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Sin choque de civilizaciones

lunes 07 de marzo de 2011, 21:32h
A lo largo de la Historia los conflictos sociales se nos aparecen muy distintos, pero tienen un elemento en común: que la gente quiere vivir cada día mejor y arremete contra quienes se lo impidan. Pueden tardar, pero nunca faltan a esa cita. A la toma de la Bastilla, el Alzamiento del Té en Boston, la caída del Muro de Berlín y la ocupación de las plazas de Tianamén en Beijing o de Tahrir en El Cairo, los enhebra esa semejanza esencial. Después, al poco tiempo, pasan a prevalecer los inevitables datos diferenciales, como una ideología, una creencia religiosa o una identidad geográfica y pasamos a conocerlos como la Revolución Francesa, la Americana, el fin del comunismo o las todavía innominadas de China, Egipto, Libia, Túnez, Barhein y las que sigan.

Lo que está sucediendo en Medio Oriente se encuentra en ese estado de gracia: la gente ha puesto en claro lo que no quiere, falta que nos informe qué es lo que sí quiere. Cambiar un dictador por otro, saltar adelante hacia la democracia, saltar atrás hacia la teocracia, volcarse a dogmatismos religiosos, ideológicos o raciales, buscar su propia fórmula identitaria, todas las opciones les están abiertas y, apenas terminen las luchas por sus libertades, comenzarán los combates internos por atribuirse la paternidad del movimiento originario. La Historia se escribe así y los protagonistas de las revueltas en Medio Oriente procederán a diseñar la suya en medio de fortísimas influencias cruzadas que todos trataremos de aplicarles.

Por ahora, las masas que derribaron a Mubarak y jaquean a Gadafi no han invocado una reivindicación ideológica o religiosa. Tampoco exhiben todavía el rostro de líderes que las encabecen: se trata, con sus diferencias, de una inmensa Fuenteovejuna. No siguen a nadie porque su convocatoria aparece como horizontal: se mueven en red, a través de Internet, Twister, Facebook y los teléfonos celulares: cada uno va donde van todos. Por ahora, solo aparecen definidos en un reclamo por mayores libertades y un mejor nivel de vida.

¿Qué hará Occidente, esto es, nosotros? Lo primero, no tratar de venderles recetas que son ajenas a su cultura. Ayudar a evaluar decisiones no es lo mismo que desplazar al otro, para tomarlas en su lugar. Lo segundo, obligar a nuestros gobernantes a que, después de más de medio siglo de jugar al ajedrez mundial, con ellos como trebejos, comencemos a mirar hacia allí como algo más que un enorme proveedor de hidrocarburos. Más aún, si aspiramos a ese gas y petróleo mejor empezamos a preocuparnos por la gente que sobrevive miserablemente alrededor de esos pozos.

Quienes habitamos zonas periféricas del mundo conocemos bien la distancia que media entre lo que los países centrales hacen respecto de lo que predican. Los flamantes libertarios en Medio Oriente no aparecen seducidos por utopías fundamentalistas de la edad media, pero tampoco creamos que no han tomado nota de la hipocresía con que se les ha venido vendiendo la modernidad occidental.

Samuel Huntington, tan citado y tan poco leído, no recomendaba el choque de civilizaciones, antes bien, lo desaconsejaba. Para él, la única forma de evitarlo será la de que, dentro de cada civilización, la mayoría silenciosa de sensatos controle a sus minorías extremistas. En Occidente nos tomó todo un siglo poner en caja a nuestros peores insensatos: nazismo, fascismo, comunismo. En estos momentos, las mayorías ya no tan silenciosas de Oriente Medio procuran hacerse del poder y administrarlo en función de sus mejores intereses, luchando primero con sus dictadores y, muy pronto, con sus fanáticos internos. Tratemos de comportarnos como una ayuda, no una mochila.
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