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“Flash back” sobre el presidencialismo en Egipto

viernes 04 de febrero de 2011, 22:07h
A partir del 25 de enero se ha abierto en Egipto un paréntesis que, a la altura de este fin de semana, ignoramos cómo se cerrará.

Los interrogantes se prodigan una y otra vez en los medios de comunicación, que son tan necesarios como repetitivos. Sin embargo, no deja de haber lectores de prensa, radio-oyentes y televidentes que desconocen cómo ha transcurrido la historia de Egipto durante el último par de siglos.

Quizá convenga recuperar hoy, en síntesis muy esquemática, ese pasado. Y ello en tanto que de su recuperación sobresalen dos constantes imperturbables. El país que aquí nos concierne ha sido bisagra territorial y marítima desde siempre; y desde hace algún tiempo, los “zaïm” o líderes carismáticos han marcado con su huella el destino de la nación: así ocurrió con Mehemet Ali en el siglo XIX, con Gamal abd-el Nasser en el XX.

Situando el régimen de Mubarak y el papel de Egipto en la crisis permanente del Oriente Medio musulmán en perspectiva a largo plazo, es como se nos antoja que se comprende algo más lo que viene pasando en Egipto. Recordemos.
***
Entre 1517-1800, Egipto fue una provincia del Imperio turco-otomano. En rigor, se trató de un territorio autónomo hasta 1882 (mención especial merece la figura de Mehemet Ali, reformador y aperturista a las corrientes occidentales). La intervención británica en Egipto estuvo directamente relacionada con la construcción del Canal de Suez (1869 en adelante), que permitió a la flota británica una conexión marítima rentable con La India, supuesta “joya de la Corona”. Entre 1914-1936 se estableció en Egipto un Protectorado británico. Sin embargo, el partido “Wafd” (de corte liberal), retó con denuedo la presencia europea en el país nilota, hasta el punto de forzar a Londres al establecimiento de una Monarquía Constitucional en Egipto. Su funcionamiento dejó bastante que desear, pero sentó un precedente.

Durante la segunda guerra mundial, Egipto fue un punto neurálgico de apoyo logístico en las campañas y estrategia británicas contra el “Afrika Corps” alemán establecido en Túnez (1942-1944). En el desierto de Libia, Montgomery terminó por imponerse.

En la Posguerra, se fue extiendo un estado de opinión anti-monárquico en todo el país. Faruk I fue, en consecuencia, la primera corona real del mundo árabe en caer por los suelos.

El golpe de estado de un grupo de oficiales libres (22-23 de julio de 1952) abrió paso a la figura de Gamal abd-el Nasser (1954-1970).

Nasser pretendió ser (encandilado por la figura de Ataturk) el segundo gran reformador del Egipto moderno, como lo había sido Mehemet Ali en el siglo XIX. De ahí, su programa de gobierno, bautizado como “socialismo árabe”; aunque, en rigor, fue más que otra cosa el líder, por excelencia, del nacionalismo anti-colonial, dentro y fuera del mundo árabe.

El principal objetivo de Nasser residió en defender la Causa palestina frente al joven Estado de Israel; pero las derrotas de 1948-49 y 1967 (Guerra de los Seis Días), dieron al traste con la Causa palestina abrazada por el mundo árabe, desde un principio, con más pasión que eficacia.

El otro objetivo prioritario de Nasser consistió en nacionalizar la Compañía del Canal, lo que desencadenó en el verano de 1956 la Crisis de Suez. El resultado se tradujo en una victoria pírrica para Nasser. A la muerte del “Raïs” o conductor del pueblo y de la patria, Anuar al-Sadat (1970-1981) gobernó el país nilota en sentido inverso al de su predecesor: liberalización de la economía y entendimiento con Israel (acuerdos de Camp David, en 1978, bajo la “bendición” del presidente norteamericano, James Carter). Esto último le costó al país un severo ostracismo en el mundo árabe (la Liga de Estados Árabes, por ejemplo, se trasladó a Túnez). Al ser asesinado Al-Sadat, le sucedió en la jefatura del Estado Mohamed Hosni Mubarak.

No es fácil juzgar la prolongada trayectoria histórica del personaje, de formación militar. Si, por un lado, no descuidó desde un principio el fortalecimiento internacional de Egipto a través de los firmes lazos de connivencia con Estados Unidos, de otro, no fue capaz de controlar el nefasto desarrollo dual del país. Véase: dicotomía acentuada entre el campo y las aglomeraciones urbanas; entre la minoría afortunada y las clases trabajadoras, cuando no ociosas a la fuerza.

De ese panorama deplorable, resurgirá el movimiento religioso y social de los “Hermanos Musulmanes” -sunníes muy activistas inmersos en el proceso de toma de conciencia del túnel sin salida que venía atravesando Egipto desde hacía más de un decenio-.

A partir de entonces, Mubarak se endiosa cada vez más; se hace elegir presidente vitalicio en 1999; y frente al reto de los islamistas, reacciona sin piedad, sea con el exterminio de sus militantes, sea con la represión. En menor medida, practicó el mismo método con liberales, comunistas y otros grupos disidentes de la nueva autocracia faraónica.

En medio del marasmo que supuso el período de las guerras norteamericanas contra el Iraq de Saddam Hussein (1991, en el Golfo; 2003, con la invasión anglo-americana de la milenaria Mesopotamia), Mubarak fue un factor de conveniencia estratégica mutua tanto para Washington, como para Israel. Veremos qué ocurre si falla en algún momento la pieza mediadora en la “melée” árabe-israelí. Durante los últimos años del mandato de Mubarak, era frecuente oír decir que Egipto se asemejaba a una “olla a presión” que, cuando estallara, sería imprevisible vislumbrar el tipo de transición social, económica y política que pudiera abrirse camino en el país.

Éste parece ser, finalmente, el punto que se ha alcanzado a partir del 25 de enero del año en curso. Todos los acontecimientos sucedidos desde entonces -la incógnita del desenlace final a partir del “dies irae” o Viernes de la Cólera (4 de febrero de 2011); la misma interrogación que planea desde hace un siglo (¿es implantable la democracia en el jardín de Allah?)- sólo podremos contemplarlos en su perspectiva justa cuando haya bajado el telón sobre el escenario dramático del Egipto de hoy. El espacio público que lo simboliza, se encuentra en la Plaza de la Liberación en El Cairo.
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