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El Quijote: esa máquina maravillosa.

sábado 26 de febrero de 2011, 21:35h
Siempre hemos pensado que Cervantes fue más lejos de lo que se propuso al dar a la imprenta el manuscrito de El Quijote en diciembre de 1604. Ventana única y, a la vez múltiple, la onda expansiva de la primera novela moderna cambió la manera de concebir el mundo, primero en 1605 y, después, con la segunda parte, en 1615. Desde lejos, las andanzas de Alonso Quijano “el Bueno” nos han alcanzado y respiran en esa extensión que hemos dado en llamar humanidad, con una dimensión que bien pudiera considerarse infinita.

Cual artificioso ingenio del Barroco, El Quijote posee un mecanismo que recoge el pasado y lo impulsa al futuro: detrás de la invención de la modernidad comparte tribuna con Hamlet, El discurso del método, Novum Organum o Sobre el infinito: del universo y los mundos... Shakespeare, Descartes, Bacon o Giordano Bruno disfrutan con el creador de la primera novela –realmente tal y como conocemos el género ahora– el privilegio de la radical y necesaria reforma de la razón, de un nuevo sistema de valor fundamentado en la máquina de lo que le es útil al hombre: “No ser útil a nadie significa tanto como carecer de valor”, rubrica la pluma cartesiana.

Recientemente, el catedrático de Teoría de la literatura y literatura comparada, José María Paz Gago, nos ha remitido un tesoro, una preciosa botella con genio cervantino y modernísimo, que ha pergeñado hace algún tiempo a partir de su conocimiento de la prodigiosa obra protagonizada por aquel loco egregio: La máquina maravillosa. Tecnología y arte en el Quijote (Madrid, Sial, 2006). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615) ha continuado su evolución tras colgar Cervantes la péñola, propagándose en la vasta infinitud de las generaciones que nos acercamos con pasión –e incluso devoción– a ella. Refractario al desgaste, el díptico de Miguel de Cervantes bracea en la abundante onda de la edición y nos alcanza, late en nosotros, sus receptores. Ay, esa máquina maravillosa de El Quijote, el primer texto de ficción realista en prosa: y cómo nos “quijotiza” cada vez que trasegamos los caminos de sus páginas… No le falta razón a Paz Gago cuando afirma que la creación colectiva ha de ser considerada “como evolución de la lectura individual de cada receptor” y que “la actividad cooperativa entre texto y lector es esencial en la recepción del relato”.

Con el soporte impreso y todos los avances que conlleva (rapidez, disminución de costes, multiplicación de las tiradas y facilidad del manejo), el libro nace como la nueva tecnología de Occidente, a decir de Paz Gago. Don Quijote, primer personaje literario en ser autoconsciente de protagonizar su propia historia de ficción –véase toda la Segunda parte–, da en cintura de su (nuestra) realidad existencial. Sus mentiras, primero leídas y después rememoradas, constituyen la verdad creciente del fin del idealismo y del periclitado mundo de las novelas de caballerías hacía dos siglos, y dan otro sentido al tronco de la aventura que es leer… y que es la vida.

El proyecto del filtrado lento del proceso de cultural de aprendizaje, de la creación de una imagen del mundo –como decía C.S. Lewis–, se basa en ese surtidor cervantino que es la savia del texto, encrucijada de oralidad, manuscrito y escritura impresa. Sansón Carrasco le dice a don Quijote que “andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, pues sus hazañas andan ya en estampa, corriendo a su propio albur y sin sujetarse a las bridas del autor. El trote de Rocinante ha llevado al amojamado cincuentón de la Galaxia Gutenberg –McLuhan– hasta lo que Paz ha denominado la Galaxia Lumière: no en vano –señala el autor de este libro–, todo apunta a que la primera película de la historia del cine es una adaptación del relato cervantino en una versión francesa producida por Pathé Frères entre 1902 y 1903. La teoría de la recepción nos dice que el contenido viaja a través de diferentes formatos a lo largo del tiempo si la obra no abandona el canon, si resiste al desgaste y a la desmemoria. Y las posibilidades de recepción se amplían de manera formidable en la actual Sociedad del conocimiento merced al multisoporte que ofrece el mundo digital; El Quijote, sin entrar en detalle de sus traslados, es uno de sus máximos beneficiarios.

El semiólogo Paz lo califica nada menos que de “punto de inflexión” en esa historia de los distintos paradigmas comunicativos. Sus posibilidades abiertas, capaces de los enlaces más finos, lo convierten en una “maravillosa” máquina de precisión como los batanes, los autómatas o los molinos que aventan en suspensión sin fin las posibilidades artísticas y técnicas que en el Renacimiento y el Barroco –a diferencia de hoy– fueron de la mano: gramática, retórica, poesía, aritmética, filosofía natural, leyes y jurisprudencia, pintura, arquitectura, música, artes plásticas, nigromancia, cosmografía, astronomía, astrología, medicina, ciencia en general... Cervantes compadece y concilia nuestros opuestos y los hace converger y avanzar hasta los hallazgos actuales del dialogismo, la fragmentación, la intertextualidad, lo fantástico cotidiano, la metaliteratura y la metafísica.

El Quijote hizo vibrar a los lectores del siglo XVII y al mundo entero pero no se alejó, como les ocurrió a otros contemporáneos suyos, como Calderón o Baltasar Gracián. Del momento irrepetible de la génesis de El Quijote seguimos, incluso los que son ajenos a la prodigiosa novela, alimentando nuestro sueños, incluso en plena era de las TIC. La sagacidad filológica de Paz Gago ha seguido su rastro y nos regala este espléndido ensayo para que lo acompañemos a seguir las huellas de don Quijote hasta la música y los grandes mitos audiovisuales, para que el lector-receptor reviva cuantas veces le haga falta el momento irrepetible del alborear de aquel hidalgo manchego que tomó las herrumbrosas armas de sus abuelos, “tomadas de orín y llenas de moho”, para limpiarlas, aderezarlas y salir con él (con ellos) en busca de aventuras.
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