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Tras las revueltas árabes, se nos aparece una Turquía con futuro

Víctor Morales Lezcano
viernes 25 de febrero de 2011, 12:48h
En medio del “maremágnum” en que se encuentran inmersos los pueblos árabe-islámicos desde hace un par de meses -tanto en la isla de Bahreim en pleno Mar Rojo hasta alcanzar a Libia en el Mediterráneo, como desde Yemen hasta Argelia- los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea se acaban de reunir para acompasar una política en común hacia el norte de África y Oriente Próximo. Me pregunto, por mi parte, si se conseguirán establecer pautas y recursos adecuados a los países de la otra orilla del “Mare Nostrum”, cuyas revueltas han deshecho la poco sólida construcción de la “Unión para el Mediterráneo” fabricada por un partenariado tripartito franco-egipcio-catalán.

Espero que los eurócratas de turno se den cuenta, en frase de Garton Ash, de que “éste no es sólo un momento de oportunidades, sino también de peligros”. Y me veo impelido a subrayar que, a contraluz de la revuelta revolucionaria del Mundo Árabe, resalta la intangibilidad de Turquía.

En dos entregas a EL IMPARCIAL, fechadas el 9 y 17 de septiembre de 2010, puse de relieve la importancia del referendo constitucional que el gobierno de aquella nación sometió a aprobación por parte de la ciudadanía turca. La votación arrojó un 58% de electores favorables a la propuesta del gabinete islamo-moderado que preside Erdogan. Un 42% votó en contra de esa reforma, oposición encabezada por el Partido Republicano del Pueblo -de signo kemalista, heredero de la revolución laica que culminó en Turquía entre 1923-1924-.

Desde entonces, la tensión entre ambas formaciones políticas, el electorado respectivo que la apoya, y la opinión pública en general, han configurado el perfil político-ideológico de la sociedad turca actual.

Más allá de lo que pesen las retaguardias intelectuales que encarnan figuras como el Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk; la eminencia gris del gabinete Erdogan, Fethullah Gülen; Ismail Serageldin, “scholar” de cuño liberal, donde lo haya, y otros polemistas de índole variopinta, cual es el caso de Hanefi Avci, los meses que han transcurrido desde la Consulta celebrada en el mes de septiembre último, no han hecho sino connotar el Partido de la Justicia y el Desarrollo como probable ganador en las elecciones generales previstas para el 12 de junio del año en curso. Los pronósticos demoscópicos conocidos hasta el momento apuntan a un nuevo triunfo de los islamo-moderados. Cumplirían, por tanto, diez años de mandato en una potencia regional que ha logrado convertirse en un “Mittelpunkt” del Oriente Próximo.

De una parte, Turquía no se ha inclinado hacia manifestaciones muy demostrativas de la preferencia confesional “sunni”; de otra, parece estar a salvo de las revueltas revolucionarias que vienen agitando últimamente el Mundo Árabe.

En cuanto a proyección exterior, el gobierno de Ankara no se ha distanciado de los Estados Unidos, aunque sí haya recriminado a Israel las acciones anti-palestinas que Netanyahu viene consintiendo en la franja territorial de Gaza. Por ello, precisamente, Erdogan ha conquistado el fervor admirativo de millones de árabes, actualmente en plena ebullición popular.

Más de alguna pluma con notoriedad en el campo del ensayo de factura político-cultural, como es el caso de Tariq Ramadan, ha ensalzado a la Turquía democrática en calidad de modelo atractivo, factible y con porvenir dentro del Mundo Árabe; elogio que suena excesivamente coyunturalista y precipitado, aunque no sea sino una opinión laudatoria entre otras muchas, más abundantes en los medios estadounidenses concernidos con el auge de Turquía, que en los círculos europeos de Catherine Ashton o Angela Merkel, muy reservados con su plena integración en la Unión Europea. Está claro que el descontento reinante en las instituciones más responsables de la acción exterior de la Unión Europea desde que se puso en marcha la revuelta revolucionaria de los pueblos árabes, está dejando sin voz al continente europeo en uno de esos “virajes” históricos que cambian de manera inexorable el curso de las relaciones internacionales.

Si, por ejemplo, España y Portugal lograran aglutinar un sector europeísta no refractario al ingreso de Turquía en la Unión Europea, una vez que este país llegara a cumplir con los requisitos “sine qua non” establecidos en Bruselas, no sería aventurado calcular que Oriente Próximo podría encontrar, en Ankara, un “procurador” inteligente en el seno de la Unión, como podría llegar a serlo incluso para el Magreb. Máxime cuando, como es previsible que suceda, al final de las revueltas que siguen arreciando en el Mundo Árabe, la política mediterránea de la Unión Europea habrá de replantearse -redefinirse- en otros términos diferentes a los que ha animado, con no mucho vigor, el partenariado que se pergeñó en la Conferencia de Barcelona (1995), y que ha dado al traste con la “Unión para el Mediterráneo” de Sarkozy y de sus adláteres oportunistas.

El futuro de la cooperación entre las naciones y pueblos mediterráneos yace, también, en su justa medida, en la península de Anatolia. Y si no se ve así, ahora, dése tiempo al tiempo.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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