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La cultura y los complejos del centro-derecha en Cataluña

Jordi Canal
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jcanalelimparciales/7/1/7/19
jueves 24 de febrero de 2011, 13:15h
El nuevo gobierno de la Generalitat, presidido por Artur Mas, indiscutible ganador de las últimas elecciones autonómicas en Cataluña –el pasado 28 de noviembre-, no muestra, por el momento, signos de gran dinamismo. Cierto es que la herencia recibida es peor de lo esperado y ahora ha llegado el momento de arreglar los innumerables desaguisados y derroches tripartitos, pero el prometido “gobierno de los mejores” solamente ha resultado una realidad a medias, el soberanismo y un cierto victimismo han sido rápidamente recuperados –la cita electoral creó un espejismo de moderación en este campo- con la excusa de eso que ha venido en llamarse desafección y, asimismo, está fallando la política comunicativa. Habrá que esperar, sin embargo, un poquito más antes de poder analizar con más detalle su acción.

Como quiera que sea, el nombramiento de Ferran Mascarell al frente de la Consejería de Cultura de la Generalitat de Cataluña merece desde ya algunos comentarios. Se trata del único consejero que procede directamente de otro partido adversario, en este caso el PSC, respondiendo a la idea proclamada por Mas de un gobierno con amplia representación ideológica. Algunas personas no han dudado en hablar de “fichaje”. Mascarell es una persona con una larga trayectoria en las filas de los socialistas catalanes y, además de haber sido consejero de Cultura con los gobiernos tripartitos -aunque por poco tiempo, con anterioridad a que regalasen irresponsablemente este terreno sensible a los independentistas de ERC-, aspiraba a ser alcalde de Barcelona por su formación política (después, como sabemos, empezó el fallido experimento Tura contra Hereu, del que este último ha salido ganador este pasado domingo).

La maniobra recuerda doblemente a la perpetrada en junio de 2009, en Francia, por Nicolas Sarkozy al ofrecer el ministerio de Cultura y Comunicación a Frédéric Mitterrand, con resultados, por ahora, no especialmente brillantes, polémicas al margen. Constituye, en primer lugar, una manera de debilitar al adversario derrotado, mostrándole, al mismo tiempo, la capacidad de atracción del proyecto propio. Mientras que Sarkozy se apoderaba sobre todo del apellido Mitterrand, Mas hacía lo propio con la principal cabeza pensante socialista en el campo de la política cultural. Y, asimismo, desactivaba la candidatura de Mascarell a la alcaldía de Barcelona en beneficio del candidato Xavier Trias, con muchas posibilidades de imponerse si el alcaldable socialista es el actual alcalde Jordi Hereu. La maniobra de Mas ha tenido, no obstante, algunos efectos colaterales internos. Ha frustrado a los miembros de CiU que esperaban cargos en este área, puesto que Mascarell se ha rodeado de bastantes militantes y simpatizantes socialistas, y, asimismo, ha abierto una crisis en su propio partido en la ciudad de Gerona, con el nombramiento al frente de la secretaría general de Patrimonio de la Consejería de Cultura de Joan Pluma, “azote” de convergentes en aquella alcaldía y blanco principal de las críticas y denuncias de aquellos.

La cuestión más estrictamente estratégica o politiquera no es, sin embargo, la que más me interesa comentar. Tanto Mascarell como Pluma son, al margen de ideologías, dos grandes profesionales de la política. Conozco muy bien a Joan Pluma desde la época universitaria y puedo asegurarlo. Lo que resulta inquietante, desde mi punto de vista, es el segundo de los aspectos que convierte en comparable la táctica de Sarkozy y de Mas. En ambos casos, ya sea desde la derecha o desde el centro-derecha, se cede la cultura a la izquierda, como si ello fuera algo normal o, peor todavía, como si se renunciara a tener una política cultural propia. Emergen aquí, sin rubor, algunos complejos profundamente interiorizados. No es cierto, como a veces afirman algunos, que la cultura sea de izquierdas. Pero la izquierda, en general, se lo cree a pies juntillas y, lo que resulta más inexplicable, la derecha o el centro-derecha –CiU, en Cataluña- lo da por bueno con pasmoso conformismo. Artur Mas ha perdido una ocasión para mostrar que su formación tenía un proyecto cultural propio y solvente para Cataluña y ha dado la razón a aquellos demagogos que quieren hacernos creer, una vez tras otra, que la cultura es cosa de izquierdas y alérgica a toda otra posición política.

En el número de febrero de la revista Letras Libres se publica un interesantísimo artículo del poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid, “Al cielo por la izquierda”, en el que se reflexiona sobre cuestiones no demasiado distintas. Léanlo por favor. Es extremadamente lúcido y clarificador. Sus comentarios sobre la necesidad de ser de izquierdas, en México, para participar en el debate intelectual –piénsese en los ataques recibidos por Octavio Paz en el pasado, por ejemplo- son plenamente aplicables a nuestro país. No deberíamos aceptar el manido argumento de que se tiene razón solamente por estar del lado bueno, esto es, supuestamente, la izquierda, frente a los otros, los malos de la película. El liberalismo y, también el conservadurismo, tienen mucho que decir sobre estos temas. Y deben hacerlo sin complejos. La derecha y el centro-derecha deben liberarse de una vez por todas de los infundados bulos de inferioridad en el terreno cultural. Y contribuir, al mismo tiempo, a un esfuerzo, totalmente imprescindible, por desideologizar la cultura, tanto en Cataluña como, más en general, en España.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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