La miseria de la cultura conservadora
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 18 de febrero de 2011, 17:44h
Mal comenzamos, sin duda, cuando el balance de un veintenio de quehacer cultural se intitula bombásticamente una tarea “bien hecha”; y peor se prosigue al enumerar sin la menor expensa autocrítica los trabajos y los días de los distintos organismos y centros que constituyeron, no ha mucho, la armazón doctrinal de una formación política que aglutinara a una muy extensa y muy respetable y digna porción de la ciudadanía española en su desenvolvimiento más inmediato. Pues, en efecto, en el mundo de cultura todo es -o debe ser…- matiz, insinuación, distingo, contención, autocrítica y todo ello falta clamorosamente en la sinopsis histórica descrita con muy grueso trazo por los principales pilotos de una empresa intelectual llamada a una estela más fecunda de la dejada del desapacible y, en amplios tramos, yermo panorama de la cultura española hodierna. Tan esperanzador destino podía prometerse, incuestionablemente, de las labores que figuraban en su inicial hoja de ruta y en las muchas personalidades relevantes que en todas o casi todas las parcelas del saber y el conocimiento alistadas para su realización. La sólida cobertura económica que respaldaba el proyecto era también otro importante motivo para albergar los mejores augurios acerca del primer gran proyecto cultural de signo conservador en el marco de la restaurada democracia.
Desventuradamente, no fue así. Ni medios ni hombres escasearon; pero faltó lo esencial en una tarea de la naturaleza de la señalada. La planificación fue, a no dudar, la gran ausente de la aventura intelectual mencionada. No había que obnuvilarse con rellenar casillas más o menos teóricamente de actos y publicaciones, sino de procurar a toda costa que el mensaje trasmitido en ellos llegara a capas de población con verdadera presencia –también o, sobre todo, futura- en los sectores más dinámicos de la sociedad. Mil pruebas semejan deponer que tal camino no se anduvo, antes el contrario. Los índices de lectura, por ejemplo, de las obras de mayor porte de las diversas colecciones del ideario conservador editadas por la institución que nos ocupa descorazonarían al más ardido de sus propulsores, por su nimio o nulo eco en los ambientes universitarios de las Facultades humanísticas de toda la nación. Con igual propiedad, otro tanto cabría afirmar de su comparecencia en las principales tribunas críticas, más allá, claro es, de algunas reseñas de comprensible u obligada inserción. Y nada se diga, por supuesto, de la presencia y venta de dichas publicaciones en librerías y grandes superficies comerciales. La generosa y semiuniversal donación de los numerosos y, a las veces, muy enjundiosos títulos del dilatado catálogo bibliográfico aludido, no pudo paliar de ordinario la carencia de eco en las esferas en vanguardia de la andadura cultural y científica del país. Los instrumentos informáticos de “última generación” testificaran irrefragablemente acerca de la ínfima o insignificante audiencia del pensamiento conservador generado y alentado por la Fundación cultural cuyas vicisitudes inspiran estos renglones.
Bien se entiende que su maltrecha travesía no tiene como únicos responsables a los cuadros directivos de la corporación, no pocos de ellos de envidiable currículo en sus actividades profesionales, incluidas, en ocasiones, las universitarias. Causas más hondas y, a la moda del día, “estructurales” se dan cita en el pesaroso fenómeno de la postración de las ideas conservadoras en la España del periodo felizmente inaugurado en 1975, como intentaremos esbozar en un próximo artículo.