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La niebla de la política

España después de Zapatero

jueves 17 de febrero de 2011, 08:35h
La victoria electoral del Partido Socialista en las elecciones generales de 2004 dio paso a una voluntaria y decidida rectificación de la política exterior seguida por los gobiernos Aznar, que en buena medida era continuación de la heredada del período González. El nuevo gabinete no sólo llevó a cabo cambios significativos sino que además los escenificó, haciendo gala de ello y tratando de lograr el máximo rédito político. Sin embargo el gobierno de Rodríguez Zapatero no fue capaz de establecer una política coherente alternativa a aquella que quería sustituir. Ideología, prejuicios y sectarismos dieron paso a un conjunto de actos desordenados e incoherentes, dejando siempre de lado la defensa de los valores recogidos en nuestra Constitución y los legítimos intereses de estado.

Siete años después esa política ni siquiera existe. Como en otros frentes de la acción gubernamental la diplomacia se ha descompuesto a la vista de sus resultados y su intrínseco sinsentido. No hace falta esforzarse mucho para explicar a cualquier persona que en Estados Unidos, nuestra gran potencia de referencia, pintamos poco. Bush se fue, Obama llegó, Zapateró rezó con él y aún así seguimos como estábamos. En América Latina hemos hecho el ridículo apoyando a liberticidas aspirantes a heredar el trono de Fidel, perdiendo con ello el prestigio acumulado por la defensa de la democracia y los mercados abiertos. Las Cumbres siguen en pié, pero sin agenda ni sentido. En Europa dejamos de estar en el pelotón de los escapados para convertirnos en el más destacado de los que conforman, para vergüenza nacional, el de los rezagados. No sólo no aportamos sino que hemos pasado a ser un problema, un obstáculo para avanzar en el proceso de integración. ¡Qué decir de nuestra política árabe! ¿Dónde quedó la Alianza de las Civilizaciones? La dejación ante Marruecos es tan humillante como insensata; nuestra aproximación a los islamistas irresponsable; la renuncia a defender los valores democráticos una apuesta hacia el descrédito; nuestro reacción ante la revuelta popular que arrasa los regímenes del Norte de África un discurso vacío.

Hoy nuestra ministra de Exteriores mantiene una agenda discreta y carente de contenido real porque España carece de una política exterior que de sentido a la acción cotidiana de nuestra diplomacia. En Europa, nuestro campo de acción principal, nos sentimos orgullosos de que la señora Merkel no nos humille en público, mientras dicta a nuestro Gobierno las medidas que debía haber adoptado hace tres años. En una década hemos pasado de marcar el programa de reformas para hacer competitiva la economía europea y de llamar la atención a Francia y Alemania por incumplir el Pacto de Estabilidad a la humillante situación en la que hoy nos encontramos. No sé si esto es el “corazón de Europa” al que nuestro presidente se refirió cuando accedió a la Moncloa. Nuestra ministra se esfuerza en dar sensación de normalidad porque su ausencia es lo único evidente. Hemos tocado fondo, los discursos progres ya no convencen ni a los propios y el actual gobierno no va a ser capaz de rehacer lo que con tanto empeño se ocupó de destrozar. A lo peor todo fue una ilusión y la sociedad española no quiere más que ocupar un discreto rincón a la sombra de la Unión Europea, el mismo que franceses y alemanes nos tienen reservado.
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