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Sobre la decadencia política

miércoles 02 de febrero de 2011, 13:12h
Dionisio I (430-367 a.C.), -apodado el Antiguo para distinguirle de su sucesor homónimo-, escaló las cimas del poder en Siracusa sobornando al ejército y engañando al pueblo. Ávido de grandeza, incluso llevó a Platón a su Corte, aunque poco tiempo después, -por cuanto el filósofo criticó severamente su Tiranía-, furioso, lo esclavizó. Ambicioso también de gloria, organizó un certamen poético, compró a los jueces, y ante el asombro de la población, procuró que lo proclamaran vencedor.

En la imposición de tributos se caracterizó por ser cruel y sanguinario. Pese a la estima inicial, el pueblo terminó odiándolo, de lo que él era conciente. De ahí la sorpresa que le ocasionó saber que Hiemera, -cierta anciana de la ciudad-, rogaba insistentemente a los dioses por él. Tanta extrañeza le provocó el rumor, que hizo traer a la mujer a su presencia para escuchar, de su propia boca, las razones de tan insólita devoción: “Siendo niña, -le dijo-, tuvimos un gobernante cruel. Rogué a los dioses que lo quitaran del camino y ellos me oyeron. Más a aquel Tirano, le sucedió otro que lo superó en maldad. Volví a rogar pidiendo lo mismo y nuevamente mis ruegos fueron escuchados.

Posteriormente llegaste tú, que has hecho niños de pecho a tus antecesores. De ahí que, escarmentada, pido a los dioses larga vida para ti, no sea que quien te suceda, resulte aún peor.” Esta anécdota histórica, es una tragicómica alusión a la decadencia de las generaciones políticas, una de las peores amenazas de las naciones, -y en las sociedades modernas-, de los partidos políticos. Al igual que sucede con la generalidad de las cosas, las generaciones políticas ostentan gradualidades en su calidad. Los hombres que con su paso marcan una impronta fundamental en el camino de los tiempos, difícilmente son superados por sus discípulos. Inusual es que un Ptolomeo supere a un Alejandro. Esto se debe a que, -aludiendo a la famosa frase de Ortega y Gasset-, también los líderes y las generaciones políticas son hijas de sus circunstancias. Si las circunstancias son tormentosas, la generación que las enfrenta tiende a agigantarse. Por el contrario, del solaz disfrute de tiempos bonancibles y de suscripción de herencias, lo factible es que surja un Marco Brutus, difícilmente un Julio Cesar. Las grandes generaciones fundadoras surgen como derivación de un enfrentamiento a situaciones sociales traumáticas, insufladas por una moral inspiradora que representa el ensueño que los sobrepone a la dura realidad que les toca confrontar. Son levadura moral de los pueblos.

Portadores del nuevo ideal como hipótesis de perfección, visionarios que anticipan lo porvenir, y así influyen en sus congéneres por la fe que tienen en la misma viabilidad de la quimera. Sus acciones tienden a acrisolarse con las de sus almas gemelas contemporáneas. Por eso, cuando Figueres luchaba contra lo que se denominó la “Internacional de las Espadas”, a su lado combatían Betancourt y Muñoz Marín. Por el contrario, cuando la bonanza posterior a la brega consolida los beneficios de la lucha, o es la hora del festín y los legados se han repartido, las generaciones políticas que se suceden van degenerando, -como en la anécdota de Siracusa-, paulatinamente. Es el tiempo de los cortesanos y de las genuflexiones. Tiempo en el que ser rebaño y tener alma de siervo ofrece múltiples ventajas a cambio de abdicaciones morales. No son épocas de afirmaciones ni de negaciones, sino de dudas, pues creer es ser alguien. El cortesano, incapaz de abrazar una pasión o fe, carece de ese esqueleto que otorga el carácter. El problema es que una generación que en la acción política hace de la sumisión incondicional un hábito, no encuentra ambiente propicio para forjar su carácter. En esas tendencias cortesanas, en donde el digno es políticamente menospreciado en beneficio del servil, la cotización del mérito se devalúa y las “conductas correctas” son mejor valoradas que la acción firme, propia de la dignidad altiva.

Tiempos de castrar los pensamientos alados y de caballos de paseo pero con marcas de propiedad en sus ancas. De finas formas pero nada más. Allí la dignidad engendra recelo y es atacada hasta el ridículo. Así pues, la conclusión obligada de esta reflexión es que en beneficio de la patria, nuestros partidos políticos deben procurar la producción de generaciones políticas de calidad. Para ello, promover cada día una mayor democratización a lo interno de las agrupaciones es un imperativo categórico. [email protected]

Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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