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MÚGICA, BENEGAS, ETA, DON JUAN DE BORBÓN, CARRERO BLANCO

lunes 07 de febrero de 2011, 13:51h
José María Benegas ha publicado un excelente libro sobre Fernando Múgica, un hombre de bien, un socialista vasco enamorado de su tierra, un dirigente social vilmente asesinado por la banda terrorista Eta. En la obra recién aparecida, Benegas incluye una serie de cartas escritas por Fernando Múgica a Juan María Atutxa, José María Muguruza, Ana Iribar Ordóñez, José Barrionuevo, Alfonso Guerra… Y una extensa misiva que me dirigió a mi el 29 de febrero de 1995, siendo yo director del ABC verdadero. Decía así la carta que me escribió Fernando Múgica, recogida en el libro de Benegas, cuando se cumplen 15 años del asesinato del dirigente vasco el 6 de febrero de 1996:
"Distinguido Señor:
Acabo de finalizar la lectura de su Don Juan. Magistral. Y no me he podido resistir al deseo de escribirle para mostrarle mi agradecimiento. ¿Por qué? Pues como se agradece a todo aquel que a uno le proporciona un enorme placer –en este caso, estético-. Tengo para mí que el termómetro exacto de la calidad de un libro está en el grado de voracidad en su lectura. Y hasta el momento, mis hitos fueron Zalacaín el aventurero, Memorias de un hombre de acción y, en general, cualquier de las novelas, de don Pío –en mi juventud-, las Memorias de guerra de Churchill allá en la década de los años 50, cuando se editaron en España, el Hitler de Bullock –en la edición de Bruguera de 1969-, Éxodo de León Uris –está, por la connatural pasión que en mí despierta el pueblo judío-, Bryce Echenique en su Vida exagerada de Martín Romaña, el extraordinario Preston en su magistral biografía de Franco.
Eran libros que me prendían, me absorbían implacablemente las horas hasta la madrugada. Como me ha sucedido con su Don Juan.
Yo creía ser un gran conocedor de la histortia de nuestro país –de hecho, casi todas mis lecturas están centradas en la historia-. Y resulta que, como tantos españoles –yo creo que la inmensa mayoría- ignorábamos lo que usted nos ha descubierto ahora, esa inimaginable figura –creo que un Aviraneta contemporáneo pero vitalista- que fue don Pedro Sainz Rodríguez .
Ya al hilo de su Don Juan, me voy a referir a un hecho muy concreto que durante más de veinte años me ha estado llamando la atención, hecho en el que usted coloca las mismas interrogantes que durante tantos años me he estado planteando: ¿Hasta qué punto el Ministerio de la Gobernación sabía –o incluso sabiéndolo, dejó hacer- o todavía más, incluso en alguna forma no fue ajeno al suceso del asesinatos de Carreo Blanco?
Yo sólo puedo aportar mi peripecia en aquel 20 de diciembre de 1973.
El día 19 se celebraran elecciones a Decano en el Colegio de Abogados de Madrid, con un ya claro trasfondo político. Los candidatos eran –lo recuerdo- el claramente oficialista Pedrol Rius, Tierno Galván –que pretendía aglutinar a gentes que se predicaban de perfil socialista pero que para quienes éramos hombres de partido no era de nuestro agrado, precisamente porque orgánicamente no estaba en la renovación que ya habíamos iniciado hasta concluir en Suresnes- y Joaquín Ruiz-Giménez.
Como colegiados que éramos en el Colegio de Abogados de Madrid –aunque trabajábamos y residíamos en San Sebastián- el mismo día 19 de diciembre nos desplazamos a la capital, en automóvil, al objeto de votar, mi hermano Enrique, José Ramón Recalde y yo. Votamos y tras hacer noche en Madrid –en el hotel Wellington-, sobre las 9.15 horas salimos del hotel rumbo a San Sebastián. Serian las 9.30 horas cuando hicimos una breve parada en un bar de la Castellana para desayunar y continuar seguidamente la ruta.
La voladura del automóvil de Carrero Blanco creo recordar se produjo precisamente entre esos minutos de la mañana del día 20, y no nos enteramos de nada. Recuerdo nítidamente que nos detuvimos a almorzar en un restaurante tipo asador rústico de carretera que había, entre Miranda y Pancorbo, llamado “El monumento al pastor”, a donde llegamos sobre las dos de la tarde. Recuerdo que hasta ese momento y dado que los tres viajeros estábamos enfrascados en una conversación obviamente de política en general, casi en ningún momento encendimos la radio –en aquellos años las emisoras de radio españolas eran un coñazo-, sí tengo grabado en la memoria que en los momentos que conectábamos alguna emisora, cualquiera, sólo se escuchaba la música de Mahler –concretamente su Quinta Sinfonía-, lo que no dejó de llamarnos la atención, pero sin que en momento alguno imagináramos que se hubiere producido un suceso de la trascendencia y enorme calado histórico como la muerte de Carrero Blanco.
Como digo, llegamos al Monumento al Pastor sobre las dos de la tarde. Y cuando estábamos almorzando, por la radio del restaurante oímos un comunicado que decía que una explosión había matado al almirante Carrero en Madrid, cuando transitaba en su automóvil, y que la causa parecía ser un escape de gas.
Obviamente, en temeroso silencio –y naturalmente adivinando que aquello había sido un atentado- reiniciamos ruta hacia San Sebastián, intuyendo en cada sombra, en cada curva, detrás de cualquier árbol, una patrulla de la Guardia Civil presta a detenernos. Mi hermano Enrique había estado en la cárcel unos meses en 1959 y casi tres años en 1962, y confinado a inicios de 1969 en Sacedón varios meses en mor de un habitual estado de excepción; Recalde había sido condenado por su pertenencia al FLP, en 1962, permaneciendo más de un año en prisión; y yo mismo, habitual defensor de procesados antifranquistas en el TOP, había padecido el que en 1962 se me retirara el pasaporte, que no me fue devuelto hasta 1971, y hubiera soportado imposiciones de multas gubernativas por aquella peculiar legislación contra los que eran hostiles a los Principios del Movimiento. En resumen, éramos carne de cañón en una eventual y más que previsible represión, que podíamos pensar podía ser feroz.
He aquí la enorme sorpresa: en aquellos casi quinientos kilómetros de carretera –máxime tratándose de una carretera que conducía al País Vasco y de consuno a Francia- no vimos ya algo tan elemental o que la mínima prudencia policial aconsejare, tal como un control, sino que ni siquiera vimos una triste pareja de la Guardia Civil de Tráfico –yendo, como íbamos, con una extrema y preocupada atención.
Es decir, parecía como si alguien se hubiere preocupado de retirar controles, justamente lo contrario de lo que el policía más torpe hubiera ordenado hacer.
Más aún: me consta –por un concuñado mío, que en la noche de ese 20 de diciembre pasó la frontera hispano-francesa por Irún para ir al Casino de Biarritz- que en esas horas nocturnas no sólo la frontera estaba franca sino que ni pedían en la garita policial la exhibición del pasaporte.
Las reflexiones que durante tanto tiempo me hice al respecto, me afloran con la lectura de lo que usted apunta –o más que apunta- en su Don Juan, libro del que únicamente me arrepiento haber tardado tanto en comprarlo e iniciar su lectura. Debo confesar que la vida y andanzas del Rey me eran absolutamente tangentes. Fue mi hermano Enrique quien durante meses me estuvo dando el coñazo para que lo leyera, aduciendo que era un libro extraordinario. Felizmente le hice caso, como al principio he señalado, he obtenido uno de los mayores placeres literarios de mi vida.
Con admiración, cordialmente,
Fernando Múgica."

Luis María ANSON

de la Real Academia Española

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