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COLUMNA SALOMÓNICA

Sobre la política española

lunes 28 de febrero de 2011, 08:36h
Ya saben ustedes que apenas me interesa la política. La encuentro poco estimulante. Si presto atención a lo que sucede es a regañadientes. El debate entre políticos hace mucho que quedó reducido a una cansina sucesión de acusaciones y reproches, todos justificados, y el de los ciudadanos particulares rara vez sirve para otra cosa que para confirmar la ferocidad de las ideas y su platónica inmutabilidad. Puestos a perder el tiempo, prefiero ocuparme del langur de cara negra y la mona de Berbería.

Como columnista, reconozco de todas formas que el género político no es fácil. A mí me parece tan arduo como la necrológica o el anuncio de contactos. La ventaja de no necesitar a las Musas (basta con extender la mano y coger cualquier asunto de los que llenan los diarios) se ve agriamente contrapesada por el problema de la repetición. ¿Cómo evitar repetirse si hay cien tratando el mismo tema? A los periodistas profesionales esto les importa poco porque no creen en el infierno de los libros ilegibles, esa diabólica biblioteca a la que van a parar todas las páginas inútiles, pero para quienes hacemos literatura, por modesta que sea, la cosa es bien distinta. No cabe escribir de política cuando cada mañana, al levantarse, reza uno esta plegaria rabínica: “Otórgame, oh señor, el don de no decir nada innecesario”.

Los articulistas más ingeniosos evitan el problema haciendo pasar por política las cosas de los políticos: sus declaraciones, sus querellas, sus salidas de tono. Así abren a la literatura un resquicio. Al fin y al cabo, los personajes de la vida pública son seres humanos como Hamlet o Don Quijote. Lamentablemente, en España, donde el ramo de la representación popular se ha nutrido sobre todo de gente sin teología ni geometría, esta maniobra ayuda poco. Nuestros políticos son de una áridez desoladora: tienen un comportamiento sexual irreprochable, nunca hacen contribuciones a las artes, las letras o las ciencias, guardan siempre la compostura, etc. De no ser por su propensión a la mangancia, práctica en la que han alcanzado altas cotas de excelencia, lo único que podría echárseles en cara es su incultura y su estreñimiento.

La afirmación de que nuestra clase política tiende a la mangancia parecerá a algunos una generalización vulgar y demagógica. En todas partes hay sinvergüenzas, dicen. Y es verdad, sólo que no tantos. La grey política se ha vuelto tan gris que es posible que las ovejas negras no sean una excepción. Ellos mismos han puesto de moda el “!y tu más!”. Pero: ¿de dónde les viene a nuestros representantes esta manía? Hay respuestas para todos los gustos. Unos creen que la libertad política está cautiva de los partidos y que son estos, no los individuos, los que han podrido el sistema. Otros lo relacionan con la prosperidad de la última década y la idea de que el dinero no mueve muchas cosas, sino todas las cosas. Entre los radicales están aquellos que piensan que del mismo modo que los ciudadanos se han acostumbrado a vivir por encima de sus posibilidades, los políticos se han acostumbrado a vivir por encima de las nuestras.

Por último, no faltan quienes recuerdan que el número de prebendados es hoy igual al que hubo en la época en que un cuarto de la población española llevaba sotana. Políticos, sindicalistas, defensores de los oprimidos, en suma, las manos muertas del país, formarían según esto una clase parasitaria, devoradora de tesoros, y su mastodóntico tinglado, toda esa superestructura de liberaciones, fundaciones, patronatos y empresas públicas, no sería nada muy distinto de la antigua red eclesiástica de abadías, canonjías y prioratos. Evidentemente, quienes arguyen esta tesis abogan por una nueva desamortización.

Ven ustedes que la cosa se complica y que para escribir un artículo ameno con estos ingredientes hay que ser un cocinero de primera. Una posibilidad para evitar el problema del tedio es dar un inesperado giro al artículo y reflexionar sobre algo histórica y psicológicamente más intrigante que la mangancia y el cohecho: por ejemplo, la mezquindad ingénita del político patrio, esa traba cordial que les impide conceder que pueda existir algún fin deseable fuera de los suyos propios. Se trata, sin duda, de un atractivo cambio de registro, pues el sentido de la política es permitir la coexistencia de todas las iniciativas bajo el imperio de la ley y en un país donde se sospecha que el adversario opera siempre contra el bien común, lo raro es que haya política. Claro que una cosa lleva a otra y para demostrar luego que esa costumbre de imputar al rival una visión parcial y gris de las cosas, y reservarse para uno la visión completa, la imagen panorámica y en tecnicolor, puede tener efectos catastróficos, el escritor debe adentrarse en territorios a los que difícilmente les seguirá con gusto ningún lector. En definitiva, resumiendo, que la cosa no tiene remedio y es preferible no escribir de política, como yo hago.
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