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El arte muere de rodillas

miércoles 23 de febrero de 2011, 14:35h
La financiación pública a los museos ha caído estrepitosamente. Esta frase no contiene ninguna revelación ni afecta sólo a España. Todo el ámbito artístico europeo y norteamericano se resiente. “Papá Estado” ha recortado la asignación semanal y hay que conseguir ingresos para seguir adelante. Algunos nunca lo han hecho y están un poco oxidados, se les ocurren pocas ideas para atraer a inversores, que tampoco están en su mejor momento. En Francia, han decidido tirar hacia delante y han plantado un cartel de Chanel nº 5 en la fachada del Museo d’Orsay. Es publicidad, sí, pero es Chanel que parece tener cierta patente de corso para no ser considerado una campaña comercial sin más. En el Museo del Louvre han recurrido a la suscripción popular para completar los cuatro millones de euros que costaba el Cranach que quería adquirir. La fórmula de la suscripción popular es vieja y eficaz. En Madrid puede leerse en multitud de placas que dicha estatua fue erigida por suscripción popular, como la de Espartero en la calle Alcalá de Madrid. Famosa por los símiles entre la escultura y la valentía.

No hay tantos inversores, y no deberíamos estar tan exquisitos pensando en quién está bonito que nos dé el dinero y quién no. Resulta sorprendente que a los responsables de marketing y patrocinio no les parezca mal que un banco done dinero a instituciones culturales y en cambio, una marca como Coca-Cola no sería de agrado de la “intelligentsia”. He escuchado varias veces este comentario y aún no entiendo a qué se debe esta discriminación: un banco es una empresa que logra sus beneficios gracias a la usura, sólo que llamándolo interés variable o fijo, comisiones, penalizaciones, etc… y la marca americana es un ejemplo de empresa que logra sus beneficios comercializando una bebida que a la mayor parte de la población le gusta bastante. Trasfondo imperialista de fondo, sí, como el que ejerce cualquier multinacional actualmente.

Y a lo mejor detrás de todo esto, hay un doble juego: por un lado me posiciono como un defensor a ultranza de la noción de aura de Walter Benjamin y confío en mantener aquella lejanía imaginaria consustancial a la obra de arte y sólo permito asociarla con unos cuantos iniciados. Por otra parte, reproduzco la obra en mil láminas e imanes para frigoríficos pero no quiero que ninguna bebida de logo impecable patrocine su exhibición.
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