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La educación diferenciada

lunes 07 de febrero de 2011, 09:37h
En el largo y tortuoso camino seguido por la humanidad para afirmar la plena igualdad de los dos sexos y la consiguiente equiparación en derechos y obligaciones de la mujer con el hombre, la coeducación ocupó durante mucho tiempo lugar de preferencia en lo simbólico y en lo real: era la manera de ofrecer las mismas oportunidades educativas a niños y niñas, sin distinciones que pudieran favorecer la primacía de los papeles masculinos sobre los femeninos en la sociedad. En la nuestra, acostumbrada tradicionalmente a la separación educativa, se produjo una mutación radical hacia la década de los setenta del pasado siglo, cuando las reclamaciones igualitarias se integraron en las principales tendencias ideológicas y políticas y la coeducación pasó a ser, con mínimas excepciones, la norma obligatoria y la preferencia social. En la medida en que la financiación pública fue ampliando la oferta educativa, la coeducación tomó carta extensiva de naturaleza en el sistema pedagógico primario y secundario. Con ello no solo realizábamos nuestra propia reconversión interna: al hacerlo nos parecíamos cada vez más a los sistemas educativos imperantes en los países democráticos y avanzados del entorno en el que nos íbamos integrando.

Pero hace ya más de dos décadas no pocas de esas sociedades avanzadas han comenzado a replantearse la validez pedagógica de la coeducación, generando significativos movimientos sociales, y algunas respuestas gubernamentales, a favor de un cierto retorno, equivalente a un reconocimiento público, de la educación “diferenciada”, la que con fórmulas diversas -por materias, por clases, por colegios- vuelve a impartir la enseñanza a niños y niñas por separado. Como bien se puede imaginar, no se trata del regreso a un pasado “sexista”, ni encubre la intención de imponer “syllabus” diferentes a chicos y chicas, ni pretende el retorno a la cultura del macho. Es el resultado de varias observaciones empíricas y de las consiguientes preferencias educativas. Basándose en estudios científicos diversos y recientes que sugieren la existencia de significativas variaciones en la manera en que los cerebros femeninos y masculinos procesan la adquisición de conocimientos, apuntan a las razonables ventajas que la educación “diferenciada” podría ofrecer sobre la educación: chicos y chicas por separado pueden dedicarse a la profundización en sus estudios, sin tener que preocuparse de los que los miembros del orto sexo piensen o de la manera en que reaccionen; los estereotipos sexuales –las niñas no aprenden matemáticas, los niños no escriben poesía- desaparecen mas fácilmente en un contexto en donde no existe competición que los justifique; nada significativo ocurre, más bien al contrario, si la socialización sexual que la coeducación puede traer consigo es retrasada un tiempo en un entorno que para jóvenes, niños y adolescentes, favorece el rechazo a esas tempranas presiones.

En los Estados Unidos, con una larga tradición pública de coeducación y una no menos conocida, aunque menos abundante, de educación “diferenciada”, incluso en los niveles universitarios –Hillary Clinton cursó sus estudios en el Wellesley College, en Massachussets, conocida institución femenina- el número de los que se pronuncian a favor del retorno a la educación “diferenciada” es cada vez más abundante. En el año 2002 la ley “No Child Left Behind” aprobada por el Congreso a instancias del Presidente Bush, y que perseguía la extensión de los beneficios educativos a los sectores menos favorecidos de la sociedad, estableció la posibilidad de dotar de financiación pública a los casos en que se requiriera una educación especial. Esa financiación pública se extendió en el año 2006 a clases separadas en escuelas públicas, que hoy se encuentran en muchas localidades del país- Albany, Boston, Filadelfia, Chicago, Nueva York, San Diego, Long Beach, Washington, Milwaukee, Houston, Cincinnati, Toledo, Seattle, Louisville, Hartford y Baltimore-. La “National Association for Single Sex Public Education” lleva años desarrollando una inteligente y bien documentada campaña para el reconocimiento, con la financiación pública, de la educación “diferenciada”. Y como queda anotado, la sociedad americana es cada vez más sensible a esos argumentos.

El debate no está cerrado y desde ambas trincheras se siguen ofreciendo razones y contra razones para una o para otra postura. En 2005 un masivo estudio del Departamento Federal de Educación concluyó que no existían resultados definitivos a favor de la coeducación o de la diferenciación. Por el contrario otra no menos masiva encuesta de la Escuela de Educación de la UCLA en 2008 mostraba resultados claramente favorables a la segunda. Pero la posibilidad de obtener financiación pública para algo que hoy es ya algo más que un experimento rompe uno de los argumentos clásicos de los contrarios a la diferencia: que se trataba solo de una opción minoritaria y clasista, posible únicamente para las clases ricas en colegios privados confesionales. En una sociedad como la americana, preocupada sobre todo por la calidad de la educación, ese tipo de argumentos cargados de ideología decimonónica y de prejuicios anti religiosos, no caben en el debate social y politico. Son cada vez más los que piensan que la mejor igualdad entre los sexos se encuentra con una educación “diferenciada”. Y son multitud, precisamente los que menos tienen, los que reclaman de los poderes públicos cobertura para acceder a sus beneficios. Ya que tanto copiamos de los americanos, ¿no sería este el momento de crear en nuestros pagos una “Asociación Nacional para la Educación Diferenciada Pública”? Por lo que se avecina. Digo.
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