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El sexo de los ángeles

José María Herrera
sábado 12 de febrero de 2011, 16:34h
En 1268, muerto Clemente IV, diecisiete cardenales se reunieron en Viterbo para elegir sucesor. Tras tres años de infructuosas discusiones, ningún candidato fue capaz de recabar el apoyo suficiente para ocupar la silla de Pedro. Lejos de azorarse, los príncipes de la Iglesia parecían no tener ninguna prisa por designar al nuevo pontífice. Servidos por numeroso séquito y agasajados por los emisarios de todos los reinos de Europa, se encontraban de maravilla en la plácida ciudad del Lacio. Aunque la presencia de tantos dignatarios favorecía la actividad comercial, la situación se fue volviendo insostenible. Cada uno de los trece cardenales pretendía ser obedecido como si fuera el Papa. Harto de ellos, Alberto de Monteborno, señor de Viterbo, mandó un día a su guardia al palacio donde tenían lugar las reuniones y anunció al colegio cardenalicio que, a fin de facilitar el descenso del Espíritu Santo sobre sus cabezas, iba a arrancar el techo de la sala, cerrar sus puertas con llave (el término cónclave -cum clave, bajo llave- surgió entonces) y reducir al mínimo sus suculentas raciones de comida. La orden se ejecutó de inmediato y tan severamente que en las siguientes jornadas ni siquiera se hizo una excepción con cierto cardenal aquejado de una grave enfermedad. Muy poco después se conoció al fin el nombre del nuevo papa, Teobaldo Visconti, obispo de Piacenza, luego Gregorio X.

Setecientos cuarenta y tres años más tarde, en otro punto de la vieja Europa, una senadora del partido socialista flamenco de Bélgica, irritada con la situación política que atraviesa su país, ha hecho una propuesta que recuerda vagamente la solución viterbina. Desde las últimas elecciones celebradas en junio, los belgas están sin gobierno. Valones y flamencos son incapaces de llegar a un acuerdo. El Estado belga sigue funcionando, y no peor que en otros países del continente dotados de un dinámico poder ejecutivo, pero esto, tan curioso, disgusta a Marleen Temmerman, la senadora que para sacar a su tierra del atolladero ha pedido a las esposas de los representantes belgas que desempolven el cinturón de castidad y le echen la llave.

El proyecto Temmerman no es original. Aristófanes jugó ya con él en una de sus comedias. Las mujeres de Atenas deciden presionar a sus maridos no presionándolos ni dejando que ellos las presionen. Por supuesto, se trata de una broma, no de un verdadero programa político. Los griegos se partían de risa con cosas que ahora se dicen en serio. Además, los miembros de la asamblea ateniense eran varones. La senadora Temmerman ha pasado por alto este pequeño detalle al exceptuar a los maridos de las políticas belgas de su proyecto de abstinencia conyugal. La exclusión mosquea un poco porque le sirve a ella para eludir el racionamiento. Aunque políticos y sindicalistas nos han habituado a este tipo de escamoteos, dudo que la omisión sea deliberada. Digamos que ni siquiera ha caído en ello, quizá porque no es propio de la mujer incurrir en el vicio masculino de la discriminación. En cualquier caso, y pese a la ridiculez socialista de la medida que ha propuesto para resolver los problemas de su país, Temmerman ha abierto sin querer una interesante polémica: ¿tienen los políticos vida sexual dentro del matrimonio?

Napoleón Bonaparte solía citar a sus generales con estas palabras: “mañana, a tal o cual hora, bien aseados y masturbados”. El emperador corsario estaba convencido de que se discurre mejor con el cuerpo libre de deseos que atribulado por las pasiones. La senadora Temmerman, que quizá ha nacido cerca de Waterloo, cree lo contrario. Por eso imagina que el destino de Bélgica podría desenredarse si a sus políticos les apretara un poco más la concupiscencia. Ni que decir tiene que se trata de una mujer de progreso y que, además de ejercer la ginecología y la obstresticia, profesa la sexolatría, esa nueva superstición según la cual no hay nada que merezca realmente la pena fuera de nuestro aparato reproductor.

Los predicadores patrios se abalanzaron sobre el Papa cuando dijo que el mejor remedio contra el sida era la castidad. No quiero ni imaginar lo que harán ahora cuando se enteren de que la castidad vale también para resolver problemas históricos y sociales. Pero la señora Temmerman no es la cabeza visible de ninguna religión carpetovetónica y algún motivo tendrá para creer que a los políticos se les puede atar corto tratándolos como concursantes del gran hermano. Sólo así se explica que unos días de abstinencia sexual le parezcan a ella tan persuasivos como el frio y el hambre que los viterbinos hicieron pasar a los cardenales. Berdusconi, al parecer, no es una excepción. Claro que quizá la senadora belga se equivoque. Los socialistas tienden con demasiada facilidad al optimismo. Acuérdense del día que estuvimos a punto de convertirnos en la otra pata de la historia universal. Particularmente, no es que dude de que el sexo posea en la vida humana la importancia que le atribuyen los profesionales del entretenimiento, pero me cuesta admitir que un político, o sea, un individuo cuya vocación de servicio público es inversamente proporcional a su aptitud para aguantar en casa un minuto sin deprimirse, vaya a cambiar de parecer respecto de cuaquier asunto porque su legítima sustituya el salto de cama por el braguero de hierro. Si de mí dependiera, aunque quién soy yo para meterme en estos lodazales, no privaría a los políticos belgas de las quiméricas delicias del sexo, sino que emularía al señor de Viterbo: los reuniría en una sala, arrancaría el techo para obligarles a sufrir el benigno clima del país y no volvería a pasarles un solo mejillón ni una sola ramita de apio hasta que no resolvieran sus diferencias.
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