Las hemerotecas, testigo de los tiempos…
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 31 de enero de 2011, 16:05h
En las interminables y algo, o un mucho, hartadizas –por su uniformidad temática e indigencia verbal- controversias políticas del día, las hemerotecas se invocan por algunos contendientes como árbitro supremo cara a dirimir la verdad de los discursos en juego. No obstante, pese a la facilidad de allegar la prueba testifical invocada, resulta infrecuente su recurso. Los careos sin máscara y las polémicas con luz y taquígrafos no han mostrado nunca arraigo en el solar ibérico, por causas cuya indagación documentada y perspicaz aportaría probablemente datos de interés al análisis de la identidad nacional.
Pero, claro está, las hemerotecas no sólo rinden útiles servicios en los abundantes quid pro quo de nuestra vida política –de modo singular, en tiempos en que ésta deja ostensiblemente al descubierto las pústulas de una invasora corrupción-, sino que también los prestan muy valiosos en otras cuestiones relacionadas con el juicio ditirámbico y enaltecedor de muchas gentes –en especial, artistas y lletraferits- respecto de algunos de sus coetáneos más investidos de poder. Sometido al aún más vigoroso dominio del azar, la declinación o desaparición de aquél ocasiona a las veces auténticos virtuosismos en plumas avezadas al elogio bombástico para velar antiguas y altisonantes lealtades. Llegada la hora de la prueba en forma de concurso voluntario de acreedores, inspecciones gubernativas o crítica social implacable, las plumas que un día más se distinguieron en la loanza del entonces omnipotente personaje u organismo se afanarán ahora en el retrato más excruciante del hombre o la empresa ahora postrados.
Así fue siempre; y la literatura española, tan imantada por el moralismo de corte senequista y estoico, registró en su época áurea –en el verso y en la prosa- descripciones memorables de tal conducta. Pero la ilustración actual del fenómeno encuentra, conforme aducen comentaristas mediáticos de relieve y presencia semiobsesiva, en verdad, en las hemerotecas un cómodo e incontrovertible instrumento probatorio. Los ejemplos hodiernos están al alcance y en boca de todos. Verbi gratia, en el Mediodía del país el carnavalesco proceso de fusión de sus entidades de ahorro dio lugar, en meses precedentes, a descensos muy notorios en la cotización pública de ciertos de sus principales gestores. Aureolados antaño con todas o envidiable parte de las virtudes privadas y cívicas en la semblanza trazada por su gabinete de imagen y por plumas y pinceles atraídos por su fulgor, pasaron luego, casi subitáneamente, a ser objeto de un repudio generalizado encabezado, de ordinario, por los autores en vanguardia, en épocas no muy lejanas en la cronología aunque sí en la sensibilidad, de su exaltación cuando no incluso deificación…
Las pruebas ad calcem preceptuaban con irrefragable criterio los viejos manuales de teoría y métodos historiográficos. No es el caso, por supuesto, de erigir esta tribuna volandera en barra de fiscal. Mas haberlos, los hay… Esto es, en las hemerotecas y bibliotecas no demasiado abastadas de ordinario del Sur peninsular –todavía, en conjunto, infradesarrollado con respecto al Norte- se hallan a disposición del curioso lector revistas y periódicos en cantidad suficiente para comprobar in situ el hecho apuntado más arriba. El grado de sorpresa al verificarlo dependerá, bien se entiende, de su capacidad de escepticismo y de su fe en la naturaleza humana; pero, en cualquier caso, su experiencia vital se enriquecerá al constatar la cantidad y, sobre todo, en ocasiones, la calidad de los testigos literarios del orto y ocaso de figuras y figurantes regionales, provinciales y locales, arrumbados ya, hegelianamente, en el basurero de la historia. De este modo, las hemerotecas sustituyen hoy a los libros de historia –de redacción tardígrada con relación a los periódicos- en su función ciceroniana y cervantina de luz y testigo de los tiempos…