Hu Jintao, Obama y la cerveza china
sábado 26 de febrero de 2011, 13:32h
Cada vez que voy a un restaurante chino y pido una Chintao, me acuerdo de Hu Jintao. La Chintao es una cerveza china suave y sabrosa, con alto contenido de arroz. Acompaña muy bien platos suaves y especiados también. Es especialmente agradable en verano.
Cuando empecé a pedir una, me hacía un lío con Hu Jintao, y en vez de vez pedir una Chintao, acababa pidiendo una Jintao. Los camareros, de nacionalidad china la mayoría de las veces, me traían una Chintao sin rechistar. La cosa llegó al punto de que ahora pido una Jintao aposta, e incluso añado el Hu delante. “Una Hu Jintao, por favor” digo, y me traen una Chintao fresca y reparadora sin ni siquiera un pestañeo. El primer sorbo de la cerveza, ese placer siempre inesperado del que Philippe Delerm habla sabiamente en “La première gorgée de bière et autres plaisirs miniscules” (El primer trago de cerveza y otros placeres minúsculos), lo doy yo con el placer interno de haber pedido todo un presidente de la China, Hu Jintao, en vez de una cerveza poco conocida, una Chintao, o Tsingtao, para los más puristas. El primer sorbo del presidente de aquel país me sabe siempre fenomenal.
Este vanidoso placer de rodear mis minúsculos momentos íntimos de nombres de mandatarios me viene de familia. Mi abuelo tenía un caballo que se llamaba Truman y un perro, un cocker spaniel negro, lanudo, y bastante irrazonable --como casi todos los cocker-- que respondía al nombre de Nixon. Del caballo no sé que me impresionaba más, si su imponente figura azabache, o su sonoro nombre, el Truman. Porque Truman era el Truman. Con Nixon en cambio, jugaba bajo las mesas, yo como semiperro. Me paseaba a cuatro patas entre las piernas de los comensales y las patas de la mesa persiguiendo a Nixon para tirarle de las orejas. Nixon, como buen presidente acostumbrado a la clandestinidad, se me escapaba indefectiblemente. En cualquier caso, mi infancia tuvo algunos presidentes de los EEUU a mi relativo servicio.
El otro día, una amiga que se apiadó de mis ceniceros repletos de frías cenizas de amor, decidió regalarme un perro. Un cachorrito chato y gris. Me ha dicho que va a ser lanudo. A la vez, me ha regalado el problema de cómo llamarlo. Sin quererlo, mientras daba el primer sorbo a una cerveza, una Chintao, he pensado en la lista de mandatarios mundiales. Llamarlo como alguno español, lo deseché enseguida. Aunque Zapa no suena mal, no me convence. Me podría salir un perro rapero. Y su alternativa, Joy, tampoco. Mi perro es macho, y no sé por qué pero Joy me suena más a chica. Pensé entonces en Rosa Díez, pero me sonó a cabeza parlante de un programa del pesudocorazón. Ni siquiera su abreviatura acrónima, Rodi, me convenció. Así que inevitablemente mi mente huyó a Obama y a Hu Jintao.
Mientras daba el segundo trago a mi Chintao --algo de lo que Delerm no habla porque el segundo trago es claramente menos climático--, y el cachorrito me miraba con ojos expectantes, consideré a los dos grandes dirigentes mundiales: Obama y Hu Jintao. Obama no me disgustó. Su sonoridad tiene algo de “crooner”, de cantante de jazz, de Fred Astaire de los discursos. Aunque si me olvido de su imagen, su nombre tiene también algo de marca de salsa para ensaladas. Luego Hu, o Fu. Fu Jintao. Fu. Tampoco estaba mal. Podría llamarlo Fujin, o Tao cuando me enfadara. El tao me llevó al cosmos. ¿Cosmos? Cosmos no estaba nada mal, pero al dar el tercer trago decidí que aquello era mejor dejarlo para el barco. De vela. Para cuando otra amiga me lo regale. O, en su defecto, el cosmos, ese esquivo sabio taoista me lo ofrezca y yo no lo rechace, como he hecho hasta ahora. En vista de las posibilidades, decidí googlear a Obama y a Fu Jintao. Hu se había convertido ya en Fu en mi mente.
Y google, como no era menos de esperar, me llevó a unos curiosos descubrimientos: los puntos comunes entre los dos. Y el principal que quiero destacar aquí es su orfandad. La madre de Hu Jintao murió en 1949, cuando Hu tenía siete años, y el niño fue educado por una tía. Su padre fue represaliado en el inicio de la revolución cultural (1966) y murió en oscuras circunstancias. A Fu le gusta el baile de salón --algo que compartimos--, e ignoro si le gusta la Chintao, pero teniendo en cuenta su imponente educación confuciana, me temo que no mucho. No sé porqué, me lo imagino más vendiéndome un coche de segunda mano o incluso una caja de detergente con muchos colorines que abriendo una botella y disfrutando de ese delermiano y quasi orgásmico primer trago.
La infancia de Obama es un auténtico rompecabezas: nace en 1961 en Hawai, de madre de Kansas y padre kenyata. La madre y el padre no viven juntos; el padre vuelve de Hawai a Kenya, se casa con otra mujer y en 1982 muere de accidente de tráfico. Mientras tanto, su madre se casa a su vez con un indonesio y en 1971 manda a Obama a vivir con sus abuelos en los EEUU, quienes lo educan. Ignoro si le gusta el baile de salón, pero por sus movimientos al hablar en público me parece que le gusta el jazz, algo que también compartimos. Espero verlo alguna vez por el festival de San Javier, suceso que no me extrañaría teniendo él una personalidad tan fragmentada e interesante. Lo que ignoro es si le gusta la Chintao, pero no sé por qué me imagino a Obama más delermiano que a Hu Jintao, y no me extrañaría que se entregara de vez en cuando al recóndito placer de ese primer trago de la cerveza.
Pero a pesar de las distracciones en las que mis ideas puedan incurrir a menudo, acabé en lo que me interesaba, el gran punto común de los dos, la orfandad y su educación por otros familiares indirectos, ni padre ni madre. No sé por cuál trago de la Chintao iba ya cuando una pregunta me vino a la mente: ¿Es la orfandad condición necesaria para ser un auténtico mandatario internacional? La pregunta no me parece trivial. La orfandad tiene un valor mítico indudable, como la Biblia demuestra varias veces. Por otro lado, si nos vamos a Freud, matar al padre es condición necesaria para hacer grandes cosas, o al menos cosas auténticas. Simbólicamente, claro. No sé por qué, quizá por los tragos, pensé que había dado con un elemento estructuralemente importante en la descripción del poder en las sociedades. Del super-poder. Algo que le habría gustado a Lévi-Strauss. No hace falta decir que me refiero a Claude, el antropólogo estructuralista, no al de los pantalones. Miré al cachorrito. ¿Era huérfano? ¿Llegaría a ser un líder internacional? ¿Qué nombre se merecía?
Antes de responder a esa pregunta, pensé en nuestros líderes patrios. ¿Hay alguno huérfano o huérfana? ¿Alguno o alguna fue depositado en una canastilla y abandonado al curso de un río --el Manzanares, pongamos por caso-- para ser recogido por tíos o abuelos para su correcta educación mandataria? No me hizo falta googlear. Sé que la respuesta es no. Ni siquiera Rosa Díez. Ni Rubalqui, como le gusta llamar a una amiga okupa a Rubalcaba (esto de okupa lo digo porque ocupa el segundo ático de su madre desde hace siglos, con gran envidia mía y de sus allegados no consanguíneos). Tampoco Espe es huérfana. Así no vamos a ningún sitio.
En ese momento, la cerveza estaba casi acabada. El cachorrito me miraba con ojos llorosos. Imploraba algo, y yo pensé que imploraba un nombre. Pensé rápidamente: Hu Jintao es dueño de media deuda mundial, casi. Pronto lo será de la mayoría. Obama, en cambio, está endeudado hasta las cejas. O hasta ese pelo canosillo y caracolero que se le está poniendo. La respuesta estaba clara. El aura de los perdedores ganaba. Pero justo en ese momento, instantes antes de que el mazo de mi decisión golpeara la mesa, el cachorrito hizo algo que postpuso la decisión. No se lo voy a decir, nunca me lo perdonaría. Él a mí, digo. Y yo que pensaba que lo que le preocupaban eran sus posibles nombres...