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Cartas para Antonio Machado

martes 22 de febrero de 2011, 21:04h
“Empiezo a comprender el valor de las cartas: en ellas se dice lo que se siente, fuera del ambiente social, donde ni el hombre se oye a sí mismo ni oye a su prójimo”, escribe Antonio Machado a Miguel de Unamuno, epistológrafo confeso, en 1918.

Casi un siglo después, hoy, tercer domingo del mes de febrero de 2011, leo en El País un reportaje acerca de ciertas misivas de otra índole dirigidas al autor de Juan de Mairena. Un veintidós de este mismo mes, miércoles de ceniza, del 1939, terminó por siempre la aflicción y el peregrinaje de Antonio Machado Ruiz.

Junto a su tumba, en el cementerio de Collioure donde reposa en compañía de su madre Ana, quien abandonó este mundo tres días después que su hijo, la fundación que en la bonita localidad francesa lleva el nombre del poeta sevillano instaló un buzón en 1983, un cuarto de siglo después de que sus restos se depositaran en la mencionada sepultura, sufragada por amigos y admiradores.

Pretendían de esta forma los responsables de la institución salvaguardar el fondo que se iba acumulando poco a poco e indagar las características del peculiar epistolario al más allá. Durante los primeros años se recogieron unos dos mil escritos, si bien muchos de ellos se han perdido.

Quería José que su madre y su hermano Antonio fueran algún día trasladados al suelo de Castilla. Pero, hasta ahora, tal deseo no se ha cumplido. Y el camposanto del pueblo de pescadores, pintado por Henri Matisse y André Derain, se ha convertido en un punto al que acuden visitantes y curiosos llegados de aquí y allá, no sólo españoles.

Pocos de los depositantes actuales conocerían a Machado en persona. No obstante, la foto de El País muestra una carta colocada sobre la lápida con una notable y primorosa caligrafía. Su autor y amigo aparente del poeta le recuerda en el escrito que ambos se encontraron en una calle de Madrid en 1937. Entonces, le prometió que le enseñaría un poema, mas no tuvo ocasión de hacerlo, así que acude a satisfacer el compromiso antaño contraído. Firma V.B. Lo de menos es si lo que dice ocurrió en realidad o en la imaginación.

¿A quién se dirigen, en su fuero interno, por mediación del poeta, sus corresponsales?

Ramón Gómez de la Serna escribió un libro en verdad maravilloso titulado Cartas a mí mismo. En una breve advertencia, a modo de prólogo, precisa que fue la gran soledad del momento la impulsora de las singulares cartas de ida y vuelta.

No obstante, yo me temo que los motivos de los que van en procesión a Collioure son, en muchos casos, menos nobles y plausibles. El artículo antedicho tenía un titular muy rimbombante y nada machadiano: “Antonio Machado sube al altar”.

No creo que sea el lugar adecuado para un poeta tan grande. Le cuadran mejor otros sitios más caseros, naturales, abiertos o íntimos.

Decía Juan Ramón Jiménez en el año 1944, con motivo de un prólogo simplista y sesgado que se publicó en México con un libro de Antonio Machado, que en él se unen tres poetas: uno, el discípulo de Rubén Darío; otro, el delicado discípulo de Bécquer, hijo del simbolismo francés y admirador de Unamuno, el mejor,-en su criterio- y el que sobreviviría en la memoria y en los labios de los lectores; el tercero, el épico, el más vulgar en los dos sentidos, era –siempre a juicio de Juan Ramón- el más exaltado tras la guerra en España por escritores españoles y extranjeros de los dos bandos y, antes, por los tradicionalistas, aficionados ellos a encinas, arados, olivos, tipos castizos y tópicos literarios del Romanticismo inserto en la Generación del 98. En suma, un Machado más filosófico que metafísico, muy siglo XIX.

Las guerras, siempre exaltan lo grosero, piensa el poeta de Moguer, y de ahí que no deban mezclarse con la lírica.

No parece prudente corregir a Juan Ramón. Al menos, yo no tendré tal atrevimiento. Tampoco a Víctor Márquez Reviriego, periodista solvente y documentado a quien oí contar que los dos hermanos Machado poetas, Antonio y Manuel, estuvieron a punto de ser asesinados en la guerra, el primero a manos de los milicianos, y el segundo de una escuadrilla matarife del otro bando.
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