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Elogio de la religión amable

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 04 de febrero de 2011, 21:31h
Muelas del Pan, a 17 de enero de 1949

Querida Madrina:

Reconoce que estos amigos tuyos tan católicos y santos son los mismos que han ayudado a abrogar el divorcio en España, de suerte que tú ni yo no nos podamos casar y colmar este anhelo que nos mata desde hace tanto tiempo. ¡Qué años más felices tú y yo, Josefina, hubiéramos pasado si se hubiese mantenido la ley republicana del divorcio, y fuéramos ahora desde ya hace tiempo marido y mujer! Diríase que el Nuevo Estado prefiere nuestros pecados, la conciencia inmoral de nosotros mismos y el terrible daño moral a un tercero. Quizás sea cierto que lo católico y lo español no puedan separarse sin quedar herido de muerte nuestro gentilicio. Y es un hecho que el Caudillo ha reservado un papel excepcional para España al convertirnos en un baluarte del catolicismo frente a la revolución. Puede ser verdad que el catolicismo en España no sea un fenómeno histórico, sino que forme parte de la definición misma de España. Y que una España laica no sea ya España. Y que esos magníficos libros que me regalas del Padre Manuel García Morente, de Rafael Calvo Serer, de Eugenio D´Ors, de Ramiro de Maeztu, de Juan Donoso Cortés o de nuestro gigante santanderino Marcelino Menéndez Pelayo sean todos sillares verídicos de la razón española. Pero yo creo, amada Josefina, luz de mi vida, que el hecho de que el catolicismo sea parte esencial de lo español no quita para que éste siga siendo la doctrina de Aquél que fue amable con los pecadores, dulce con nuestras debilidades y comprensivo con el amor humano. Más que martillo de herejes o espada de Roma me gustaría ver a mi amada patria como una tierra amable y dulce para la vida de los hombres, que eso es, Madrina, pienso yo, precisamente el Regnum Dei. Básicamente esta mismas ideas las sostiene nuestro querido Don Ángel Herrera Oria, que tanto protegió mi vida en mis años de cautiverio tras la caída de Santander. Herrera Oria no ve en la religión católica un desagradable rostro penitencial, como algunos de tus amigos, sino un mensaje de amor envuelto en modales suaves y amables en todo caso, comprensiva siempre con aquellas ovejillas que se extraviaron del camino recto. Por otro lado, la religión ( entendida sólo religiosamente ) siempre será necesaria para potenciar el bien y la virtud en el mundo. Esta tarde, traduciendo a Tito Livio, me sale la historia de Gayo Flaco, al que eligió flamen el pontífice Publio Licinio precisamente para alejarlo de una juventud perdida, viciosa y disipada.

Y la verdad es que en cuanto lo absorbió la atención al culto y las ceremonias religiosas abandonó sus antiguas costumbres de forma tan repentina que no había entre todos los jóvenes ninguno que gozase de mayor estima entre los senadores principales, cercano a él o no. El cargo religioso da virtud y el hábito hace al monje. Y la virtud da libertad porque nos libera de nuestros vicios y pasiones y nos permite razonar sin los prejuicios interesados de nuestras más innobles inclinaciones. Por eso no estoy de acuerdo en la retórica sentencia del vitriolizado Vargas Vila: “Nunca las puertas de la Religión se han abierto para emparar la Libertad”. La religión es necesaria, como decía Napoleón, y debe ser más amable que la que se vive hoy en España. No es cierto, además, que nuestra tradición religiosa se haya traducido siempre en un catolicismo desabrido, vivido en la forma de un rigorismo de hierro. Toda nuestra mejor literatura ha metabolizado el Elogio de la locura, de Erasmo, el grande y atrabiliario pensador. Y el matrimonio de emigrados, formado por los valencianos Ludovico Vives y Margarita de Valdaura, representa la práctica de un catolicismo amable, abierto, respetuoso, profundo, indulgente y jamás gazmoño. Y no menos español que el ignaciano.

La iglesia debe ser el lugar en que las almas doloridas encuentren el ambiente sereno y silencioso para entenderse con Dios. Algo así como el jardín propicio donde dilata sus miembros y su espíritu oprimido el infeliz prisionero. El ir a la iglesia, por lo tanto, no puede ser una costumbre. Aunque se vaya cada día, cada día debe meditarse la transcendencia de ir. Y desgraciadamente muchas mujeres superficiales, de imagen beata, disminuyen en nuestro país la severidad augusta del templo. En la iglesia los hombres suelen estar más ensimismados en su dulce diálogo con Dios. Mas a muchas mujeres se ve bien que las condujo al santo lugar la costumbre y la huída del aburrimiento, cuando no tácitas confabulaciones para verse unas a otras y conversar a la salida.

No sé, en todo caso, Josefina, si el fuego que te recorre toda y yo tan bien conozco, lo puedas mitigar con misas y rosarios constantes. Yo, desde luego, no soy capaz de calmarlo con estas devociones. Lo tengo probado, y quizás por ello me he sentido algunas veces culpable.

Bueno, amor, que todas tus aspiraciones las puedas colmar en este nuevo año que comienza, y también tus deseos…, sin ningún remordimiento sin fundamento.

Te quiere,

L. Sforza

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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