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Revolucionarios miserables

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 11 de febrero de 2011, 21:36h
Cuando uno está dispuesto a matar para cambiar el régimen o conseguir la independencia sólo puede conocer su vida dos situaciones: o la muerte o la conquista del poder. En palabras parecidas se expresaba uno de los padres fundadores de la Gran Democracia Americana – el más grande desde mi óptica liberal -, Alexander Hamilton, en una valiente carta al gobernador Morris fechada en Mayo de 1777. En la misma forma se expresó ante De Gaulle el antiguo terrorista argelino Ahmed Ben Bella, el primer jefe de la República argelina. Y lo mismo se atrevió a proclamar unos años antes el tunecino Burguiba. La misma coherencia revolucionaria la vemos en Tura Gaba, Philibert Tisiranana, Fulbert Yulú, Barthélemy Boganda, León M ´Ba, Uezzin Culibali, Suru-Migan Apithy, Moktar Uld Daddah, Seku Turé, Mamadu Diá, Djibo Bakari, Hamani Diori. E incluso grandes intelectuales humanos y humanistas, renuentes siempre al asesinato de cualquier ser humano, como Leopold Senghor y Patricio Lumumba, aceptaron resolutivos las dos únicas alternativas de un destino que se oponía sin condiciones a la coyuntura. ¿Y qué decir de Nasser, Ben Gurión, el gran padre del Estado de Israel, y tantos otros independentistas y padres fundadores de naciones cuyos expeditivos métodos los pusieron en esa única y honestamente fatal alternativa?

Pero eso no tiene que ser así en la tierra de Indíbil y Mandonio, los grandes antecedentes del transfuguismo político. Ayer a favor de Cartago contra Roma, y hoy a favor de Roma contra Cartago. Con un par, que diría con fineza la exquisita y erudita ministra socialista. Es que aquí el revolucionario o independentista violento, por sus devaneos oportunistas, suele devenir en malhechor cobarde. No es un hombre severo, es una alimaña despreciable con el peligro que nosotros mismos le permitimos tener. Quienes ayer jaleaban, alimentaban, mimaban, glorificaban, bendecían, adoraban, exaltaban, y santificaban a los asesinos de mil españoles, entre quienes se encontraban hombres, mujeres, niños, bebés o ancianos, en un frenesí tribal por acabar con el odiado Estado español, hoy quieren acogerse, como buenos hijos, o mejor, agarrarse, a la teta de tibia leche de ese Estado detestable, burgués, pero acogedor y calentito. Pero esto es normal en la tierra de los grandes tránsfugas Indíbil y Mandonio, a quienes se eleva estatuas, como a Harmodio y Aristogitón, de Medardo Sanmartí. Es que precisamente es la tierra de un pueblo en que después de descerrajar seviciosamente la ETA dos balazos en la cara de un padre que pasea por la calle con su hijo de tres años, se inhibe con basáltica indiferencia durante dos largas horas ante la loca carrera del niño lloroso, moqueante, con su cabecita y corazón descoyuntados por el espanto. Un pueblo largamente bastardeado por su cobardía congénita, lograda, quizás, por una cuidada selección durante la última guerra civil, en la que los dos bandos se encargaron de eliminar la mayor parte de los ejemplares de la tribu nacional más dignos, más nobles, más valerosos, más libres y, por ende, más morales. Somos los descendientes de los cobardes, de las almas anémicas. ¿Cómo si no explicar esta mansedumbre de bueyes ante las ignominias con las que se nos hiere todos los días? ¿Esta esterilización del pensamiento por el virtuosismo de lo políticamente correcto?

¿Se imaginan en los EEUU que los asesinos mayores de treinta años que esperan en el corredor de la muerte se presentasen a las elecciones para entrar en el Senado? Pues algo así pasa en el país de Indíbil y Mandonio, cuando el entramado etarra quiere ¡de nuevo! entrar en las instituciones para, entre otras cosas, limpiar la calle inmediatamente de la sangre que dejan las víctimas de sus heroicos socios. Para esto, ¿no hay memoria histórica? ¿No hay memoria histórica sobre la ley del silencio ignominioso impuesto en el País Vasco durante los últimos cuarenta años? ¡Qué suerte tienen estos antiguos exaltadores de asesinos pertenecer a un país que ejerce como ningún otro la ataraxía, la apátheia, o eso que nuestro viejo paisano Sénaca llamaba “impatientia”, que es, qué cosa, lo contrario a la impaciencia! Somos un tipo curioso de estoicos, que no usa la imperturbabilidad del ánimo para despreciar los males e incomodidades que puede aparejar la defensa de la libertad y la dignidad humanas, sino para resistir con resignación granítica, de encina, los males inherentes a la servidumbre.

La única generosidad posible, infinita, casi culpable, que puede tener la sociedad española para con el entorno de ETA es olvidarnos activamente de él, condenarlo al ostracismo político con una indiferencia dolorosa. No nos pueden pedir más. A no ser que ya estemos en el grado patológico de aquella indignidad moral que algunos psiquiatras estudiaron y percibieron en algunos pobres judíos que sobrevivieron a los campos de concentración, que a base de rebajarlos moralmente los nazis de un modo sistemático, privándoles de todo atisbo de dignidad humana, llegaron a ver a sus propios verdugos, a sus propios asesinos, como una raza verdaderamente superior, envilecidos ellos mismos por la barbarie.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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