El mejor amigo del perro
sábado 19 de febrero de 2011, 15:46h
Nunca he entendido bien por qué se dice que el perro es el mejor amigo del hombre. Imagino que tiene que ver con su proximidad doméstica –pocos encuestados apostarían por la nutria o el demonio de Tasmania- y más aún con la indomable perseverancia de los tópicos. Éste, sin embargo, es relativamente reciente. Su padre fue un abogado americano de fines del XIX. George Vest saltó a la fama en un juicio por asesinato de un galgo. Representaba a la parte acusadora y en su alegato final hizo un apasionado panegírico de las cualidades caninas. Fue entonces cuando pronunció la dichosa frasecita. Su Elogio del perro no es como el Elogio della mona de Baffo, pero a los amigos de los animales les sigue complaciendo tanto que en algunas perreras se exhibe en la puerta de entrada igual que en las escuelas británicas colgaba antaño un célebre poema de Kipling.
Una de las tesis que Vest sostuvo en aquel famoso alegato es que “el perro sólo pide el privilegio de acompañar a su amo para defenderlo de sus enemigos”. La idea es hermosa y lo sería más si fuera verdadera. Pero no lo es. El hecho de que a veces salte a las portadas de los diarios algún chucho heroico que salvó a su amo de una muerte segura sólo prueba que este tipo de comportamientos constituyen una excepción. Igual pasa con los honrados ciudadanos que devuelven carteras atiborradas de euros. Las noticias de deslealtad canina quintuplican de hecho a las contrarias. La última la ha protagonizado cierto policía municipal de un pueblo de Málaga. Salió a dar un paseo nocturno vestido de paisano junto a su mascota cuando varios gamberros, ignorando su condición de fuerza pública, se abalanzaron sobre él para robarle. ¿Qué suponen que hizo el perro? Huir. Cuando el malherido municipal, al que propinaron una buena paliza, llegó al portal de su casa, halló allí a su leal camarada, gimiendo lastimeramente y meneando la colita.
Nada tengo contra los canes. Lo que me fastidia es que se hable tanto de su amistad. Hace muchos años, Wenceslao Fernández Flores, harto también de monsergas, se vio obligado a demostrar que el mejor amigo del hombre no es el perro, sino la sardina. ¿Cómo explicar si no ese hecho asombroso que es que un pescador se adentre con su barquichuela en el mar, arroje una red al agua y la sardina, con todo el espacio de que dispone, acabe en el cesto? Una idea parecida llevó a Saki, el macabro cuentista británico, a defender que el mejor amigo del hombre es la ostra. “No hay nada en el mundo que pueda compararse en generosidad a una ostra; no sólo nos perdonan nuestra falta de piedad cuando nos las comemos, sino que incluso la justifican y nos invitan a seguir devorándolas.” Admito que de acuerdo con este argumento podríamos decir lo mismo del erizo o del percebe, pero la verdadera carga de profundidad de la tesis de Saki no está en el detalle, sino en su comprensión de que la esencia de la amistad no radica en la fidelidad, sino en la generosidad, una virtud ahora muy devaluada por culpa de los políticos que la practican a nuestras expensas.
¿Se han preguntado ustedes alguna vez de dónde le viene al perro su fama de buen amigo? Mi hipótesis es que tiene que ver con la pintura. La costumbre de retratar a los reyes junto a sus perros demostró que eran animales dignos de toda confianza. En cambio, la ostra y la sardina nunca han dado ningún juego estético. Una gigantesca criatura marina, con una boca inmensa, similar a la ballena que se tragó a Jonás, puede servir para simbolizar el infierno, pero un pececito, no digamos un molusco bivalvo, a lo más a que pueden aspirar es a rellenar un hueco en un bodegón o a insinuarlo en una escenita subida de tono.
Los perros, como el resto de los animales, coexisten con nosotros, pero dudo que nos amen. No digo, como Malebranche, que sean simples máquinas, pero tampoco creo que haya que atribuirles sentimientos demasiado humanos. Hegel, desde luego, se pasó tres pueblos al decir que “la figura humana es, para el animal, el modo como el espíritu aparece”. Aristóteles, padre de la ética, se hubiera extrañado de que alguien empleara la palabra “amistad” para hablar de las relaciones entre hombres y animales. Sólo pueden ser amigos los iguales. Claro que: ¿acaso no lo somos? Reputados científicos están convencidos de ello porque tenemos tantos genes en común que no creen que merezca la pena marcar diferencias. El argumento es tan convincente como el de esos historiadores del arte que creen haber dilucidado el misterio de un cuadro remontándolo a otro previo que lo inspiró y el cual explican a su vez diciendo que anticipó al primero.
La relación del hombre con el animal ha cambiado mucho en el último siglo. De ahí las dificultades que tenemos para ubicarlos. Lamentablemente, la época ha mostrado hasta ahora poca cordura al respecto. Ya hay gente que lega sus bienes al perro. Los buenos sentimientos se anteponen a cualquier consideración. Quien soporta en sus carnes esta tendencia buenista es nuestro sistema jurídico. Igual que existen leyes que discriminan en nombre de la igualdad es posible que mañana se permita a los animales ostentar un título de propietario. Cuando esto ocurra habremos sucumbido a la retórica. Mientras llega ese día les recomiendo buscar a sus amigos entre los hombres. Ya sé que es difícil, pero si les cuesta lean aquel famoso librito titulado “Cómo hacer amigos en una semana”, y si les va mal, ataquen la continuación, “Cómo quitárselos de encima”.