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COLUMNA SALOMÓNICA

El rey

lunes 07 de febrero de 2011, 08:40h
Tras abandonar la presidencia de Chequia, Vàclav Havel escribió un libro titulado “Sea breve, por favor”. Aunque The economist ha dicho que se trata de un testimonio político sin parangón, a mí el libro me ha producido sobre todo una impresión literaria, como si hubiera leído una improbable continuación del Castillo de Kafka. Llama la atención las dificultades con las que puede tropezar un jefe de Estado para ejercer sus funciones. Hasta para reemplazar un teléfono averiado o sustituir una impresora rota, Havel tuvo problemas. Eso dice él y debemos creerlo porque sus opiniones sobre el poder y la política son mucho más amargas al final de su mandato que al principio, cuando sólo era un feroz disidente.

A nadie puede sorprenderle que un hombre tan lúcido como Havel dedique muy pocos elogios a sus colegas. Una excepción es nuestro rey. “Juan Carlos –escribe en su libro- no es un monarca de poca monta, de aquellos que hacen del trono su diván”. Yo, aunque republicano confeso (de la Serenísima República de Venecia, no se confundan), también lo pienso. Pocos monarcas de la historia de España han mostrado mayor lealtad a los españoles. Las críticas de quienes lo juzgan un personaje menor, hombre de gustos vulgares e inteligencia mediocre, se llevan mal con los hechos y peor aún con las opiniones que suscita entre otros estadistas. Más bien parecen fruto del resentimiento de ciertos bufones nostálgicos de corte, gente a la que le encantaría acompañar al rey a los burdeles o dar volteretas sobre las alfombras de palacio.

No faltan, por supuesto, los republicanos. Dudo que sean muchos porque el descrédito de los políticos en España es enorme y el republicanismo descansa justamente en la confianza en ellos. Cuesta creer que un pueblo convencido de que la lealtad del político a su partido es mayor que su lealtad a las instituciones anhele al mismo tiempo que la más alta magistratura del Estado dependa del juego electoral. Pero en España abundan los ejemplos de lo que Hegel llamó “sonambulismo magnético”, situación en la que el alma vive sumida en los sentimientos sin conseguir elevarse al nivel del juicio. Está, además, la hueste nacionalista, nostálgicos de un futuro que depende más de la inestabilidad de las instituciones que de su fortaleza y para los que siempre será preferible un presidente electo aupado por un partido que un rey vitalicio anclado en la historia.

Nuestro rey emprendió al recibir la corona un camino y no se ha apartado nunca de él. No digo que no haya cometido errores en el orden personal, pero desde luego no como jefe del Estado. Si se aburre mortalmente en los conciertos de Rostropovich o se le van los ojillos detrás de las vicetiples, no seré yo quien se escandalice. Lo único que la sociedad española le podía exigir era discreción y teniendo en cuenta la tropa de omniscientes cotillas que tenemos en el país, el balance es inmejorable. Algunos, no obstante, dicen estar hasta los borbones de la monarquía. Los motivos suelen ser por lo común deletéreos. Pero es normal que entre tanta gente haya de todo. A Arístides lo desterraron los atenienses porque muchos de ellos estaban hartos de oírle llamar “el justo”.

A la vista del derrotero que han tomado las cosas es una suerte que haya en el país una magistratura fuera del alcance de la política. Si algo amenaza a la corona no es la desafección del pueblo, sino el creciente debilitamiento de su compromiso íntimo con el destino común, el patriotismo que se decía antes. En esto tiene una responsabilidad mayúscula el mal estilo de nuestros representantes. Todo lo contrario cabe decir del rey, un hombre que desde el primer día ha buscado la mejor manera de asumir lo que somos, nuestras heridas y contradicciones, sin renunciar a construir un futuro común. Aquí esto ni se entiende ni se valora, pero a mí no me extraña, al contrario, que alguien como Havel diga de él que no es un monarca de los que hacen del trono su diván.
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