado sólido preserva también fácilmente las propiedades privadas; abandonando lo que es de todos, en vano tratas de conservar lo que es tuyo.”

Y nos dice Tito Livio que esta propuesta encontró una aceptación tan entusiástica que incluso se les dieron las gracias a los cónsules. No hubo senador romano que no llevasen todos sus metales preciosos al erario público. Hasta hubo competencia sobre quién daba más y quién se arruinaba más por la salvación de la patria. Hasta aparecieron tesoros escondidos de los senadores más tacaños que acabaron en las manos de los cuestores por noble voluntad de aquéllos. Los caballeros y la plebe participaron inmediatamente después con la misma generosidad patriótica. Y el hambre entró incluso en las casas senatoriales, igualándose en eso con las del proletariado. Pero sólo cuatro meses después el propio cónsul Levino recuperó gran parte de las riquezas de los ciudadanos romanos con la toma de Agrigento, y la posterior toma de Cartagena por el jovencísimo general Publio Escipión, que contagiaba la grandeza romana a los soldados cuando les hablaba de sus visiones nocturnas, casi como un profeta, o mejor, como un poeta inspirado, volvió a hacer ricos a los ricos y a los pobres menos pobres.

¿Harían estos mismos y sublimes sacrificios nuestros políticos si la patria estuviera en peligro o una grave crisis la tuviese postrada vergonzosamente? ¿Quién es el mal nacido que puede dudarlo? Ellos, como representantes y encarnación de la patria, se arruinarían por sus comitentes sin dudarlo un segundo. Ya estoy viendo a la abnegada María Dolores de Cospedal quedándose con un solo sueldo de los tres que tiene, malviviendo con solo quince millones de las antiguas pesetas al año. ¿Y qué decir de esa delicadísima y muy tierna encarnación de Minerva que es la polihístor y polimática Leire Pajín, adornada por tantos y tantos títulos? Apenas aceptaría doce millones de las antiguas pesetas al año por su amor giganteo a la patria y a los trabajadores españoles. Total, que dos soberbias políticas que vivirían con gusto en la más absoluta estrechez y miseria si a España le pasase algo. ¿Y qué comentar de esta segunda Isabel de Borbón, Dña. Leticia Ortiz, inspiradora de los nuevos Lopes, Calderones, Tirsos y cien ingenios más del grande y soberbio teatro que hoy se representa en España, o mecenas quizás, como aquella bellísima reina, de los nuevos y más grandes Velázquez de la actual pintura española, que tanto nos llena de asombro? Ya no repetiría sus vestidos seis o siete veces, sino hasta quince veces(¡!). Tampoco hay que pasarse, Alteza. Los tiempos de la hija del gran Enrique el Bearnés ya han pasado y ya no se necesita vender todas las joyas de la Corona, como entonces, por el bien de España y para entregarlo a los pobres que pedían comida en las Reales Descalzas.

¡Todo por la patria! ¡Todo por la patria! Y es que España ha sido, es y será no un gran capítulo de la Historia Universal, sino toda una Enciclopedia de la Leyenda. ¿Y qué esperar de los miembros del Senado, de los miembros del Parlamento Nacional y de los Parlamentos Autónomos, de los Consejeros, de los Viceconsejeros, de los Directores Generales, de los alcaldes o de los concejales sino ofrecer la mitad de su salario político a los Manes de la patria? Desde luego no merece el pueblo español los abnegados dirigentes que hoy tiene. Para nada es cierto lo que el mimógrafo Publio Siro escribió sobre España ya en la época de Julio César: “Hispaniae pecunia régimen est unum rerum ómnium”. Nuestros políticos prueban una y otra vez que no es cierto. También dicen algunos que en el despacho de un juez de la Audiencia Nacional hay una tablilla en la pared con la siguiente inscripción ciceroniana: “Pecuniosus politicus, quamvis sit nocens nemo potest damnari”. Pero tampoco es cierto, siendo sólo una leyenda urbana de barrio cultivado.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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