paso cambiado
Héroes y cobardes el 23 F
viernes 25 de febrero de 2011, 08:29h
Es interesante ver la cantidad de héroes del 23 F que se homenajean ahora, treinta años después. La realidad es que si se homenajearan a los cobardes, se encontrarían o nos encontraríamos muchos más. Porque aquel golpe no triunfó precisamente porque las masas democráticas salieran a la Plaza de la Libertad, pongamos por caso, sino por autoconsunción, desorientación, confusión y chapuza finiquitadas por un discurso del Rey, único que podía hacerlo pues su nombre fue la excusa de la intentona.
Tampoco terminó porque los partidos, muchos de cuyos líderes habían coqueteado frívolamente con la “reconducción” del sistema, pudieran movilizarse de manera alguna, entre otras cosas porque sus líderes estaban secuestrados en el Congreso. Ni porque los sindicatos se echaran a la calle, o que parte del Ejército se rebelara contra los rebeldes.
Todo sucedió de la forma natural en que conviven los sueños con las pesadillas. La sumisión social no planteó respuesta al golpe, y éste se encontró sin enemigos. Y, además, pese a sus prejuicios, tampoco con amigos, por mucho que los golpistas se creyeran las conspiraciones de salón que jalonaron aquella España convulsa de la Transición, acosada por el terrorismo, la crisis económica y la ambición territorial de las nuevas elites políticas.
Pero, ni había hordas rojas ni legiones de franquistas frustrados por la democracia. Sólo una ciudadanía que había disfrutado una democracia otorgada, sin que la mayoría la hubiera peleado, y, por tanto, que tampoco tenía los recursos morales para reaccionar contra su posible pérdida. Porque lo que dominó la Transición fue el miedo, y el sentimiento más positivo frente al golpe no fue la indignación sino el alivio. Los españoles no habían dejado de ser menores de edad política, y la lección de aquel intento que pudo acabar en tragedia tampoco aseguró su madurez, sino un cambio en la percepción del padre, que ahora pasó a ser la figura de la Monarquía de partidos.
En lo positivo, es cierto que unos valores democráticos más definidos se forjaron entre los españoles. Pero no los suficientes como para que éstos tomaran la iniciativa como sociedad civil para cimentar el sistema. Simplemente, se pasó la responsabilidad a los partidos, y éstos, sin demasiado rubor, aprovecharon los siguientes años para tomar todos los poderes del Estado como si fueran uno: el Legislativo, por elecciones; el Ejecutivo, por emanación de ése; y el Judicial, por cooptación parlamentaria.
Podemos considerar una paradoja que habiendo sido la frivolidad conspiratoria de los partidos la que dio las excusas al golpe (pues algunos de sus autores, salvo el “tonto útil” de Tejero, creían que con él agradarían desde el Rey hasta el PSOE, y desde la derecha a la izquierda), fueran ellos mismos los que se beneficiaran de aquel esperpento. Porque, en vez de tirarse ceniza en la cabeza por su irresponsable actuación, se hicieron las víctimas y reaccionaron poniéndose la cabeza de la manifestación. Lo que a todos nos pareció del mal, el menos.
Hubo tal alivio por la parada del penalti que no se reparó en pedir responsabilidades a quienes lo habían cometido. Y nadie se acordó de los almuerzos políticos (incluidos socialistas) con el Armada que iba a ser la “solución”; o con quienes se obsesionaban con un Gobierno excepcional de concentración (Felipe González); o con los nacionalistas que cimentaban su ambición con la sangre que derramaba Eta; ni con los medios que jaleábamos tanto el ruido de sables que pareció que los había en mucho mayor número. O quienes invocaron el nombre del Rey; o el propio Rey, en su “reconducción” abrupta de Suárez. O éste mismo, ejemplar en tantas cosas, como también los anteriores, pero igualmente confuso y errado, con una deriva política asombrosamente inspirada en un nuevo izquierdismo fuera de contexto, elogiable hasta por Carrillo.
Por fortuna, a los españoles nos salvó la campana al sufrir el primer golpe de Estado abortado por las nuevas tecnologías, pues su transmisión televisiva en directo dio cuenta al mundo de lo chusco de aquel desatino, y nos hizo antigolpistas (aunque fuera en silencio) por simple vergüenza. Por eso enseguida quisimos pasar página, sin escarbar demasiado. Aunque no sé si eso da como para tantas celebraciones, salvo por nostalgia de unos años en los que éramos más jóvenes.
No es una página gloriosa de nuestra historia, precisamente, ni eliminó la tendencia a la pasividad que hace que nos confiemos a la autoridad (civil, por supuesto) que administra la oligarquía política. Pero, al menos, tuvimos la suerte de mantener un marco político capaz de que yo pueda decir libremente que nuestros gobernantes son eventualmente incompetentes o corruptos y no me bombardeen por ello.